La publicación selectiva perjudica seriamente la salud

Imagina que quiero convencerte de que soy un as jugando a los dardos. Para demostrártelo te enseño una grabación de video en la que tiro a diana diez veces y acierto en todas ellas. Impresionante, ¿verdad? Sólo hay una cosa que no termina de convencerte. Entre una y otra tirada hay un corte en la grabación. De repente se te ocurre pensar que a lo mejor he tirado los dardos 1000 veces y sólo te estoy enseñando las diez ocasiones en las que he acertado. Mi proeza ya no te impresiona tanto.

Por desgracia esta estratagema se utiliza recurrentemente en casi cualquier área de investigación científica, muchas veces sin que las propias personas que la practican se den cuenta de sus nefastas consecuencias. Es muy habitual que los investigadores realicen varios experimentos para poner a prueba sus hipótesis o que analicen de diferentes maneras los datos de cada experimento y que después sólo mencionen en el artículo aquellos experimentos o análisis que arrojaron los mejores resultados. Muchas veces son las propias revistas científicas las que piden directamente a los investigadores que quiten del artículo experimentos con resultados “feos”, poco concluyentes o redundantes. La consecuencia de todo ello es que buena parte de los resultados científicos que podemos encontrar en la literatura científica podrían ser falsos positivos, fruto del puro azar y nada más, como las diez dianas que conseguí a costa de hacer 1000 tiradas.

bad_pharmaEste problema ha alcanzado dimensiones preocupantes en las últimas décadas, con secuelas mucho más graves en unos ámbitos que en otros. El libro de Ben Goldacre Bad Pharma, traducido al castellano con el poco agraciado nombre de Mala Farma, es la mejor introducción a las repercusiones de esta política de investigación en el ámbito de la medicina y la farmacología. Cuando las grandes compañías farmacéuticas ponen a prueba la eficacia de sus medicinas, es frecuente que realicen múltiples ensayos clínicos o que analicen los efectos de estas sustancias sobre diferentes indicadores de salud. Cada vez que se realiza un nuevo ensayo clínico se está tirando un dardo a la diana. Si en un estudio no sólo se mide cómo afecta la medicina al corazón, sino también cómo afecta a los pulmones y al páncreas, entonces en ese estudio se han tirado tres dardos. A base de tirar más y más dardos, en algún momento los investigadores “encontrarán” algo. A lo mejor resulta que en el quinto ensayo clínico se observó que la sustancia S producía una reducción significativa de las nauseas matutinas en las embarazadas mayores de 37 años. Lo más probable es que la farmacéutica publique sólo este estudio, sin mencionar que se hicieron otros cuatro ensayos clínicos antes con resultados nulos o que en la muestra había también otros grupos de edad para los que la mejoría no fue significativa. El resultado de estas prácticas es que la literatura científica proporciona una imagen distorsionada de la eficacia de muchos medicamentos.

Afortunadamente, el libro de Goldacre ha provocado tal revuelo que al menos en el Reino Unido se están empezando a tomar medidas para poner fin a esta situación. Si alguna vez te has preguntado si la divulgación científica sirve para algo, Bad Pharma es la prueba de que sí: a veces los divulgadores pueden cambiar el mundo para mejor. Una lectura imprescindible.

Advertisements

Dudas, creencias y ciencia

ortega y gassetSe han tocado al azar tantos botones del sistema educativo que ya no sé si existe la selectividad ni cuál será su temario. En mis años mozos, quienes nos examinábamos de filosofía teníamos que leer Ideas y creencias, un librito de Ortega y Gasset condenado a abandonar nuestra memoria tan pronto como llegaba el verano. Media vida después me he topado con él en un puesto de libros de segunda mano y lo he disfrutado como no pude o no quise hacerlo entones. Sería egoísta por mi parte no compartir aquí un fragmento.

Si el hombre se ocupa en conocer, si hace ciencia o filosofía, es, sin duda, porque un buen día se encuentra con que está en la duda sobre asuntos que le importan y aspira a estar en lo cierto. Pero es preciso reparar bien en lo que semejante situación implica. Por lo pronto, notamos que no puede ser una situación originaria, quiero decir, que el estar en la duda supone que se ha caído en ella un cierto día. El hombre no puede comenzar por dudar. La duda es algo que pasa de pronto al que antes tenía una fe o creencia, en la cual se hallaba sin más y desde siempre. Ocuparse en conocer no es, pues, una cosa que no esté condicionada por una situación anterior. Quien cree, quien no duda, no moviliza su angustiosa necesidad de conocimiento. Éste nace en la duda y conserva siempre viva esta fuerza que lo engendró. El hombre de ciencia tiene que estar constantemente ensayando dudar de sus propias verdades. Éstas sólo son verdades de conocimiento en la medida en que resisten toda posible duda. Viven, pues, de un permanente boxeo con el escepticismo. Ese boxeo se llama prueba.

La cual, por otro lado, descubre que la certidumbre a que aspira el conocedor –hombre de ciencia o filósofo– no es cualquiera. El que cree posee certidumbre precisamente porque él no se la ha forjado. La creencia es certidumbre en que nos encontramos sin saber cómo ni por dónde hemos entrado en ella. Toda fe es recibida. Por eso, su prototipo es “la fe de nuestros padres”. Pero al ocuparnos en conocer hemos perdido precisamente esa certidumbre regalada en que estábamos y nos encontramos teniendo que fabricarnos una con nuestras exclusivas fuerzas. Y esto es imposible si el hombre no cree que tiene fuerzas para ello.

Ha bastado con apretar mínimamente la noción más obvia de conocimiento para que este peculiar hacer humano aparezca circunscripto por toda una seria de condiciones, esto es, para descubrir que el hombre no se pone a conocer sin más ni más, en cualesquiera circunstancias. ¿No pasará lo mismo con todas esas otras grandes ocupaciones mentales: religión, poesía, etc.? (José Ortega y Gasset, Ideas y creencias, 57-58)

Ruidos, señales y overfitting

natesilverAunque llevaba meses deseando hacerme con un ejemplar del último libro de Nate Silver, The signal and the noise: The art and science of prediction, confieso que el primer contacto no me pareció muy alentador. Nada más mirar la foto del autor en la contraportada tuve la sensación de que alguien me susurraba al oído “perrea, perrea”. La cosa no mejoró cuando leí los primeros capítulos y descubrí que los temas que Silver había elegido para presentar su tesis eran de esos que despiertan un interés inversamente proporcional a la distancia que te separa de Oklahoma. El relato transcurre entre ligas de béisbol, elecciones a la presidencia de EE.UU., partidas de póker y otras pamplinas que posiblemente hagan la delicia del norteamericano medio, pero carecen de adeptos a este lado del charco.

Y sin embargo, el libro es una buenísima introducción a los problemas a los que se enfrenta cualquiera que quiera entender un sistema dinámico complejo y predecir su evolución. Entre otras cosas, el libro contiene la mejor explicación que conozco del concepto de overfitting. Si el lector no se ha encontrado nunca con esta palabreja, posiblemente creerá que el overfitting es el trastorno psiquiátrico que sufren las personas que van todos los días al gimnasio. Pero en realidad se trata de un concepto estadístico relacionado con cómo se ajusta un modelo a la realidad que pretende explicar y predecir. En principio, si uno desarrolla una teoría para explicar algo, cabría pensar que cuanto más se ajuste la teoría a los hechos, tanto mejor será la teoría. Pero en realidad puede suceder lo contrario: que una teoría sea mala precisamente porque se ajusta demasiado a los datos. Es entonces cuando decimos que el modelo tiene overfitting o sobreajuste. Veámoslo con el ejemplo que nos da el propio Nate Silver.

FiguraModelosImagina que queremos saber cómo evoluciona la calidad de un jugador de béisbol a medida que se va haciendo mayor. Lo primero que tenemos que hacer es recoger datos. Tras hacer algunas mediciones aquí y allá conseguimos la información que tenemos en el panel A. La forma más sencilla de explicar este patrón de resultados es asumir que la calidad de un jugador se incrementa progresivamente a medida que se va haciendo mayor hasta que llega un momento en el que la tendencia comienza a invertirse. Este modelo, al que llamaré Modelo 1, es el que aparece en el panel B. Como puede verse, el modelo no se ajusta a los datos a la perfección. De lo contrario todos los circulitos deberían estar exactamente en la línea. Sin embargo, el ajuste del modelo es aceptable. ¿Es posible diseñar un modelo con un ajuste todavía mejor? Por supuesto, el panel C muestra una línea alternativa que pasa mucho más cerca de todos los puntos. Llamemos a esta línea Modelo 2. La distancia media entre la línea y cada observación es menor para el Modelo 2 que para el Modelo 1. Ahora bien, ¿quiere eso decir que es un modelo mejor?

Tal vez no. El objetivo de una buena teoría no es sólo ajustarse bien a la evidencia que ya tenemos, sino también predecir los datos que podríamos observar en el futuro. Imagina que recabamos información sobre otros jugadores y que los circulitos verdes del panel D representan los resultados de estas nuevas observaciones. Estos datos siguen estando relativamente cerca de lo que predecía el Modelo 1. Sin embargo, el Modelo 2, que originalmente parecía ajustarse muy bien a los datos, ya no coincide de forma tan elegante con las nuevas observaciones.

En la terminología de Nate Silver, lo que le pasa al Modelo 2 es que no sólo trata de explicar la señal de la relación entre la edad y la calidad de un jugador, sino también el ruido aleatorio que inevitablemente contamina los datos. El modelo está tan ajustado a las observaciones que explica incluso lo que no debería explicar: la varianza que se debe al puro azar.

La generación privilegiada y el cerebro de Broca

En Octubre de 1978 Carl Sagan cerraba con estas palabras la introducción a su magnífico libro El cerebro de Broca.

Este libro se escribe poco antes -por lo menos, yo creo que pocos años o décadas antes- de que arranquemos del cosmos las respuestas a muchas de nuestras engorrosas y algo reverenciales interrogaciones sobre orígenes y destinos. Si antes no nos autodestruimos, buena parte de nosotros llegará a conocer las respuestas. Si hubiésemos nacido cincuenta años antes, hubiéramos podido maravillarnos, meditar y especular sobre los temas indicados, pero sin poder hacer nada por descifrarlos. Si naciéramos dentro de cincuenta anos, creo que ya se habrían descubierto los enigmas. Nuestros hijos conocerán y aprenderán las respuestas antes de que hayan tenido ni la menor posibilidad de formularse las preguntas. La época más exquisita, satisfactoria y estimulante para vivir es aquella en la que pasemos de la ignorancia al conocimiento de estas cuestiones fundamentales, la época en que comencemos maravillándonos y terminemos por comprender. Dentro de los 4.000 millones de años de historia de la vida sobre nuestro planeta, dentro de los 4 millones de años de historia de la familia humana, hay una sola generación privilegiada que podrá vivir este momento único de transición: la nuestra.

Al privilegio de vivir en una época tan emocionante yo le añadiría otro: haber tenido la fortuna de vivir después y no antes de que Carl Sagan escribiera sus libros.

Psicología de las nuevas tecnologías, ahora en eBook

Si eres de los que creen que la vivienda está demasiado cara como para dedicar tres metros cuadrados a una biblioteca, estás de enhorabuena. Nuestro fantástico libro Psicología de las nuevas tecnologías: De la adicción a Internet a la convivencia con robots ya está disponible en eBook. Toda la información sobre ambas ediciones, en papel y electrónica, está disponible en la web de la editorial. Y si aún no nos has escuchado hablar del libro en la radio, no dejes de hacer click  aquí y aquí.

Gilbert Ryle y el concepto de lo mental

Hay turistas que cuando visitan una ciudad por primera vez no se conforman con entrar en el museo o sacarse fotos en los lugares más famosos, sino que intentan mezclarse con la gente del lugar en busca de los rincones menos transitados que conservan un encanto más genuino. Para quienes desean viajar por la historia de la psicología de esta manera, Gilbert Ryle es parada obligatoria. Su nombre no aparece en los grandes manuales de psicología. Sólo así se explica que pudiera comprar su genial The concept of mind por apenas dos libras en un mercadillo de Londres. Pero basta recordar que el filósofo de Oxford fue el director de tesis de un joven Daniel Dennett para empezar a sospechar que no hablamos de un personaje cualquiera.

RyleSu libro es un ataque frontal a lo que él denomina el “mito de Descartes”, a cuya descripción dedica las primeras páginas. Se trata de la idea de que los seres humanos se componen de un cuerpo y un alma, ambos de naturaleza radicalmente diferente y hasta cierto punto independiente. La mente se convierte así en una suerte de “fantasma en la máquina”, una entidad misteriosa y enigmática diferente del cuerpo mecánico que habita, pero unida íntimamente a él. Toda la filosofía y la psicología modernas están profundamente contaminadas por esta visión errónea, dice Ryle, del ser humano.

Para Ryle, contraponer cuerpo y mente implica caer en un grave error categorial. Se trata del tipo de error que uno comete cuando trata como equivalentes conceptos con propiedades lógicas diferentes. Para explicarnos en qué consiste un error categorial, nos invita a pensar en una persona que viaja hasta Oxford a visitar a un amigo y le pide que le enseñe la universidad. El amigo le lleva a la biblioteca, le presenta a los profesores y a los alumnos, le acompaña por los jardines y le enseña los laboratorios y las aulas. Cuando el día termina, el viajero se vuelve a su amigo y le dice: “Todos los edificios que hemos visto son preciosos, pero ¿cuándo veremos la universidad?”. El error de nuestro personaje reside en no darse cuenta de que la universidad no es un edificio más, sino que es una entidad más abstracta que engloba todos los edificios y a las personas que han visto durante el día. Lo mismo le sucede a quien asiste a un desfile militar y tras ver a la infantería y a la caballería se pregunta cuándo pasará el ejército; o a quien asiste a un partido de cricket y ve a los jugadores y el campo, pero busca en vano el espíritu de equipo.

Decir que una persona es un cuerpo y una mente es tan extraño como decir que uno ha visitado una universidad y su biblioteca o que ha conocido a un equipo de fútbol y a sus jugadores. A lo largo de El concepto de lo mental, Ryle va analizando meticulosamente el significado de las palabras que utilizamos para describir la actividad de la mente. Pensamiento, emociones, inteligencia… Todos ellos se refieren a procesos que a menudo se entienden como causas internas de la conducta observable. Sin embargo, este uso de los términos nos lleva a caer en errores lógicos.

Cuando alguien grita a otra persona, decimos que lo hace porque está enfadado y nos contentamos con esta explicación. Pero según Ryle, se trata de una explicación muy peculiar. Cuando decimos que alguien grita porque está enfadado, no se trata del mismo tipo de explicación que cuando decimos que un cristal se ha roto porque lo ha golpeado una piedra. Se trata más bien del tipo de afirmación que hacemos cuando decimos que el cristal se rompió porque era frágil. Se trata de una explicación, sí. Pero es una explicación muy diferente de la primera. Explica por qué se  rompió el cristal pero no mediante un relato mecánico de los procesos que condujeron a ello, sino llamando la atención sobre el hecho de que los cristales se rompen con facilidad. De la misma forma, sabemos que alguien está enfadado porque hace cosas como gritar. Luego, decir que grita porque está enfadado no nos ofrece una explicación causal. Casi podríamos decir que se trata de una explicación circular: sabemos que está enfadado porque grita y explicamos que grite diciendo que está enfadado.

Aunque no oculta su simpatía por cierto tipo de conductismo, Ryle en ningún momento afirma que no existan los procesos mentales o que no puedan ser útiles para entender la conducta. Se limita a llamar la atención de que la mayor parte de nuestros conceptos “mentales” son en realidad etiquetas que utilizamos para categorizar diferentes tipos de conducta. No podemos utilizar esas etiquetas para explicar la conducta, porque son descripciones de la propia conducta.

Nuestros mejores ángeles

Cada vez que Steven Pinker se pone a escribir un libro, sólo cabe esperar lo mejor. Pero a veces consigue superar todas las expectativas. Su última obra, The better angels of our nature es de esos libros que no queda más remedio que leer, antes o después. Se trata de un profundo y meticuloso estudio de la evolución de la violencia en las sociedades humanas. Si eres de los que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor, no puedes estar más equivocado. Tenemos la suerte de vivir en la época menos violenta de la historia de la humanidad. A través de un detallado análisis de todos los datos disponibles, Pinker muestra que prácticamente no hay ninguna forma de violencia que no se haya reducido drásticamente a lo largo de los siglos. Incluso incluyendo las dos terribles guerras mundiales, nunca fue tan improbable sufrir una muerte violenta como en el siglo XX. Salvo si tienes la suerte de vivir en el siglo XXI, porque hasta en los pocos años que llevamos recorridos del nuevo milenio sigue su curso la reducción sistemática de la crueldad y la violencia.

¿Quiere esto decir que podemos relajarnos despreocupados a disfrutar de la paz duradera en la que vivimos? Nada  más lejos de la intención de Pinker que hacer predicciones sobre el futuro. Como señala varias veces a lo largo del libro, bastante difícil es entender el pasado como para jugársela a predecir qué va a pasar mañana. Su objetivo no es invitarnos a la serenidad y el optimismo, sino entender por qué la violencia se ha reducido. Si nuestra sociedad es más pacífica que nunca, algo habremos hecho bien. Pero es vital preguntarnos qué es exactamente lo que hemos hecho bien, porque de lo contrario nada impide que en un futuro cambiemos las condiciones sin saberlo y volvamos a nuestra primitiva violencia.

La estrategia que sigue Pinker es aprovechar que a lo largo de la historia ha habido variación en los niveles de violencia para ver cuáles son los factores que han precedido a esa variación y poder así explicarla. Saltar de correlación a causación es una maniobra arriesgada, ya se sabe. Pero cuando uno quiere entender las causas de la paz no hay experimentos que valgan. Uno sólo cuenta con el relato de la historia. A lo largo del texto, Pinker va detectando algunos buenos candidatos a ser reconocidos como causas del declive de la violencia.

Siempre entusiasta de Hobbes, el primero de los candidatos que encuentra Pinker no podría ser otro que el Leviatán: la existencia de estados centralizados con el monopolio del ejercicio de la violencia, evitando la guerra del todos contra todos y haciendo así que la vida deje de ser “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. El diagnóstico del segundo candidato se lo debemos a Kant y a la filosofía de la ilustración. Se trata de las relaciones comerciales entre las diversas naciones, que hacen que cada país tenga más que perder atacando a otro país que manteniendo negocios con él. Conquistar otra nación para apoderarse de sus recursos es más caro que comprarlos en el mercado internacional.

Junto a estos factores de carácter económico y político, Pinker encuentra también factores de carácter psicológico. Uno de ellos es la creciente capacidad de las personas para ponernos en el lugar de los demás y concebir cómo se sienten. Entre otras, según Pinker, le debemos esta creciente capacidad a la literatura, que nos expone en el mundo de la ficción a dilemas, tensiones, y desencuentros que apenas experimentamos en la vida cotidiana y que alimentan nuestra competencia moral. En esta misma línea, Pinker habla de la creciente “feminización” del ser humano como uno de los factores cruciales de la paz que disfrutamos. Los mejores ángeles de nuestra naturaleza resultan tener sexo, y son mujeres.