Magos de bata blanca

Pocas cosas enervan tanto a un psicólogo profesional como que venga algún lego y le diga que él también es “muy psicólogo”. Sin embargo, a algunos profanos hay que reconocerles su profundo conocimiento de la mente humana. Y si hay un oficio cuya tarea haya dependido crucialmente de tener una visión precisa de las virtudes y defectos de la mente, esa profesión es la del mago y el ilusionista. Detrás de la moneda que aparece de la nada, de la azafata cercenada en dos con una larga sierra, del siete de picas que aparece inesperadamente en el bolsillo de un espectador, se esconden las artes de un genial “psicólogo” que juguetea a su antojo con la atención de la audiencia. El libro de Stephen Macknik y Susana Martínez-Conde que publica Destino bajo el título de Los engaños de la mente es la ilustración perfecta de cuánto podemos aprender los científicos cognitivos del conocimiento acumulado por los magos a lo largo de los siglos. Frente al saber común que ve a la mente humana como el más alto y perfecto logro de la naturaleza, los magos conocen como nadie nuestras limitaciones perceptivas e intelectuales. Saben que mientras las personas se ríen de un chiste, no ven las orejas del conejo que asoman en la chistera; mientras detienen sus ojos en las piernas de la atractiva azafata, no ven los hilos que cuelgan de su vestido. Basta el medio segundo en el que la audiencia le devuelve una mirada al mago para perderse el magistral juego de manos con que le dan gato por liebre. ¿Se imaginan tener una radiografía de lo que pasa por la mente de una persona cuando ve un juego de magia? Enchufamos al participante a una máquina de resonancia magnética funcional o le colocamos un detector de movimientos oculares mientras disfruta de un buen truco y… ¡voilà! Obtenemos una visión reveladora de los mecanismos que subyacen a la atención y la percepción humana. Si el tema les interesa, el libro que Macknick y Martínez-Conde es una excelente introducción a una nueva forma de hacer psicología que dará que hablar. Por el camino, aprenderá algún que otro truco con el que obtener unos minutos de gloria en la siguiente reunión familiar.

Desmontando los mitos anti-vacunación

Provocar un incendio es más fácil que apagarlo, y tal vez no haya incendios más difíciles de extinguir que los ficticios. Han pasado ya más de 14 años desde que Andrew Wakefield se inventara que la vacuna triple vírica podía provocar autismo como efecto secundario, pero la medicina convencional apenas se ha recuperado del varapalo. Aún son miles los padres que se niegan a vacunar a los hijos ante el miedo de que sufran reacciones adversas inexistentes, resucitando así enfermedades, como la rubeola, el sarampión o las paperas, que casi habían desaparecido de nuestras sociedades “desarrolladas”. Irónicamente, es el abrumador éxito de las vacunas el que ha hecho que a los padres se olviden de que estas enfermedades pueden ser letales. Por desgracia, casi todos los intentos de devolver la cordura a estas familias suelen estar abocados el fracaso. El mero de hecho de que exista una preocupación por informarles de que las vacunas son seguras se interpreta automáticamente como la prueba irrefutable de que el big pharma conspira contra la salud de los niños.

Un estudio reciente de Cornelia Betsch y Katharina Sachse muestra precisamente que a la hora de desmontar estos mitos, es más efectivo utilizar mensajes relativamente suaves (e.g., “es extremadamente raro que las vacunas provoquen reacciones adversas”) que realizar afirmaciones más tajantes (e.g., “es imposible que las vacunas provoquen reacciones adversas”). Esta diferencia a favor de los mensajes más suaves es mayor si la fuente del mensaje es una empresa farmacéutica que si lo emite una agencia gubernamental (supuestamente, más creíble), y todos estos efectos se manifiestan de forma más clara entre las personas con actitudes favorables hacia la medicina alternativa que entre las personas con actitudes favorables hacia la medicina convencional. Curiosamente, aunque la fuerza de estas afirmaciones influye en cómo de seguras parecen las vacunas, el número de mensajes a favor de ellas (2 vs. 5) no tiene efecto alguno.

Estos resultados apenas son sorprendentes, pero ciertamente están cargados de implicaciones prácticas para las políticas de concienciación pública sobre la importancia de las vacunas. Sustituir mensajes tajantes por versiones suavizadas que contemplen la posibilidad (aunque sea remota) de algún riesgo supone un cambio menor en la elaboración de los textos informativos. Sin embargo puede maximizar su impacto, sobre todo entre los colectivos más recelosos con las vacunas. También sugiere que son las administraciones públicas quienes deberían tomar un papel activo en estas campañas, en lugar de relegarlas al colectivo de médicos y farmacéuticos.

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Betsch, C., & Sachse, K. (in press). Debunking vaccination myths: Strong risk negations can increase perceived vaccination risks. Health Psychology. doi: 10.1037/a0027387

Feliz como un estornino

Saber si una persona es optimista o no ya es algo bastante difícil. Si quieres hacer una investigación sobre el tema y decides usar el cuestionario tal como medida de optimismo, te aseguro que algún revisor vendrá y te dirá que ese cuestionario es malo, que uses este otro. Un segundo revisor te dirá que de cuestionarios nada, que uses una medida implícita. Un tercer crítico insistirá en que deberías fijarte en la conducta diaria de esa persona y no en lo que dice en un test o hace en una prueba implícita. Y así sucesivamente. Si esto ya es difícil, imagina entonces lo complicado que puede ser diseñar un procedimiento que te permita saber si un animal es optimista o no. Suena casi imposible, ¿verdad?

Curiosamente, empieza a existir todo un arsenal de procedimientos experimentales que nos permite conocer el estado anímico de un animal con razonable precisión. Recientemente, me he topado con un interesante ejemplo en un artículo de Stephanie Matheson, Lucy Asher y Melissa Bateson. La clave del procedimiento es enseñar al animal una discriminación. Si aparece un estímulo A y ejecuta la respuesta 1, entonces le damos un premio. Si, por el contrario, aparece un estímulo B, entonces le premiamos por ejecutar la respuesta 2. Hasta aquí sencillo. Ahora bien, resulta que el premio que le damos por realizar la respuesta 1 ante el estímulo A es mejor que el premio que le damos cuando realiza la respuesta 2 ante el estímulo B. Cuando el animal ya tiene experiencia con la tarea y con los premios que consigue con cada estímulo, hacemos la jugada maestra: Le presentamos un estímulo que queda exactamente a medio camino entre A y B y observamos qué hace. Si ejecuta la respuesta 1, podríamos decir que ese animal está siendo “optimista”: Ante la ambigüedad se comporta como si estuviera en la situación más favorable. (¿No recuerda un poco a la lógica en la que se basan las pruebas proyectivas?)

En el experimento de Matheson y colaboradores fueron un paso más allá. Utilizaron esta estrategia con un grupo de estorninos a los que alojaron en dos tipos diferentes de jaulas. Algunas de las jaulas eran relativamente pequeñas, con acceso intermitente a un bebedero. Además los cuidadores limpiaban esas jaulas en momentos impredecibles del día. En relación a éstas, las otras cajas venían a ser una suite presidencial: Eran considerablemente más grandes, tenían acceso permanente a un bebedero, y tenían comederos separados para la comida que más les gustaba a los pájaros. Para que los animales no se estresaran, los cuidadores siempre las limpiaban mientras los pájaros estaban fuera de la jaula, participando en el experimento. El principal resultado del experimento fue que, como es lógico esperar, cuando se les hacía la “prueba de optimismo”, los animales parecían estar de mejor humor si esos días estaban alojados en las jaulas “buenas” que si estaban en las malas. Admito que el resultado tiene poco de sorprendente. ¿Pero no es bonito saber que los animales también saben ver la botella medio llena cuando la vida les ayuda un poco?

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Matheson, S. M., Asher, L., & Bateson, M. (2008). Larger, enriched cages are associated with ‘optimistic’ response biases in captive European starlings (Sturnus vulgaris). Applied Animal Behaviour Science, 109, 374-383. doi: 10.1016/j.applanim.2007.03.007

¡Más Psicoteca!

No recuerdo los hechos concretos, pero la cosa debió ser tal que así…

HM: Miguel, tengo una idea que te va a encantar.

MAV: Miedo me das.

HM: ¿Y si hacemos algo de divulgación?

MAV: Pero, Helena, si la vida no nos da para más.

HM: Venga. Algo tipo Divulcat o e-Ciencia.

MAV: ¿Donde tienes lo de la madalena?

HM: Sí, como eso.

MAV: Pufff… ¿Pero tú sabes el tiempo que va a llevar?

HM: Ya tengo hasta nombre. Lo podemos llamar Psicoteca.

MAV: Ummm, Psicoteca. Now we’re talkin’…

… O así lo imagino yo ahora. Psicoteca nació como una revista electrónica de divulgación científica, con revisión por pares y todo. No me había equivocado: llevaba una cantidad de trabajo increíble. Pero Helena tampoco se había equivocado: el resultado fue igualmente increíble. Desde luego, el esfuerzo mereció la pena. No duró mucho el sistema de revisión que habíamos montado, es verdad; pero por el camino nos hicimos con artículos excelentes escritos por los mejores investigadores del panorama nacional. Poco tiempo después, Fernando Blanco nos propuso la idea genial de pasar del formato revista a un blog de divulgación y enseguida se le añadió Héctor Mediavilla al proyecto de hacer de aquel blog un referente de la divulgación científica en psicología. El formato resultaba más ameno, dinámico y fácil de gestionar, pero Helena y yo no fuimos capaces de seguir el ritmo. (¡Ni falta que hizo, porque Fernando y Héctor hicieron un trabajo excelente!) Una década después de comenzar su andadura, volvemos a la carga con Psicoteca, esta vez en formato WordPress y con el apoyo logístico, afectivo y creativo de todo Labpsico. Tenemos alguna cana más que entonces, pero no hemos perdido nada del entusiasmo. ¡Esperamos que os guste!

Cupido en la red

Si Cupido no está, ni ha venido tan feliz con sus flechas de amor para ti, ni sus flechas van contigo donde quiera que tú vas, tranquilo. Estás de suerte. Las webs de encuentro han llegado para corregir lo que Dan Ariely ha calificado como el más estrepitoso error de mercado de las sociedades occidentales: miles de jóvenes (y no tan jóvenes) no consiguen encontrar una pareja con la que ser felices y comer perdices. Vamos, eso que en Vaya semanita, con algún que otro matiz, llamaban “el tema vasco”.

Las webs de encuentro pretenden ser una especie de Facebook para solteros en busca de pareja. Su formato se parece a veces a la web de un supermercado en la que en lugar de ver fotos de latas de tomate y salteados de verduras uno ve los perfiles de jóvenes y jóvenas vendiendo lo mejor de sí mismos. Dado que este formato recuerda más al marketing que al genuino romance, algunos han querido denostar a estos sitios de encuentro diciendo que macdonaldizan las relaciones sentimentales. Pero sería injusto tener únicamente en cuenta su lado más negativo sin embarcarse en una valoración más objetiva de sus pros y contras.

Este análisis detallado es precisamente lo que nos bridan Eli Finkel y sus colaboradores en una exhaustiva revisión que acaban de publicar en Psychological Science in the Public Interest. El balance que hacen estos autores de la potencialidad de estos servicios es relativamente positivo. Vienen a cubrir una necesidad real de nuestra sociedad occidental para la que las fórmulas más tradicionales no han conseguido dar con la solución perfecta. Sin embargo, los autores son extremadamente críticos con muchos de los mitos que alimentan estas webs y también con el procedimiento concreto que utilizan para mostrar información sobre parejas potenciales.

Por ejemplo, en su opinión la información personal que ofrecen los perfiles dejan mucho que desear y podrían ser mejorados. Casi todos los datos que son más valiosos para saber cómo de bien podemos llevarnos con alguien son cosas que o bien no se ven en un perfil o no sabemos valorar apropiadamente. En general, somos muy malos a la hora de seleccionar y analizar la información más relevante para decidir si algo se ajusta a nuestras preferencias. En esto, somos poco diferentes cuando vamos al supermercado y cuando buscamos pareja.

Navegar entre perfiles de parejas potenciales nos predispone además a adoptar una actitud evaluativa que puede interferir con el logro de nuestro verdadero objetivo. Si estamos muy preocupados por encontrar al mejor candidato posible, es probable que nos dediquemos más a examinar a las personas con las que contactamos que a disfrutar plenamente de esos encuentros. Y desde luego es difícil comprometerse con alguien si a uno le preocupa la posibilidad de que haya alguien mejor ahí fuera. En este sentido, las páginas de encuentros alimentan el mito de que todos tenemos una media naranja predestinada a nosotros, esperando en algún lugar. Se trata de una idea potencialmente dañina que propagan recurrentemente películas y novelas y que ahora difunden también estas webs. Por desgracia, la investigación muestra que las parejas que comparten esta creencia en el amor predestinado suelen tener peor pronóstico que las que opinan que el amor es algo que se construye poco a poco y no algo que estaba ahí esperando a ser descubierto.

Tal vez el mito que peor parado sale es el de que estas webs utilizan procedimientos científicamente validados para encontrar la mejor pareja para cada usuario. En muchas de estas páginas de encuentro se pide a los usuarios que rellenen varios formularios con todo tipo de información personal sobre ingresos, aficiones, o rasgos de personalidad. Algunas de ellas, incluso solicitan que el usuario les envíe una muestra de ADN. Según las webs esta información se analiza mediante algoritmos matemáticos que permiten encontrar parejas ideales para esa persona. Si todo esto te recuerda un poco a los yogures que activan las defensas y a las cremas hidratantes con el gen de la juventud, sí, estás en lo cierto. A día de hoy, la pretensión de que estas páginas utilizan procedimientos científicamente validados carece de todo respaldo.

Para empezar, estas páginas web casi nunca concretan en qué consisten esos algoritmos. Los guardan en secreto como la fórmula de la Coca-Cola o el código fuente de Windows. Incluso en el dudoso caso de que las propias empresas hagan estudios científicos serios para poner a prueba los algoritmos que utilizan, guardar los detalles del procedimiento en secreto impide que otros grupos de investigación repliquen esos estudios y confirmen sus conclusiones. El mismo hermetismo se aplica no sólo a la naturaleza de los algoritmos sino al tipo de estudios que se realizan para ponerlos a prueba y a los resultados de esas investigaciones, que casi nunca se publican en los canales habituales de comunicación científica. Los pocos estudios que sí se han publicado son investigaciones correlacionales que se limitan a indicar que los usuarios de alguna red de encuentro están más satisfechos con sus parejas que la población general. Estos estudios son interesantes pero no son prueba de ninguna relación causal: Los usuarios de una determinada web de encuentros se diferencian de la población general en muchas cosas y cualquiera de ellas podría ser la causa de su mayor satisfacción. Por no hablar de lo arriesgado que es esbozar conclusiones fuertes a partir de los resultados de uno o dos estudios no replicados.

Dado que los sitios de encuentro no facilitan información sobre los algoritmos que utilizan para emparejar a los usuarios, Finkel y sus colaboradores utilizan una estrategia alternativa para valorar su posible eficacia: revisan la literatura disponible sobre los principales factores que predicen la estabilidad en las relaciones de pareja y en base a esa literatura infieren cuál es el éxito mayor que se puede tener al predecir el éxito de una pareja en base a la información que recogen las webs de encuentro. Las conclusiones de este análisis no pueden ser más claras: la información que solicitan estas páginas puede servir únicamente para eliminar a algunos candidatos que serían muy malos compañeros para cualquier persona, pero poco más. Los datos que serían más valiosos para predecir el éxito de una pareja (información sobre cómo interactúan o sobre cómo hacen frente a la adversidad) sencillamente no pueden registrarse antes de que la pareja se conozca. Los datos individuales de cada miembro de la pareja, que sí pueden registrarse antes de que se produzca el primer contacto, son también predictores del posible futuro de esa pareja, pero explican un porcentaje muy pequeño de la varianza (en torno al 5%). Las garantías de éxito de las que hacen gala muchos sitios de encuentro son completamente desmedidas si esta es toda la información con la que pueden trabajan.

En cualquier caso, las celestinas, casamenteras y alcahuetas harían bien en ir poniéndose al día. Saber algo de diseño de páginas web y tener registrado un dominio con sex appeal se perfilan como requisitos indispensables para mantenerse en el negocio del amor.

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Finkel, E. J., Eastwick, P. W., Karney, B. R., Reis, H. T., & Sprecher, S. (2012). Online dating: A critical analysis from the perspective of psychological science. Psychological Science in the Public Interest, 13, 3-66. doi: 10.1177/1529100612436522

Psicología de las nuevas tecnologías

Si algún familiar cumple años en los próximos meses y no terminas de encontrar el regalo adecuado, te conviene saber que el libro de la temporada no va firmado por Vargas Llosa ni por Almudena Grandes. Durante los próximos días se apilarán en las librerías españolas ejemplares y ejemplares de la novedad editorial que hará las delicias de los nacidos bajo los signos de Aries, Géminis y Tauro. Nos referimos, cómo no, a nuestro propio libro Psicología de las nuevas tecnologías: De la adicción a Internet a la convivencia con robots, que firmamos Helena Matute y Miguel Ángel Vadillo.

En este libro, disponible en la web de la editorial Síntesis, Helena y yo intentamos descubrir al lector las respuestas que la psicología va dando, poco a poco, a los interrogantes que genera el uso de Internet y de las nuevas tecnologías. ¿Es verdad que Internet es adictivo? ¿Qué efectos tiene sobre nuestra salud? Tantas horas dedicadas a los videojuegos, ¿tienen algún efecto positivo o negativo? ¿Harán las nuevas tecnologías que la educación del viejo siglo XX parezca tan primitiva como aquello de escribir en tablillas de cera?

Escribir sobre un tema donde los cambios se suceden tan rápidamente requiere adelantarse a los hechos, o al menos intentarlo, y atisbar cuáles pueden ser las respuestas a cuestiones que aún nadie ha planteado, tarea nada sencilla que abordamos también desde nuestra experiencia como investigadores de la psicología en el capítulo del libro dedicado a la futura convivencia con robots.

Las nuevas tecnologías no sólo sugieren nuevas preguntas, sino que también ayudan a responder muchas que los psicólogos nos veníamos planteando desde hace décadas. Ya es algo habitual que los psicólogos utilicemos la red para hacer experimentos y acceder los resultados de investigación. Pero la cantidad de datos a los que puede acceder un investigador con el auge de las redes sociales y los juegos online multijugador es sencillamente abrumadora. ¿Qué hay de cierto en aquello de que hombres y mujeres se fijan en características diferentes a la hora de buscar pareja? ¿Cómo se comporta la gente ante una epidemia?

El lector descubrirá que las nuevas tecnologías han aportado su granito de arena para dar respuesta a estas y otras preguntas. En definitiva, no es descabellado decir que la aparición de Internet marca un antes y un después en el mundo de la psicología. Nuestro nuevo libro es una guía para caminantes, para aquellos que quieran beneficiarse de las oportunidades que brindan estos cambios y evitar sus peligros, que casi nunca están donde uno esperaba encontrarlos…

Cómo se mantiene el optimismo irrealista

Ser optimista es cansado. Ser irrealistamente optimista es muy cansado. Décadas de dinero atrás no impiden que cada año volvamos a comprar un nuevo décimo de lotería de Navidad y nos deleitemos imaginando qué haríamos si el gordo cayera en nuestras manos. Y afortunadamente ningún fracaso previo nos puede convencer de que el resultado de esta dieta será el mismo que el del todas las anteriores. Ser más optimista de lo que los hechos permiten supone hacer un esfuerzo constante por ignorar toda la información que te indica que estás equivocado.

Curiosamente, estos hechos cotidianos son difíciles de reconciliar con las principales teorías del aprendizaje que se manejan en la psicología actual. Casi todas ellas asumen que el motor del aprendizaje son los errores de predicción: esperamos que algo suceda, ese algo no sucede, consecuentemente modificamos nuestras creencias para rebajar nuestras expectativas en el futuro y cometer así un error menor. Si es así como vamos afinando nuestro conocimiento del entorno, ¿cómo es posible que haya creencias que se mantengan permanentemente a pesar de los errores de predicción que producen?

Un estudio reciente de Tali Sharot, Christoph Korn y Raymond Dolan (2011) nos proporciona algunas claves. En su experimento, los participantes tenían que evaluar cuál era la probabilidad de que a lo largo de su vida padecieran infortunios como tener cáncer, sufrir un accidente de coche o divorciarse. Inmediatamente después de cada respuesta, a los participantes se les decía cuál era de hecho la probabilidad de que le sucedieran esas desgracias a una persona tomada al azar. Todas estas preguntas se repetían en una segunda fase del estudio y los participantes tenían que volver a hacer sus estimaciones. El resultado más interesante es que estas segundas respuestas se ajustaban más a la realidad que las primeras… pero sólo cuando las expectativas iniciales de los participantes habían sido más pesimistas que el feedback que se les había dado después.

Imagina, por ejemplo, que alguien había estimado que su probabilidad de sufrir un cáncer de pulmón era de un 30%. Si a este participante le decían que la probabilidad real de sufrir cáncer de pulmón era de un 10%, entonces la siguiente vez que aparecía la pregunta el participante daba un juicio inferior al 30% inicial. Sin embargo, si se le decía que la probabilidad real de sufrir cáncer de pulmón era de un 50%, su estimación posterior apenas se veía influida por esta información. En otras palabras, sí que ajustamos nuestras expectativas cuando cometemos errores, pero sólo cuando ese ajuste favorece el optimismo.

Más interesante aún. El grado en que la información negativa afectaba o no a los juicios posteriores correlacionaba con la activación de un área cerebral, la circunvolución frontal inferior. Y el grado en que dicha circunvolución se activaba ante la información negativa correlacionaba con el optimismo rasgo (medido mediante un cuestionario independiente que los participantes rellenaban al final del experimento).

Los resultados de este estudio sugieren que para explicar cómo se mantiene el optimismo irrealista, los modelos de aprendizaje tienen que asumir que el impacto de los errores de predicción no es independiente del valor afectivo de esos errores. Los errores “pesimistas” se corrigen más que los “optimistas”. Más aún, nos indica qué zonas cerebrales pueden estar involucradas en este proceso y cómo la mayor o menor activación de esas zonas ante la información negativa se relaciona con características de personalidad relativamente estables. ¡Y todo ello en apenas cinco hojas!

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Sharot, T., Korn, C. W., & Dolan, R. J. (2011). How unrealistic optimism is maintained in the face of reality. Nature Neuroscience, 14, 1474-1479. doi: 10.1038/nn.2949

Desmitificando la psicología

Hans Eysenck, uno de los grandes psicólogos del siglo XX, escribió una vez que es poco probable que haya ninguna materia en la que la ratio entre sentido y sinsentido sea menor que en las cuestiones psicológicas. Es una lástima que medio siglo después de que escribiera aquellas palabras, la afirmación apenas haya perdido vigencia. Afortunadamente, son cada vez más los académicos que se preocupan por poner remedio a esta situación, ayudando a depurar la psicología de mitos sin fundamento alguno y haciendo un esfuerzo por transmitir esta actitud crítica a la población general y a los futuros psicólogos. Entre los varios libros que se han publicado recientemente dentro de esta tendencia, brilla con luz propia el publicado por Scott Lilienfeld, Steven Jay Lynn, John Ruscio y Barry Beyerstein bajo el título 50 mitos de la psicología popular: Las ideas falsas más comunes sobre la conducta humana. Sus páginas abordan algunos de los mitos más esotéricos y descarados, como la idea de que sólo usamos el 10% del cerebro, que escuchar música de Mozart nos hace más inteligentes o que la hipnosis es un método fiable para recuperar recuerdos. Pero también se desmontan creencias erróneas que tal vez por parecer más plausibles han cuajado en nuestro imaginario popular. Por ejemplo, en educación ha ganado crédito la idea de que existen varios estilos de aprendizaje claramente diferenciables y que la docencia es mejor cuando se ajusta al estilo de cada niño. Suena razonable. Pero la evidencia disponible muestra que los programas docentes que se basan en esta idea no funcionan mejor, ni hay tampoco evidencia de que las clasificaciones de estilos de aprendizaje que se manejan tengan validez alguna. Son muchas las ideas como ésta que el boca a boca y los medios de comunicación nos han vendido como ciertas y que ingenuamente nos hemos lanzado a aplicar al mundo educativo y sanitario sin cuestionar antes su veracidad. Si la credulidad fuera una enfermedad, el libro de Lilienfeld, Lynn, Ruscio y Beyerstein sería una excelente vacuna.

Aprender lo justo, pero no más

Un importante reto de la psicología cognitiva es entender cómo aprendemos a ignorar información redundante y a codificar sólo la información imprescindible. En el ámbito de la psicología del aprendizaje, pocos fenómenos nos han dado tanta información sobre el carácter selectivo del aprendizaje como el efecto de bloqueo, ampliamente investigado en todo tipo de preparaciones experimentales con animales y humanos. Cuatro décadas después de los primeros estudios sobre este fenómeno, el bloqueo continúa en el centro de todas las discusiones teóricas sobre el aprendizaje, convirtiéndose en el campo de batalla sobre el que se libran los debates entre los partidarios de explicaciones asociativas y los defensores de explicaciones racionales. Continúa leyendo en Ciencia Cognitiva

Ignorar para recordar

Tras largos meses de espera, el mes de marzo finalmente nos trajo la buena noticia de que nuestro artículo sobre interferencia e inhibición se aceptaba en el British Journal of Psychology. Se trata una vez más del resultado de la fructífera colaboración entre los equipos Labpsico, de la Universidad de Deusto, y Causal Cognition Group, de la Universidad de Málaga, a los que ahora se añade la Universidad Nacional de Educación a Distancia gracias a la participación de Cristina Orgaz. En este artículo introducimos en el ámbito de la psicología del aprendizaje asociativo una idea que está en el centro de las actuales investigaciones sobre memoria. Se trata del papel que juega la inhibición de representaciones mentales en la recuperación selectiva de información.

De acuerdo con la visión más actual que se tiene de la memoria humana, para poder recuperar eficazmente cierta información no sólo hace falta saber encontrarla y activarla, sino que también es imprescindible ignorar activamente cualquier información que pueda estar relacionada (y que por tanto pueda estar “en la punta de la lengua” por así decirlo) pero que sin embargo sea irrelevante en ese momento. Por ejemplo, ser capaz de recordar el nombre de alguien depende tanto de encontrar ese nombre en nuestro almacén de recuerdos, como de evitar la activación errónea de nombres parecidos o relacionados. ¿Cuántas veces ha sido incapaz de recordar el nombre de un actor porque se le venía a la cabeza el nombre de otro actor? Evitar este tipo de problemas requiere inhibir activamente las representaciones mentales de cualquier información potencialmente distractora.

En este artículo, intentamos demostrar que algo similar podría estar sucediendo en una serie de efectos estudiados por los psicólogos del aprendizaje bajo el nombre de interferencia entre resultados. Esta interferencia es la que tiene lugar cuando un estímulo predice cosas diferentes en momentos diferentes. Si recuerda algo de los famosos experimentos de Pavlov, allí se le enseñaba a un grupo de perros que cuando sonaba una campana después se les iba a dar comida. Pero a veces Pavlov probaba a enseñarles después lo contrario: oír la campana ya no indicaba que después se fuera a administrar comida. De esta forma, la campana se convertía en un estímulo ambiguo. Algo parecido les sucede a los pacientes fóbicos que después de toda una vida teniendo miedo a cierto objeto deben aprender que ese estímulo ya no está emparejado con ninguna consecuencia negativa. Nuestro estudio indica que la inhibición de la representación mental de ese estímulo que solía acompañar a otro, pero ya no lo hace, es un proceso fundamental para lidiar con este tipo de situaciones.

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Vadillo, M. A., Orgaz, C., Luque, D., Cobos, P. L., López, F. J., & Matute, H. (in press). The role of outcome inhibition in interference between outcomes: A contingency-learning analogue of retrieval-induced forgetting. British Journal of Psychology.

La función de la magia

La mayor parte de la literatura psicológica sobre la superstición y las ilusiones de control se ha centrado tradicionalmente en resaltar sus aspectos más positivos sobre nuestra salud. Nada más humano que intentar protegerse de la sensación de indefensión que produce saberse víctima de fuerzas que están más allá de nuestro control. Décadas antes de que los psicólogos abrazaran esta visión, Malinowsky nos brindaba en las últimas líneas de su ensayo Magia, ciencia y religión la descripción más bella de esta idea:

¿Cuál es la función cultural de la magia? Hemos visto que todos los instintos y emociones, todas las actividades prácticas conducen al hombre a atolladeros en donde las lagunas de su conocimiento y las limitaciones de su temprano poder de observar y razonar le traicionan en los momentos cruciales. El organismo humano reacciona ante esto por medio de espontáneos estallidos en los que los modos rudimentarios de conducta y las creencias rudimentarias en su eficiencia resultan inventados. La magia se fija sobre esas creencias y ritos rudimentarios y los regula en formas permanentes y tradicionales. La magia le proporciona al hombre primitivo actos y creencias ya elaboradas, con una técnica mental y una práctica definidas que sirven para salvar los abismos peligrosos que se abren en todo afán importante o situación crítica. Le capacita para llevar a efecto sus tareas importantes en confianza, para que mantenga su presencia de ánimo y su integridad mental en momentos de cólera, en el dolor del odio, del amor no correspondido, de la desesperación y de la angustia. La función de la magia consiste en ritualizar el optimismo del hombre, en acrecentar su fe en la victoria de la esperanza sobre el miedo. La magia expresa el mayor valor que, frente a la duda, confiere el hombre a la confianza, a la resolución frente a la vacilación, al optimismo frente al pesimismo.

Visto desde lejos y por encima, desde los elevados lugares de seguridad de nuestra civilización evolucionada, es fácil ver todo lo que la magia tiene de tosco y de vano. Pero sin su poder y guía no le habría sido posible al primer hombre el dominar sus dificultades prácticas como las ha dominado, ni tampoco habría podido la raza humana ascender a los estadios superiores de la cultura. De aquí la presencia universal de la magia en las sociedades primitivas y su enorme poder. De aquí también que hallemos a la magia como invariable aditamento de todas las actividades importantes. Creo que hemos de ver en ella la incorporación de esa sublime locura de la esperanza que ha sido la mejor escuela del carácter del hombre. (Malinowski, 1948/1985, pp. 101-102)

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Malinowski, B. (1948/1985). Magia, ciencia y religión. Barcelona: Planeta-De Agostini.

Varón, de raza blanca

La capacidad que tenemos los psicólogos para cubrirnos de gloria es incuestionable. Cada vez que uno de esos vecinos aparentemente normales mata a su familia y luego se suicida o cada vez que dos chavales cogen sus escopetas y salen a cazar compañeros de clase, surge de entre nuestras filas un Patrick Jane que nos esboza el perfil psicológico perfecto del asesino. Normalmente estas cosas sólo pasan en Estados Unidos o en las películas (y sobre todo en la intersección de ambos). Pero esta semana nos ha brindado la triste ocasión de ver a los nuestros en acción a la caza del terrorista Mohamed Merah. El perfil psicológico que los expertos esbozaron para el asesino de Toulouse fue ciertamente audaz: contra todo pronóstico, se trataba de un asesino “frío y cruel”. Ya ven ustedes. Quién lo habría dicho.

Mientras los medios de comunicación nos ponían al día de cómo transcurría el acoso a la casa del muyahidín, casualmente estaba leyendo el genial libro de Lilienfeld, Lynn, Ruscio y Beyerstein, 50 grandes mitos de la psicología popular, que contiene precisamente un capítulo dedicado a los criminal profilers, que es el nombre que reciben en inglés los psicólogos (y supongo que también los médiums) que ayudan a la policía a hacer estos perfiles psicológicos. Tirando del hilo he podido encontrar dos trabajos críticos sobre el tema, ambos publicados por Brent Snook y sus colaboradores.

El primero de ellos (Snook, Eastwood, Gendreau, Coggin, & Cullen, 2007) es una revisión de los estudios que estaban disponibles hasta ese momento. Un primer patrón que observan es que la mayor parte de los autores que escriben sobre el tema basan sus argumentos más en el sentido común que en la evidencia empírica. Esto sucede más entre autores de orientación clínica y oficiales de policía que entre académicos e investigadores con una orientación estadística; sucede más en los estudios que son favorables al criminal profiling que entre los que son críticos; y sucede más en los artículos publicados en EE.UU. que en los publicados en otros países.

Snook y colaboradores (2007) realizan también un pequeño meta-análisis de los estudios sobre la precisión de las predicciones hechas por los profilers. Los resultados muestran que, en general, las predicciones de los profilers son sólo ligeramente mejores que las de los grupos de comparación que se utilizan en los diversos estudios (por ejemplo, estudiantes de psicología o detectives). Si acaso, son algo mejores a la hora de predecir los atributos físicos de los delincuentes, pero a cambio parecen ser peores en las predicciones sobre sus pensamientos, hábitos sociales e historia personal. Aun siendo estadísticamente significativas, ninguna de estas diferencias alcanza un gran tamaño.

A la luz de esta evidencia tan pobre, ¿de dónde proviene la creencia de que los criminal profilers ofrecen información valiosa para describir a los delincuentes? Precisamente el segundo de los artículos (Snook, Cullen, Bennell, Taylor, & Gendreau, 2008) se centra en este asunto. Entre los principales “culpables” señalan a los sesgos cognitivos habituales: que nos fiamos demasiado de evidencia puramente anecdótica, que aceptamos afirmaciones vagas como descripciones válidas de los hechos (piense en el efecto Forer) y, muy especialmente, que damos más peso a las escasas predicciones correctas que a los numerosos errores de los profilers.

Al fin y al cabo, ¿en cuántas películas se escapa el asesino?

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Snook, B., Cullen, R. M., Bennell, C., Taylor, P. J., & Gendreau, P. (2008). The criminal profiling illusion: What’s behind the smoke and mirrors? Criminal Justice and Behavior, 35, 1257-1276.

Snook, B., Eastwood, J, Gendreau, P., Goggin, C., & Cullen, R. M. (2007). Taking stock of criminal profiling: A narrative review and meta-analysis. Criminal Justice and Behavior, 34, 437-453.

¿Usamos sólo el 10% del cerebro?

Hace pocos días se me acercó un voluntario de una conocida secta de las que salvan tu alma contrarrebolso. Me tendió una pequeña hoja de papel que me recordaba que sólo usamos un 10% de nuestro cerebro y que por un módico precio me podían enseñar a usar más, como quien va al fnac a que le pongan más memoria a su ordenador. El hombre se quedó tan contento, mirándome como si me hubiera hecho el favor de mi vida.

Recientemente he aprendido que la idea de que sólo usamos el 10% del cerebro podría tener su origen en una frase desafortunada de William James, que afirmó que la mayor parte de las personas no desarrollan más del 10% de su capacidad intelectual. Algunos quisieron revestir la idea de más cientificidad sustituyendo “capacidad intelectual” por “cerebro”. Más recientemente, el mito fue popularizado por el parapsicompresario Uri Geller. Sí, aquel que doblaba cucharas y arreglaba relojes a distancia.

Ha leído bien en la línea superior: se trata de un simple y burdo mito. O, mejor aún, una leyenda urbana, una mentira de esas que repetida mil veces se convierte en verdad. Le puedo asegurar que usted usa el 100% de su cerebro. Hasta el pobre bendito que me acercó aquel papelajo lo hace. Lo que es más difícil es entender por qué la gente cree a quienes hacen afirmaciones de este tipo.

Es posible que usted haya visto los típicos gráficos de estudios de neuroimagen en los que se resaltan con colores vivos las zonas del cerebro que parecen estar particularmente implicadas en algún proceso mental. Viendo esos gráficos, en los que casi todo el cerebro aparece en gris y negro con unas pocas manchas de color dispersas aquí y allá, es tentador pensar que esos cerebros han estado “apagados” durante todo el experimento y que sólo esas escasas zonas de color se han “encendido”. Nada más lejos de la verdad. Ojalá fuera así de fácil estudiar el funcionamiento del cerebro. Por desgracia para los neurocientíficos el cerebro está permanentemente activo, incluso cuando realizamos las tareas mentales más sencillas. No hay ninguna zona cerebral que esté ahí desactivada, a la espera de que surja una tarea que la despierte de su letargo. Lo que sí es cierto que es unas tareas demandan más trabajo de unas zonas cerebrales que de otras. Precisamente, lo que aparece marcado con colores en esos gráficos son las zonas que están más o menos activadas durante una tarea “experimental” (en la que interviene un proceso mental) que durante una tarea “control” (idéntica a la primera pero sin requerir ese proceso mental). Dicho de otra forma, las zonas que aparecen en gris no son partes del cerebro que no se estén utilizando, sino zonas del cerebro que actúan de la misma forma durante la tarea experimental y la tarea control.

Es posible que usted haya visto algún documental enseñando cómo se practica la cirugía cerebral. Una de las cosas que más nos sorprende a todos acerca de estas operaciones es que con mucha frecuencia se realizan con anestesia local, manteniendo al paciente completamente consciente mientras se interviene en su cerebro. Esto se hace porque les permite a los cirujanos estimular partes del cerebro antes de hacer nada sobre ellas. Así pueden saber qué función tiene esa zona antes de dañarla. El gran problema al que se enfrentan los cirujanos es que no se puede seccionar ninguna parte del cerebro sin afectar a su rendimiento. No hay ninguna zona “prescindible” por donde se pueda meter el bisturí en busca del tumor o el aneurisma. Lo que los médicos sí pueden hacer es asegurarse al menos de que no van a romper nada que afecte de forma dramática a la vida del paciente. Puestos a perder facultades, es mejor tener una leve dificultad para discriminar sonidos agudos que contraer una parálisis total del brazo derecho o perder la capacidad de articular palabra. Si sólo usáramos un 10% del cerebro nada de esto sería necesario. Uno casi podría meter el cuchillo por cualquier lado confiando en no tener la mala suerte de acertarle al único 10% que sirve para algo.

Cuando se compara la anatomía de las especies animales a las que hemos domesticado con sus equivalentes salvajes enseguida percibimos una diferencia crucial: las especies domesticadas tienen cerebros más pequeños que las especies que viven en libertad. Es lógico. Los animales domésticos no tienen que luchar por sobrevivir ni su reproducción depende de ser más o menos inteligentes. Que una vaca se reproduzca más o menos depende más de cuánta leche dé que de su capacidad para huir de los depredadores. Los perros tampoco necesitan cazar en grupo para sobrevivir, como lo hacen los lobos. Les basta con lloriquearle un poco a su dueño y ponerle carita de pena. La razón por la que el cerebro de estos animales se reduce progresivamente es que el sistema nervioso es uno de los tejidos más “caros” del cuerpo. El cerebro humano apenas representa un 2-3% del peso corporal, pero consume un 20% del oxígeno que respiramos. Cada vez que siente hambre a media mañana y asalta la nevera, una parte muy significativa de lo que come se gasta en mantener vivo su cerebro. Tener un órgano tan exquisito y exigente merece la pena en términos evolutivos si aumenta nuestras posibilidades de sobrevivir y reproducirnos. Pero si sólo vamos a usar un 10%, el gasto no merece la pena. Mantener vivo a un 90% de tejido cerebral “parásito” es un lujo que ninguna especie se puede permitir, ni siquiera la humana.

Escépticos de mente abierta

Carl Sagan no se cansaba de recordar que para ser un buen científico es necesario mantenerse en el difícil equilibrio entre estar abierto a las nuevas ideas y ser absolutamente escéptico con todas ellas. El libro de Michael Shermer Las fronteras de la ciencia. Entre la ortodoxia y la herejía es un homenaje a los que son capaces de tener la mente abierta sin que el cerebro se les caiga al suelo. Por sus páginas desfilan teorías, autores y descubrimientos (a veces entre comillas) que se sitúan en la delgada línea que separa la ciencia de la pseudociencia. Aunque el libro se ocupa de temas tan diversos como las diferencias raciales en inteligencia, la teoría del equilibrio puntuado, o los orígenes del heliocentrismo, el gran protagonista del libro es Alfred Russel Wallace, al que dedica nada menos que tres de los doce capítulos que componen el libro. Aunque todos conocemos al codescubridor de la teoría de la selección natural, no son tan célebres los escarceos del biólogo con el mundo del espiritismo, la hipnosis y la frenología, que Shermer relata con magistral habilidad en un alarde de erudición. Entre las contribuciones más interesantes del libro está el kit de detección de límites esbozado en la misma introducción. Se trata de diez sencillos criterios que pueden servir para juzgar por nosotros mismos si una teoría innovadora cae en el lado de la ciencia o en el de la pseudociencia. Los reproduzco aquí a modo de decálogo para quienes quieran convertirse al escepticismo razonable:

1/ ¿Hasta qué punto son fiables las fuentes en que se sustenta la nueva afirmación?

2/ ¿Suelen hacer esas fuentes afirmaciones similares?

3/ ¿Han sido verificadas las afirmaciones por otra fuente?

4/ ¿Cómo casa la afirmación con lo que sabemos del mundo y su funcionamiento?

5/ ¿Se ha tomado alguien, incluida la persona que la defiende, la molestia de buscar pruebas que refuten la afirmación, o sólo ha buscado pruebas que la confirmen?

6/ En ausencia de pruebas definitivas, ¿las que existen convergen en las conclusiones de la nueva teoría o en otras?

7/ ¿Recurre quien defiende una teoría a las normas de la razón y a las herramientas de investigación generalmente aceptadas o las sustituye por otras que le permiten llegar a las conclusiones deseadas?

8/ Quien defiende la afirmación, ¿aporta también una explicación distinta de los fenómenos observados o se limita a negar la explicación existente?

9/ Si quienes postulan la nueva afirmación sí plantean una teoría alternativa, ¿explica ésta tantos fenómenos como la anterior?

10/ Las creencias y prejuicios de los que defienden cierta teoría, ¿se basan en las conclusiones de esta teoría o, al contrario, en los propios prejuicios?

De psicólogos y parapsicólogos

Cuando les explico a mis alumnos cómo la psicología se independizó de la filosofía y se constituyó como ciencia experimental en el siglo XIX, es parada obligada dedicar unos segundos a hablar de la primera revista científica especializada en el estudio de la mente. Se llamaba Philosophische Studien. Sí, sí, ha leído bien. En cristiano, Estudios de Filosofía. ¿A quién se le ocurrió ponerle ese nombre a una revista que pretendía ser el estandarte del estudio científico de la mente frente a la especulación filosófica? Lo que le sucedió a Wilhelm Wundt al bautizar a su revista es lo mismo que les pasa hoy a muchos internautas cuando intentan buscarse un nombre de usuario para Twitter: todos los nombres molones están cogidos. Existía ya una revista que se llamaba Psychologische Studien. Pero no tenía nada que ver con la psicología tal y como la entendía Wundt. Se trataba en realidad de una revista dedicada a la parapsicología, el espiritismo y el ocultismo.

Granville Stanley Hall

Las fronteras entre las actuales psicología y parapsicología eran terriblemente difusas a finales del siglo XIX. El mismo nombre se utilizaba con frecuencia para ambas disciplinas. Y no resultaba extraño que un mismo investigador trabajara igualmente en ambos campos. Muchos psicólogos dedicaron buena parte de su trabajo a combatir lo que percibían como una herejía. Pero no faltaron quienes, como William James, estaban entusiasmados con el estudio de lo paranormal y tachaban de fundamentalistas a todos los que de entrada rechazaran la existencia de espíritus y poderes mentales extraordinarios. Para mayor confusión, algunos investigadores que tenían poco o ningún respeto por la parapsicología se aprovechaban sin embargo de sus tenues fronteras con la psicología para encontrar financiación o captar el interés del público. Investigadores como Stanley Hall no dudaron en aceptar los donativos de los ricachones esotéricos siempre que a cambio pudieran sacar un pellizco con el que financiar sus nacientes laboratorios de psicología.

Según un interesante estudio de Deborah Coon publicado en 1992, la psicología salió finalmente fortalecida de su vergonzosa relación con la parapsicología y el espiritismo. En lugar de ignorar a los espiritistas, los psicólogos académicos optaron por presentarse como la autoridad científica responsable de investigar esos fenómenos y establecer qué podía haber de verdadero o falso en ellos. De esta forma se beneficiaron del interés que la población general tenía en estos temas, pero también mantuvieron su estatus de científicos críticos y rigurosos.

Joseph Jastrow

Las afirmaciones de los parapsicólogos se pusieron a prueba en condiciones controladas y se encontraron erróneas. La lucha contra estas ideas se convirtió en una prioridad para las primeras figuras de la psicología, como Hugo Münsterberg, James Angell o Joseph Jastrow. Se desarrolló también toda una nueva línea de investigación, la llamada psychology of deception o psicología del engaño, dedicada a comprender por qué las personas creían en estos fenómenos paranormales. Aparentemente, la ciencia y la razón salieron victoriosas en aquella ocasión.

Me pregunto si no se estará repitiendo la historia a raíz de la reciente publicación del artículo de Bem sobre la percepción extrasensorial. Mi sensación es que sí, que también esta vez el debate fortalecerá finalmente a la psicología científica. Pero eso es material para otro post…

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Coon, D. J. (1992). Testing the limits of sense and science: American experimental psychologists combat spiritualism, 1880-1920. American Psychologist, 47, 143-151.