Dadme una docena de niños sanos

Una de las grandezas de vivir en un barrio universitario es que una tarde cualquiera puedes entrar en una librería de viejo, revolver cuatro baldas y en el lugar más insospechado encontrar una primera edición de Behaviorism por cinco libras. Tal vez nunca hayas oído hablar de este libro del fundador del conductismo, John B. Watson. Pero si alguna vez has sentido curiosidad por la psicología, seguro que te suena este párrafo, sin duda uno de los fragmentos más célebres de la historia de la psicología:

Dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger —médico, abogado, artista, hombre de negocios y, sí, incluso mendigo o ladrón— independientemente de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados.

Se trata sin duda del texto más maltratado de la historia de la psicología, tomado casi siempre como ejemplo de la simplicidad del conductismo, su indiferencia hacia la naturaleza humana y tal vez también una poca disimulada tendencia hacia la utopía o el totalitarismo. Si alguna vez te han querido hacer entender que este fragmento resume lo peor del conductismo, posiblemente ha sido a costa de sacarlo de contexto de una forma descarada.

Estas líneas apenas pueden entenderse sin hacer un pequeño viaje en el tiempo a los años inmediatamente anteriores a su publicación en 1925. Apenas 17 años antes, Henry Goddard había traducido al inglés el test de inteligencia de Binet, desatando con ello uno de los episodios más crudos y virulentos de darwinismo social de la historia. Aunque el test no fue validado propiamente hasta 1916, se empezó a emplear masivamente en escuelas y centros de salud mental. Entre 1913 y 1917 Goddard instaló en la Isla de Ellis un equipo encargado de pasar pruebas de inteligencia a los inmigrantes que llegaban del otro lado del Atlántico. Sus resultados “mostraban” que en torno al 80% de los judíos, rusos, italianos y húngaros que llegaban a la frontera eran “débiles mentales”. Conforme al pensamiento eugenésico de la época, se pensaba que la escasa inteligencia de estas personas obedecía a causas biológicas y que inevitablemente transmitirían su estupidez a los hijos y nietos que dejarían en suelo estadounidense. Bajo los auspicios de su informe, se aprobó la Ley de Inmigración de 1924 que limitaba la entrada de judíos y ciudadanos de sur y del este de Europa para preservar la homogeneidad cultural, social y racial de Estados Unidos.

La famosa frase que Watson publicaba sólo un año después en Behaviorism pretendía ser un llamamiento contra la eugenesia y el racismo que dominaban la política de inmigración. La alusión a la eugenesia se entiende mejor si uno ubica el texto de Watson no sólo en el contexto de su época sino también en su contexto dentro del libro. El párrafo completo donde aparecen esas frases reza así:

Querría dar un paso más y decir “Dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger —médico, abogado, artista, hombre de negocios y, sí, incluso mendigo o ladrón— independientemente de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados.” Me estoy alejando de los hechos y lo admito, pero también lo hacen quienes abogan por la posición contraria, y lo han estado haciendo durante miles de años. Nótese que cuando se realice este experimento, se me debe permitir especificar la forma en la que se debe criar a los niños y el tipo de mundo en el que habrán de vivir.

Watson sabía que estaba exagerando la importancia del entorno y no le importaba reconocerlo explícitamente. Pero creía que las consecuencias a las que conducía este error eran más benignas que las que se derivaban del error contrario. Para muestra del pensamiento de Watson sólo hay que continuar leyendo. Apenas unas líneas más abajo nos encontramos:

Lo mismo sucede cuando las razas “inferiores” se crían junto con las “superiores”. No tenemos ninguna evidencia de la inferioridad de la raza negra. Sin embargo, educad a un niño blanco y a uno negro en la misma escuela –criadlos en la misma familia (teóricamente sin diferencia alguna) y tan pronto como la sociedad comienza a ejercer su poder aplastante, el negro ya no puede competir.

[…] Nos gusta pensar que se necesitan tres generaciones para hacer a un caballeo (a veces muchas más) y que nosotros ya contamos con más de tres a nuestras espaldas. Sin embargo, la creencia en que las predisposiciones y rasgos son hereditarios nos evita tener que culparnos por la educación de nuestros jóvenes […] En la antigua psicología, los rasgos son un don de Dios y si mi chico o chica se descarría, no se me puede culpar como padre.

¿Se oculta algún interés personal tras la empatía del conductista? En efecto –le gustaría ver eliminadas las suposiciones y conjeturas que están bloqueando nuestros esfuerzos por invertir millones de dólares y años de paciente investigación en psicología infantil porque entonces, y sólo entonces, podremos construir una verdadera psicología de la humanidad.

Para ser uno de los textos más criticados de nuestra joven ciencia, no están nada mal los valores que laten tras estas páginas.

In memoriam David Hubel

hubelDesde el pasado 22 de Septiembre el mundo de las neurociencias tendrá que seguir adelante sin una de sus figuras más célebres, David Hubel, que moría a los 87 años por una insuficiencia renal. Si alguna vez, cuando eras pequeño, has tenido que llevar un parche en el ojo, o si te han operado de estrabismo a una edad tan temprana que ya no lo recuerdas, tal vez conserves tu vista gracias a los famosos experimentos que el profesor de Harvard realizó junto a Torsten Wiesel. Gracias a ellos, conocemos la compleja estructura del córtex visual primario. Mediante ingeniosos experimentos con gatos, Hubel y Wiesel descubrieron que cada neurona del córtex visual responde a aspectos concretos de la estimulación visual. Algunas neuronas se disparan ante líneas con cierta inclinación, otras lo hacen ante combinaciones de líneas, y un tercer tipo de neuronas responde a líneas en movimiento. Todas ellas están organizadas en columnas alternas que responden a la información de un ojo u otro. En otra serie de experimentos, Hubel y Wiesel descubrieron que si se criaba a los gatitos con un ojo tapado, las columnas que se especializaban en el ojo descubierto se hiperdesarrollaban a costa de las columnas especializadas en el ojo tapado. Esto provocaba irremediablemente la ceguera del ojo tapado, salvo que se restableciera la visión de ese ojo antes de cierta edad. Pasará mucho tiempo antes de que estos experimentos clásicos dejen de aparecer en los primeros capítulos de los libros sobre atención y percepción. Tal vez nunca lo hagan.

In memoriam John Garcia

garcia-lorenzEntre mis correos matutinos, tuve hoy la mala fortuna de descubrir que desde el pasado Octubre ya no estaba con nosotros quien fuera uno de los más importantes investigadores del condicionamiento clásico. John Garcia (1917-2012), que en esta foto aparece junto a Konraz Lorenz, pasará a la posteridad por sus famosos estudios sobre el carácter selectivo del aprendizaje asociativo. No hay un solo manual de psicología del aprendizaje que no se detenga unas páginas a describir su obra. Según la visión que se tenía del condicionamiento clásico antes de John García, cualquier estímulo se podía asociar con otro si ambos se emparejaban de forma repetida y consistente. Luces, sonidos, descargas, comida… todos ellos se consideraban funcionalmente equivalentes. Esta visión relativamente simplista del aprendizaje asociativo hundía sus raíces en el empirismo inglés y se remontaba a las leyes de la memoria planteadas por Aristóteles. John Garcia fue uno de los primeros en observar que, al contrario, los organismos están fuertemente predispuestos a aprender ciertas asociaciones y no otras. Aprender la relación entre una luz y una descarga es más fácil que aprender una posible relación entre, por ejemplo, un sabor y una descarga. Inspirados por la obra de Garcia, numeros experimentos posteriores han demostrado la existencia de este tipo de predisposiciones en nuestra propia especie. Por ejemplo, a las personas nos cuesta menos aprender una asociación entre la imagen de una serpiente y una descarga, que entre la imagen de un cuchillo y la misma descarga. Esta predisposición resulta lógica a la luz de nuestro pasado evolutivo, habida cuenta de que en nuestro hábitat natural la visión de una serpiente u otro animal peligroso tenía muchas probabilidades de acabar en un mal desenlace. Somos descendientes de los primates que resultaron ser más rápidos a la hora de aprender estas relaciones. Por desgracia, en nuestro entorno moderno nos sería más ventajoso aprender a evitar armas blancas y pistolas que arañas y serpientes. Pero no es así como funciona la mente humana. Y tampoco la del resto de animales. Los experimentos de Garcia planteaban una visión innovadora de la conducta que ponía de manifiesto hasta qué punto los mecanismos genéticos y la experiencia interactúan para producir las formas más rudimentarias de aprendizaje. El estudio moderno del aprendizaje asociativo no puede entenderse sin él.

Gilbert Ryle y el concepto de lo mental

Hay turistas que cuando visitan una ciudad por primera vez no se conforman con entrar en el museo o sacarse fotos en los lugares más famosos, sino que intentan mezclarse con la gente del lugar en busca de los rincones menos transitados que conservan un encanto más genuino. Para quienes desean viajar por la historia de la psicología de esta manera, Gilbert Ryle es parada obligatoria. Su nombre no aparece en los grandes manuales de psicología. Sólo así se explica que pudiera comprar su genial The concept of mind por apenas dos libras en un mercadillo de Londres. Pero basta recordar que el filósofo de Oxford fue el director de tesis de un joven Daniel Dennett para empezar a sospechar que no hablamos de un personaje cualquiera.

RyleSu libro es un ataque frontal a lo que él denomina el “mito de Descartes”, a cuya descripción dedica las primeras páginas. Se trata de la idea de que los seres humanos se componen de un cuerpo y un alma, ambos de naturaleza radicalmente diferente y hasta cierto punto independiente. La mente se convierte así en una suerte de “fantasma en la máquina”, una entidad misteriosa y enigmática diferente del cuerpo mecánico que habita, pero unida íntimamente a él. Toda la filosofía y la psicología modernas están profundamente contaminadas por esta visión errónea, dice Ryle, del ser humano.

Para Ryle, contraponer cuerpo y mente implica caer en un grave error categorial. Se trata del tipo de error que uno comete cuando trata como equivalentes conceptos con propiedades lógicas diferentes. Para explicarnos en qué consiste un error categorial, nos invita a pensar en una persona que viaja hasta Oxford a visitar a un amigo y le pide que le enseñe la universidad. El amigo le lleva a la biblioteca, le presenta a los profesores y a los alumnos, le acompaña por los jardines y le enseña los laboratorios y las aulas. Cuando el día termina, el viajero se vuelve a su amigo y le dice: “Todos los edificios que hemos visto son preciosos, pero ¿cuándo veremos la universidad?”. El error de nuestro personaje reside en no darse cuenta de que la universidad no es un edificio más, sino que es una entidad más abstracta que engloba todos los edificios y a las personas que han visto durante el día. Lo mismo le sucede a quien asiste a un desfile militar y tras ver a la infantería y a la caballería se pregunta cuándo pasará el ejército; o a quien asiste a un partido de cricket y ve a los jugadores y el campo, pero busca en vano el espíritu de equipo.

Decir que una persona es un cuerpo y una mente es tan extraño como decir que uno ha visitado una universidad y su biblioteca o que ha conocido a un equipo de fútbol y a sus jugadores. A lo largo de El concepto de lo mental, Ryle va analizando meticulosamente el significado de las palabras que utilizamos para describir la actividad de la mente. Pensamiento, emociones, inteligencia… Todos ellos se refieren a procesos que a menudo se entienden como causas internas de la conducta observable. Sin embargo, este uso de los términos nos lleva a caer en errores lógicos.

Cuando alguien grita a otra persona, decimos que lo hace porque está enfadado y nos contentamos con esta explicación. Pero según Ryle, se trata de una explicación muy peculiar. Cuando decimos que alguien grita porque está enfadado, no se trata del mismo tipo de explicación que cuando decimos que un cristal se ha roto porque lo ha golpeado una piedra. Se trata más bien del tipo de afirmación que hacemos cuando decimos que el cristal se rompió porque era frágil. Se trata de una explicación, sí. Pero es una explicación muy diferente de la primera. Explica por qué se  rompió el cristal pero no mediante un relato mecánico de los procesos que condujeron a ello, sino llamando la atención sobre el hecho de que los cristales se rompen con facilidad. De la misma forma, sabemos que alguien está enfadado porque hace cosas como gritar. Luego, decir que grita porque está enfadado no nos ofrece una explicación causal. Casi podríamos decir que se trata de una explicación circular: sabemos que está enfadado porque grita y explicamos que grite diciendo que está enfadado.

Aunque no oculta su simpatía por cierto tipo de conductismo, Ryle en ningún momento afirma que no existan los procesos mentales o que no puedan ser útiles para entender la conducta. Se limita a llamar la atención de que la mayor parte de nuestros conceptos “mentales” son en realidad etiquetas que utilizamos para categorizar diferentes tipos de conducta. No podemos utilizar esas etiquetas para explicar la conducta, porque son descripciones de la propia conducta.

Alan Turing y la percepción extransensorial

Alan Turing, cuyo centenario celebramos en 2012, nos dejó una de las respuestas más controvertidas a la pregunta de si algún día podremos construir máquinas que piensen y cómo sabremos si efectivamente piensan. Su conocida propuesta constituye lo que hoy conocemos como Test de Turing: Si un observador neutral conversa con un ordenador y un ser humano y no sabe distinguir quién es quién, entonces habrá que atribuir al ordenador la misma “inteligencia” que al humano. En su artículo clásico “Computing machinery and intelligence” defiende la idea de que algún día se diseñará una máquina que pueda pasar la prueba y se adelanta a todas las críticas que puedan plantearse. Es difícil contener una sonrisa ante alguna de estas posibles “críticas”. Vean, vean…

(9) The argument from extrasensory perception

I assume that the reader is familiar with the idea of extrasensory perception, and the meaning of the four items of it, viz., telepathy, clairvoyance, precognition and psychokinesis. These disturbing phenomena seem to deny all our usual scientific ideas. How we should like to discredit them! Unfortunately the statistical evidence, at least for telepathy, is overwhelming. It is very difficult to rearrange one’s ideas so as to fit these new facts in. Once one has accepted them it does not seem a very big step to believe in ghosts and bogies. The idea that our bodies move simply according to the known laws of physics, together with some others not yet discovered but somewhat similar, would be one of the first to go.

This argument is to my mind quite a strong one. One can say in reply that many scientific theories seem to remain workable in practice, in spite of clashing with ESP; that in fact one can get along very nicely if one forgets about it. This is rather cold comfort, and one fears that thinking is just the kind of phenomenon where ESP may be especially relevant.

A more specific argument based on ESP might run as follows: “Let us play the imitation game, using as witnesses a man who is good as a telepathic receiver, and a digital computer. The interrogator can ask such questions as ‘What suit does the card in my right hand belong to?’ The man by telepathy or clairvoyance gives the right answer 130 times out of 400 cards. The machine can only guess at random, and perhaps gets 104 right, so the interrogator makes the right identification.” There is an interesting possibility which opens here. Suppose the digital computer contains a random number generator. Then it will be natural to use this to decide what answer to give. But then the random number generator will be subject to the psychokinetic powers of the interrogator. Perhaps this psychokinesis might cause the machine to guess right more often than would be expected on a probability calculation, so that the interrogator might still be unable to make the right identification. On the other hand, he might be able to guess right without any questioning, by clairvoyance. With ESP anything may happen.

If telepathy is admitted it will be necessary to tighten our test up. The situation could be regarded as analogous to that which would occur if the interrogator were talking to himself and one of the competitors was listening with his ear to the wall. To put the competitors into a “telepathy-proof room” would satisfy all requirements.

__________

Turing, A. M. (1950). Computing machinery and intellingece. Mind, 59, 433-460. doi: 10.1093/mind/LIX.236.433

Breve historia del cerebro

Cuando un profesor de historia de la psicología termina de leer un libro como Breve historia del cerebro, automáticamente le dan ganas de encender el ordenador y ponerse a hacer nuevas diapositivas para sus clases. El libro de Julio González Álvarez, profesor titular de la Universitat Jaume I de Castellón, nos ofrece una excelente introducción a la historia de los más importantes hallazgos de las neurociencias, desde el descubrimiento de la naturaleza eléctrica del impulso nervioso hasta el estudio de los mecanismos neuronales de aprendizaje en la Aplysia. Son especialmente recomendables el capítulo dedicado a la localización cerebral de las funciones cognitivas (con parada obligatoria en el mundo de la frenología) y el excepcional capítulo sobre la teoría de la neurona, donde trata con especial detenimiento la vida de uno de los pocos científicos de renombre internacional que ha dado nuestro país: el inigualable Ramón y Cajal. Escrito con un lenguaje claro y sencillo, el libro hará las delicias de legos y especialistas por igual.

La función de la magia

La mayor parte de la literatura psicológica sobre la superstición y las ilusiones de control se ha centrado tradicionalmente en resaltar sus aspectos más positivos sobre nuestra salud. Nada más humano que intentar protegerse de la sensación de indefensión que produce saberse víctima de fuerzas que están más allá de nuestro control. Décadas antes de que los psicólogos abrazaran esta visión, Malinowsky nos brindaba en las últimas líneas de su ensayo Magia, ciencia y religión la descripción más bella de esta idea:

¿Cuál es la función cultural de la magia? Hemos visto que todos los instintos y emociones, todas las actividades prácticas conducen al hombre a atolladeros en donde las lagunas de su conocimiento y las limitaciones de su temprano poder de observar y razonar le traicionan en los momentos cruciales. El organismo humano reacciona ante esto por medio de espontáneos estallidos en los que los modos rudimentarios de conducta y las creencias rudimentarias en su eficiencia resultan inventados. La magia se fija sobre esas creencias y ritos rudimentarios y los regula en formas permanentes y tradicionales. La magia le proporciona al hombre primitivo actos y creencias ya elaboradas, con una técnica mental y una práctica definidas que sirven para salvar los abismos peligrosos que se abren en todo afán importante o situación crítica. Le capacita para llevar a efecto sus tareas importantes en confianza, para que mantenga su presencia de ánimo y su integridad mental en momentos de cólera, en el dolor del odio, del amor no correspondido, de la desesperación y de la angustia. La función de la magia consiste en ritualizar el optimismo del hombre, en acrecentar su fe en la victoria de la esperanza sobre el miedo. La magia expresa el mayor valor que, frente a la duda, confiere el hombre a la confianza, a la resolución frente a la vacilación, al optimismo frente al pesimismo.

Visto desde lejos y por encima, desde los elevados lugares de seguridad de nuestra civilización evolucionada, es fácil ver todo lo que la magia tiene de tosco y de vano. Pero sin su poder y guía no le habría sido posible al primer hombre el dominar sus dificultades prácticas como las ha dominado, ni tampoco habría podido la raza humana ascender a los estadios superiores de la cultura. De aquí la presencia universal de la magia en las sociedades primitivas y su enorme poder. De aquí también que hallemos a la magia como invariable aditamento de todas las actividades importantes. Creo que hemos de ver en ella la incorporación de esa sublime locura de la esperanza que ha sido la mejor escuela del carácter del hombre. (Malinowski, 1948/1985, pp. 101-102)

__________

Malinowski, B. (1948/1985). Magia, ciencia y religión. Barcelona: Planeta-De Agostini.

De psicólogos y parapsicólogos

Cuando les explico a mis alumnos cómo la psicología se independizó de la filosofía y se constituyó como ciencia experimental en el siglo XIX, es parada obligada dedicar unos segundos a hablar de la primera revista científica especializada en el estudio de la mente. Se llamaba Philosophische Studien. Sí, sí, ha leído bien. En cristiano, Estudios de Filosofía. ¿A quién se le ocurrió ponerle ese nombre a una revista que pretendía ser el estandarte del estudio científico de la mente frente a la especulación filosófica? Lo que le sucedió a Wilhelm Wundt al bautizar a su revista es lo mismo que les pasa hoy a muchos internautas cuando intentan buscarse un nombre de usuario para Twitter: todos los nombres molones están cogidos. Existía ya una revista que se llamaba Psychologische Studien. Pero no tenía nada que ver con la psicología tal y como la entendía Wundt. Se trataba en realidad de una revista dedicada a la parapsicología, el espiritismo y el ocultismo.

Granville Stanley Hall

Las fronteras entre las actuales psicología y parapsicología eran terriblemente difusas a finales del siglo XIX. El mismo nombre se utilizaba con frecuencia para ambas disciplinas. Y no resultaba extraño que un mismo investigador trabajara igualmente en ambos campos. Muchos psicólogos dedicaron buena parte de su trabajo a combatir lo que percibían como una herejía. Pero no faltaron quienes, como William James, estaban entusiasmados con el estudio de lo paranormal y tachaban de fundamentalistas a todos los que de entrada rechazaran la existencia de espíritus y poderes mentales extraordinarios. Para mayor confusión, algunos investigadores que tenían poco o ningún respeto por la parapsicología se aprovechaban sin embargo de sus tenues fronteras con la psicología para encontrar financiación o captar el interés del público. Investigadores como Stanley Hall no dudaron en aceptar los donativos de los ricachones esotéricos siempre que a cambio pudieran sacar un pellizco con el que financiar sus nacientes laboratorios de psicología.

Según un interesante estudio de Deborah Coon publicado en 1992, la psicología salió finalmente fortalecida de su vergonzosa relación con la parapsicología y el espiritismo. En lugar de ignorar a los espiritistas, los psicólogos académicos optaron por presentarse como la autoridad científica responsable de investigar esos fenómenos y establecer qué podía haber de verdadero o falso en ellos. De esta forma se beneficiaron del interés que la población general tenía en estos temas, pero también mantuvieron su estatus de científicos críticos y rigurosos.

Joseph Jastrow

Las afirmaciones de los parapsicólogos se pusieron a prueba en condiciones controladas y se encontraron erróneas. La lucha contra estas ideas se convirtió en una prioridad para las primeras figuras de la psicología, como Hugo Münsterberg, James Angell o Joseph Jastrow. Se desarrolló también toda una nueva línea de investigación, la llamada psychology of deception o psicología del engaño, dedicada a comprender por qué las personas creían en estos fenómenos paranormales. Aparentemente, la ciencia y la razón salieron victoriosas en aquella ocasión.

Me pregunto si no se estará repitiendo la historia a raíz de la reciente publicación del artículo de Bem sobre la percepción extrasensorial. Mi sensación es que sí, que también esta vez el debate fortalecerá finalmente a la psicología científica. Pero eso es material para otro post…

__________

Coon, D. J. (1992). Testing the limits of sense and science: American experimental psychologists combat spiritualism, 1880-1920. American Psychologist, 47, 143-151.

In memoriam Ulric Neisser

El pasado 17 de Febrero, fallecía a los 83 años Ulric Neisser. Con la muerte del profesor de Cornell, nos abandonaba una figura clave e insustituible de la historia de la psicología. Como otros tantos investigadores de origen alemán, Neisser comenzó su andadura en el mundo de la psicología atraído por la Gestalt y pronto empezó a realizar sus propias investigaciones (al parecer algunas de ellas en el campo de la percepción extrasensorial). Sin embargo, opinaba que la psicología gestáltica carecía del rigor metodológico que cabría exigirle a una ciencia seria. Tal vez fuera su insatisfacción con los problemas de la Gestalt junto con la escasa profundidad psicológica de la otra corriente dominante del momento, el conductismo, lo que le llevara a ser el fundador (junto con otros) de la psicología cognitiva, que pretende aunar el mentalismo de la psicología gestáltica con el rigor metodológico del conductismo. Su libro de1967, Cognitive psychology es precisamente una de las obras fundacionales de este nuevo enfoque. En él se combinan por primera vez y con habilidad magistral las teorías del procesamiento de la información, la inteligencia artificial, la simulación de procesos cognitivos y la experimentación psicológica. Quien fuera el padre de esta corriente de pensamiento, fue también uno de sus primeros críticos. En Cognition and reality, publicado en 1976, criticaba a los psicólogos cognitivos por fundamentar sus investigaciones en situaciones de laboratorio exageradamente artificiales y con poca o ninguna relevancia para la solución de problemas prácticos y para la compresión de la conducta humana en su ambiente natural. La psicología actual no puede olvidar a Neisser sin perder buena parte de su esencia. Y no lo hará.

Los hechos son el aire del científico

El último artículo de Mario Laborda y sus colaboradores rescata una cita de Pavlov sobre la relación entre teoría y datos que no puedo resistirme a publicar aquí:

No matter how perfect a bird’s wing may be, it could never make the bird air-borne without the support of the air. Facts are the air of the scientist. Without them you will never be able to take off, without them your ‘theories’ will be barren. But when studying, experimenting and observing, do your best to get beneath the skin of the facts. Do not become hoarders of the facts. Try to penetrate into the secrets of their origin. Search persistently for the laws governing them (Pavlov, 1955, citado en Laborda et al., 2012, p. 50).

__________

Laborda, M. A., Miguez, G., Polack, C. W., & Miller, R. R. (2012). Animal models of psychopathology: Historical models and the Pavlovian contribution. Terapia Psicológica, 30, 45-59.

Johannes Müller y los fenómenos fantásticos de la visión

Lo que siente un león africano hambriento cuando consigue por fin echar la zarpa sobre el muslo de una joven gacela debe parecerse a la sensación que tengo yo cuando, tras un paseo por la Plaza Nueva, vuelvo a casa con una joya para mi biblioteca. Hace pocas semanas tuve la gran suerte de encontrarme con un magnífico ejemplar de Los fenómenos fantásticos de la visión de Johannes Müller. A los jóvenes estudiantes de psicología probablemente no les suene el nombre. (Toda la culpa la tenemos los profesores de historia de la psicología, que desde la entrada en vigor de los nuevos planes de estudio poco o nada nos paramos a hablar de los autores que no estén en el top ten de nuestra disciplina. Nos dicen los que saben del tema que el mero conocimiento, la cultura y la curiosidad ya no son competencias.) Pero Müller es, sin duda, una figura clave en el nacimiento de la psicología científica, tal y como la entendemos hoy en día.

Los primeros psicólogos científicos se aliaron con la naciente fisiología y con la medicina para diferenciar a su disciplina de la anterior filosofía de la mente. Helmholtz, Weber, Wundt, James… todos ellos fueron formados como médicos o fisiólogos y entendían que una verdadera ciencia de la mente debía abordar los problemas clásicos de la filosofía del conocimiento, pero utilizando los métodos experimentales de la fisiología. Sin embargo, esta alianza entre psicología y fisiología era muy anterior a todos estos autores y se la debemos, entre otros, a Johannes Müller. Cuando aún faltaban cincuenta y tres años para que la Universidad de Leipzig reconociera oficialmente el primer laboratorio de psicología, Müller escribía ya en el prólogo de Los fenómenos fantásticos de la visión:

[L]a psique es tan sólo una forma particular de vida entre las diversas formas de ella que son objeto de la investigación fisiológica. […] La teoría de la vida de la psique […] es, por tanto, exclusivamente parte de de la fisiología. (p. 3)

Y por si quedaran dudas acerca del valor de esta aproximación fisiológica del estudio de la mente añade:

El autor aspira a que este trabajo contribuya a llevar la investigación psicológica, del estéril terreno de la llamada psicología empírica, y, por otra parte, de la especulación demasiado indolente y desfavorable, al fértil terreno propio de la vida. (p. 4)

Müller es conocido, sobre todo, por formular la llamada “teoría de la energía específica de los nervios”, cuyos elementos básicos pueden intuirse ya en esta obra de juventud publicada en 1826. Según esta teoría, la sensación que provoca un estímulo no depende tanto de las características del propio estímulo, como del nervio que se estimula. Normalmente, los ojos nos sirven para ver objetos luminosos. Pero si nos presionamos los globos oculares, no sólo notaremos la sensación táctil, sino que también veremos chiribitas. Por tanto, poco importa que un estímulo sea luminoso o táctil: si lo que se estimula es el nervio óptico, la sensación resultante siempre será visual. Por eso “vemos las estrellas” cada vez que nos golpeamos un ojo.

De la misma forma que cualquier estímulo externo que excite el nervio óptico termina produciendo una sensación visual, también existen estímulos internos que pueden provocarlas. Müller menciona, por ejemplo, como en estado de reposo el propio pulso, al estimular el globo ocular, puede provocar experiencias visuales. Y estas estimulaciones internas no tienen porque ceñirse sólo al ojo; también pueden afectar a partes más profundas del sentido de la visión, tales como el nervio óptico o las zonas del cerebro a las que llegan los estímulos visuales. Cualquier cosa que influya sobre esas partes del sistema nervioso, también debería provocar experiencias visuales.

Lo mismo da el modo que sea estimulado el ojo, bien sea por choque, golpe, presión, galvanización o por estímulos que le son transmitidos simpáticamente desde otros órganos, a todas estas causas […] siente el nervio de la luz su afección como sensación de luz, aun cuando se halle en reposo en la oscuridad. (p. 9)

Basándose en esta idea, Müller nos explica como las imágenes fantásticas que vemos cuando imaginamos algo o cuando soñamos (o cuando alguien sufre una alucinación) se deben a que otras partes del cerebro, que se encargan de la representación y el pensamiento, influyen por “simpatía” en partes más o menos internas del sentido de la visión.

Si los estados de aquellos órganos encargados de la representación y el pensamiento pueden ser transferidos por simpatía a la sustancia del sentido de la visión, entonces podrían estas afecciones del órgano encargado de la representación o la imaginación provocar en general en la sustancia del sentido de la visión tan sólo afectos de su naturaleza, es decir, fenómenos luminosos. […] Lo fantástico provoca en el órgano de la sensación de la luz y de los colores, como cualquier estímulo, tan sólo luz y colores. (p. 20)

La teoría de la energía específica de los nervios suponía que para entender las experiencias mentales no es suficiente con entender las propiedades físicas y químicas de los estímulos que las provocan. Se necesitaba una nueva ciencia encargada de explicar cómo funciona el sistema nervioso y cómo produce las sensaciones subjetivas y el pensamiento. Ese será precisamente el papel de la fisiología y de la “nueva” psicología. Müller será maestro, entre otros, de Emil du Bois-Reymond, Hermann von Helmholtz y Ernst Brücke, que a su vez serán los mentores de los tres grandes psicólogos que reconocemos como los padres de nuestra ciencia: Wundt, James y Freud.

__________

Müller, J. (1826/1946). Los fenómenos fantásticos de la visión. Madrid: Espasa-Calpe.

El extraño caso del Dr. Freud y Miss Eckstein

El siempre humilde Freud gustaba de compararse con algunas de las figuras más destacadas de la historia de la ciencia. Según el médico vienés, el psicoanálisis constituía el tercer y definitivo golpe al orgullo humano, tras la teoría heliocéntrica de Copérnico y la teoría de la selección natural de Darwin. Y en lo que a impacto social se refiere, no andaba equivocado. A día de hoy, las encuestas sociológicas nos muestran que millones de ciudadanos del mundo desarrollado siguen sin aceptar la evolución. Pero, hasta donde mi conocimiento alcanza, ninguna ley de Alabama ha puesto obstáculos a la enseñanza del psicoanálisis en las aulas.

El respeto que despierta su figura entre algunos de nuestros académicos tiene menos que ver con la admiración que con la veneración, y criticar abiertamente el psicoanálisis viene a ser, en algunos círculos, poco menos que quemar la imagen de un santo o hacer una caricatura de Mahoma. Dudo mucho que el nombre de otros personajes equivalentes de la historia de la psicología como Skinner o Chomsky le suenen de nada al ciudadano medio. Sin embargo, mientras escribo estas líneas, la nueva película de Cronenberg, Un método peligroso, rinde culto al tercer hijo de Jacob Freud.

Cualquier intento de criticar el psicoanálisis es automáticamente interceptado con una serie de argumentos que nos resultan familiares a todos los que no simpatizamos con la obra de Sigmund. Me permitirá el lector que me centre aquí sólo en una de estas contramedidas. Según los férreos defensores del credo psicodinámico, la eficacia de la terapia psicoanalítica es la prueba absoluta y definitiva de la veracidad de sus teorías. ¿Cómo iban a curarse los pacientes neuróticos sometidos a psicoanálisis de ser falsa la teoría en la que se basa? En la obra freudiana abunda la descripción de casos que atestiguan su valor terapéutico.

Pero, ¿quién juzga qué casos son un éxito y cuáles no? Confío en el criterio no informado del lector para valorar el éxito del siguiente caso, relatado en el reciente libro de Michel Onfray, Freud. El crepúsculo de un ídolo.

Emma Eckstein (1865-1924)

Corría el año 1892 cuando la joven Emma Eckstein acudió a la consulta del Dr. Freud buscando una solución para problemas de poca gravedad, que incluían dolor de estómago crónico, depresión moderada y abundantes hemorragias menstruales. En la mente del padre del psicoanálisis estos síntomas sólo podían ser la manifestación de una histeria provocada por una masturbación excesiva. Afortunadamente, nada que no pudiera curarse con tres años de psicoterapia.

O tal vez sí, porque en 1895 Freud opta por recomendar a su paciente someterse a un innovador tratamiento. Tanto él como su colega Wilhelm Fliess habían especulado en sus cartas sobre las complejas conexiones entre la nariz y los órganos sexuales. Fliess había puesto ya a prueba estas ideas cauterizando la cavidad nasal de sus pacientes, pero sospechaba que con estas intervenciones sólo se podía lograr un éxito pasajero. La curación completa e irreversible requería una cirugía más profunda. En el caso de Emma Eckstein, a quien Freud había diagnosticado una “neurosis nasal refleja”, Fliess recomienda extirpar el cornete nasal izquierdo.

Contra todo pronóstico, Emma empeora sistemáticamente tras la operación. Las abundantes hemorragias e infecciones, los intensos dolores y las secreciones fétidas habrían alertado a cualquier médico del mal estado de las heridas. Sin embargo, el Dr. Freud, que no desea importunar a su amigo Wilhelm con las quejas de la enferma, achaca el estado de Emma a la somatización de su trastorno histérico y a la hostilidad reprimida hacia él mismo y hacia Fliess. Sólo cuando el estado de la paciente se hace insostenible decide Freud pedir ayuda a su amigo el Dr. Ignaz Rosanes, quien encuentra en la nariz de la joven Eckstein una gasa de medio metro de longitud que Fliess se había olvidado durante la operación.

La desafortunada Emma quedó permanentemente desfigurada después de este episodio y las hemorragias nasales se convirtieron en un problema crónico. No obstante, el diagnóstico de Freud se mantuvo firme: Los deseos sexuales reprimidos que antes de la operación habían provocado la dismenorrea eran también responsables de las nuevas hemorragias nasales. Su opinión no cambió cuando diez años después Emma volvió a sufrir de dolores abdominales. Esta vez Emma se negó a retomar el psicoanálisis, como le propuso Freud, y se puso en manos de médicos más competentes que pocos años después le extirparon un mioma benigno en el útero. Quién sabe cuánto tiempo llevaba el tumor allí.

Años después de la muerte de Emma en 1924, Freud seguía calificando el caso como un éxito rotundo…