Criterios diagnósticos de la pseudociencia

A lo largo de la historia, decenas de científicos y filósofos han intentado demarcar la frontera que separa la ciencia de la pseudociencia buscando un criterio bien definido que las separe. Para unos, la principal diferencia es la falsabilidad de las teorías científicas frente a la vaguedad de la pseudociencia. Para otros, es la utilización del método científico lo que mejor las distingue. Sin embargo, ni éstas ni otras propuestas similares se han hecho con la aceptación general de los académicos. Sea cual sea el criterio que se elija, siempre es posible encontrar algún contraejemplo que lo invalide. No es extraño que algunos filósofos, como Paul Feyerabend, hayan concluido que en realidad no hay ninguna diferencia esencial entre ciencia y pseudociencia. Sin embargo, existe una salida alternativa a este problema.

Normalmente intentamos definir los conceptos (como el concepto de “ciencia”) buscando las características necesarias y suficientes que debe reunir un elemento para pertenecer a la categoría que describe ese concepto. Por ejemplo, la definición de ser humano solía ser “animal racional”. Si algo es un animal y es racional, y si esa definición es correcta, entonces puede clasificarse con toda seguridad un ser humano. Sin embargo, hay conceptos cuyos elementos, utilizando la expresión de Wittgenstein, no tienen en común más que cierto “parecido familiar”: tienden a presentar ciertos rasgos comunes, pero ninguno de ellos es necesario ni suficiente para ser correctamente clasificado.

Un buen ejemplo de estas categorías son las enfermedades mentales. Como aún no sabemos muy bien cómo caracterizar algunas de ellas o cómo explicarlas, lo que los psicólogos y psiquiatras hacen es elaborar un listado de criterios diagnósticos para cada enfermedad. A un paciente se le diagnostica una enfermedad cuando cumple con un número determinado de esos criterios diagnósticos. Por ejemplo, el DSM-IV-TR propone diagnosticar un episodio depresivo mayor cuando un paciente cumple con cinco o más de estos criterios:

(1) Estado de ánimo depresivo la mayor parte del día, casi todos los días, indicado por el relato subjetivo o por observación de otros.

(2) Marcada disminución del interés o del placer en todas, o casi todas, las actividades durante la mayor parte del día, casi todos los días.

(3) Pérdida significativa de peso sin estar a dieta o aumento significativo, o disminución o aumento del apetito casi todos los días.

(4) Insomnio o hipersomnia casi todos los días.

(5) Agitación o retraso psicomotores casi todos los días.

(6) Fatiga o pérdida de energía casi todos los días.

(7) Sentimientos de desvalorización o de culpa excesiva o inapropiada (que pueden ser delirantes) casi todos los días (no simplemente autorreproches o culpa por estar enfermo).

(8) Menor capacidad de pensar o concentrarse, o indecisión casi todos los días (indicada por el relato subjetivo o por observación de otros).

(9) Pensamientos recurrentes de muerte (no sólo temor de morir), ideación suicida recurrente sin plan específico o un intento de suicidio o un plan de suicidio específico.

Para que un paciente sea diagnosticado como un caso de depresión severa debe cumplir con al menos 5 de estos criterios (luego ninguno es suficiente por sí solo), pero cualquiera de esos criterios es igualmente válido (luego ninguno es necesario).

La recopilación de textos de Mario Bunge que publica Laetoli bajo el título La pseudociencia ¡Vaya timo! Es un magnífico ejemplo de cómo esta misma lógica puede utilizarse para separar la ciencia de la pseudociencia. Tal vez no haya ninguna característica esencial que las diferencie, pero no por ello dejan de caracterizarse una y otra por diferentes atributos que tienden a aparecer juntos. En el libro de Bunge podemos encontrar varios listados de características habituales de la ciencia. Algunas de las más importantes son (a) que la ciencia tiende a cambiar a medida que avanza, (b) que una ciencia siempre presenta puntos de unión y es consistente con otras disciplinas también científicas, y (c) que la ciencia suele apoyarse en una determinada visión del mundo o filosofía que le es especialmente apta y que se caracteriza entre otras cosas por el realismo (la idea de que la realidad objetiva existe, independientemente de los observadores), el empirismo (la idea de que el conocimiento se basa en hechos observables) y el racionalismo (la idea de que las teorías científicas no pueden contradecirse entre sí o con los hechos).

De modo que si una teoría no cambia con el paso de las décadas, contradice a otras teorías bien asentadas y se protege de las críticas diciendo que la verdad, como la belleza, está en el ojo del que mira, ya sabe, es blanco y en botella. ¿Se le vienen ejemplos a la cabeza?

Desmontando los mitos anti-vacunación

Provocar un incendio es más fácil que apagarlo, y tal vez no haya incendios más difíciles de extinguir que los ficticios. Han pasado ya más de 14 años desde que Andrew Wakefield se inventara que la vacuna triple vírica podía provocar autismo como efecto secundario, pero la medicina convencional apenas se ha recuperado del varapalo. Aún son miles los padres que se niegan a vacunar a los hijos ante el miedo de que sufran reacciones adversas inexistentes, resucitando así enfermedades, como la rubeola, el sarampión o las paperas, que casi habían desaparecido de nuestras sociedades “desarrolladas”. Irónicamente, es el abrumador éxito de las vacunas el que ha hecho que a los padres se olviden de que estas enfermedades pueden ser letales. Por desgracia, casi todos los intentos de devolver la cordura a estas familias suelen estar abocados el fracaso. El mero de hecho de que exista una preocupación por informarles de que las vacunas son seguras se interpreta automáticamente como la prueba irrefutable de que el big pharma conspira contra la salud de los niños.

Un estudio reciente de Cornelia Betsch y Katharina Sachse muestra precisamente que a la hora de desmontar estos mitos, es más efectivo utilizar mensajes relativamente suaves (e.g., “es extremadamente raro que las vacunas provoquen reacciones adversas”) que realizar afirmaciones más tajantes (e.g., “es imposible que las vacunas provoquen reacciones adversas”). Esta diferencia a favor de los mensajes más suaves es mayor si la fuente del mensaje es una empresa farmacéutica que si lo emite una agencia gubernamental (supuestamente, más creíble), y todos estos efectos se manifiestan de forma más clara entre las personas con actitudes favorables hacia la medicina alternativa que entre las personas con actitudes favorables hacia la medicina convencional. Curiosamente, aunque la fuerza de estas afirmaciones influye en cómo de seguras parecen las vacunas, el número de mensajes a favor de ellas (2 vs. 5) no tiene efecto alguno.

Estos resultados apenas son sorprendentes, pero ciertamente están cargados de implicaciones prácticas para las políticas de concienciación pública sobre la importancia de las vacunas. Sustituir mensajes tajantes por versiones suavizadas que contemplen la posibilidad (aunque sea remota) de algún riesgo supone un cambio menor en la elaboración de los textos informativos. Sin embargo puede maximizar su impacto, sobre todo entre los colectivos más recelosos con las vacunas. También sugiere que son las administraciones públicas quienes deberían tomar un papel activo en estas campañas, en lugar de relegarlas al colectivo de médicos y farmacéuticos.

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Betsch, C., & Sachse, K. (in press). Debunking vaccination myths: Strong risk negations can increase perceived vaccination risks. Health Psychology. doi: 10.1037/a0027387

Escépticos de mente abierta

Carl Sagan no se cansaba de recordar que para ser un buen científico es necesario mantenerse en el difícil equilibrio entre estar abierto a las nuevas ideas y ser absolutamente escéptico con todas ellas. El libro de Michael Shermer Las fronteras de la ciencia. Entre la ortodoxia y la herejía es un homenaje a los que son capaces de tener la mente abierta sin que el cerebro se les caiga al suelo. Por sus páginas desfilan teorías, autores y descubrimientos (a veces entre comillas) que se sitúan en la delgada línea que separa la ciencia de la pseudociencia. Aunque el libro se ocupa de temas tan diversos como las diferencias raciales en inteligencia, la teoría del equilibrio puntuado, o los orígenes del heliocentrismo, el gran protagonista del libro es Alfred Russel Wallace, al que dedica nada menos que tres de los doce capítulos que componen el libro. Aunque todos conocemos al codescubridor de la teoría de la selección natural, no son tan célebres los escarceos del biólogo con el mundo del espiritismo, la hipnosis y la frenología, que Shermer relata con magistral habilidad en un alarde de erudición. Entre las contribuciones más interesantes del libro está el kit de detección de límites esbozado en la misma introducción. Se trata de diez sencillos criterios que pueden servir para juzgar por nosotros mismos si una teoría innovadora cae en el lado de la ciencia o en el de la pseudociencia. Los reproduzco aquí a modo de decálogo para quienes quieran convertirse al escepticismo razonable:

1/ ¿Hasta qué punto son fiables las fuentes en que se sustenta la nueva afirmación?

2/ ¿Suelen hacer esas fuentes afirmaciones similares?

3/ ¿Han sido verificadas las afirmaciones por otra fuente?

4/ ¿Cómo casa la afirmación con lo que sabemos del mundo y su funcionamiento?

5/ ¿Se ha tomado alguien, incluida la persona que la defiende, la molestia de buscar pruebas que refuten la afirmación, o sólo ha buscado pruebas que la confirmen?

6/ En ausencia de pruebas definitivas, ¿las que existen convergen en las conclusiones de la nueva teoría o en otras?

7/ ¿Recurre quien defiende una teoría a las normas de la razón y a las herramientas de investigación generalmente aceptadas o las sustituye por otras que le permiten llegar a las conclusiones deseadas?

8/ Quien defiende la afirmación, ¿aporta también una explicación distinta de los fenómenos observados o se limita a negar la explicación existente?

9/ Si quienes postulan la nueva afirmación sí plantean una teoría alternativa, ¿explica ésta tantos fenómenos como la anterior?

10/ Las creencias y prejuicios de los que defienden cierta teoría, ¿se basan en las conclusiones de esta teoría o, al contrario, en los propios prejuicios?