Cómo enviar tus recuerdos a la papelera de reciclaje

Salvo que tu vida haya sido un cuento de hadas, alguna vez habrás querido borrar de tu memoria un recuerdo insoportable. Quizá preferirías olvidar aquel día en el que viste a tu pareja serte infiel o la muerte de tu madre tras una larga y dolorosa enfermedad. Incluso si has sido la persona más feliz del mundo, tal vez no te importaría borrar de tu memoria aquel instante en el que viste morir a tu cachorro Larry atropellado por un autobús escolar cuando tenías apenas 7 años. La imagen de Larry destripado mirándote indefenso mientras el fino hilo de su vida se rompía te asalta en las noches de tormenta y te mantiene en vela durante interminables horas.

Lo que hoy en día sólo es ciencia ficción podría ser una realidad en un futuro no tan lejano. Los estudios sobre un interesante fenómeno conocido como reconsolidación podrían tener la clave para modificar recuerdos traumáticos como estos. Según las teorías tradicionales, para que un recuerdo se almacene en la memoria a largo plazo es necesario que tenga lugar un proceso de consolidación que puede llevar horas o días. Durante este intervalo, ese recuerdo se encuentra en un estado lábil y fácilmente alterable. Cualquier interrupción de este proceso (por ejemplo, mediante drogas o eletroshocks) puede hacer que el recuerdo se pierda o se almacene de forma imperfecta.

Hasta hace poco tiempo se pensaba que la consolidación tenía lugar una única vez. Pero la investigación reciente sugiere que este proceso podría tener lugar de nuevo cada vez que recordamos cierta información. De ahí el nombre de reconsolidación para referirse al proceso por el que un recuerdo se consolida repetidamente cada vez que es activado. Esto supone que cada vez que pensamos de nuevo en aquel día en que Larry murió estamos volviendo a poner ese recuerdo en el mismo estado lábil y maleable en el que estaba durante el proceso de consolidación. En principio, si se interrumpe este proceso de reconsolidación, se podría borrar o atenuar ese recuerdo.

El fenómeno de la reconsolidación está bien establecido en la investigación con animales. Sabemos que si enseñamos algo a un animal (por ejemplo, a encontrar la salida de un laberinto o que cierto estímulo va seguido de algún evento desagradable) y reactivamos ese recuerdo días después, durante la reconsolidación se puede borrar esa información inyectando al animal sustancias que bloquean la síntesis de proteínas en el cerebro. Sin embargo, la experimentación con humanos no ha arrojado resultados tan concluyentes por diversos motivos. Muchas de estas sustancias son tóxicas y no pueden utilizarse en la investigación con personas. Eso ha llevado a utilizar métodos alternativos cuyos resultados son controvertidos y poco claros.

Kroes y colaboradores acaban de publicar en Nature Neuroscience un estudio que es hasta la fecha la mejor evidencia de reconsolidación en humanos. Para su estudio, utilizaron una muestra de pacientes con depresión severa que estaban siguiendo una terapia electroconvulsiva (TEC) de forma regular. En la primera sesión del experimento les mostraron información sobre dos historias diferentes. Una semana más tarde volvieron al laboratorio y se les pidió que recordaran brevemente parte de la información sobre una de las historias. A continuación se les administró una sesión de TEC. Veinticuatro horas después volvieron al laboratorio y completaron un sencillo examen sobre las dos historias que habían memorizado una semana antes. Los resultados muestran que los participantes habían olvidado muchos más detalles de la historia que habían “refrescado” justo antes de la TEC. Sin embargo, el recuerdo de la otra historia se mantenía intacto. Estos resultados no se observaban en otros dos grupos de control que o bien no habían recibido la TEC o bien cuyos recuerdos habían sido examinados antes de que el proceso de reconsolidación hubiera tenido lugar.

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Kroes, M. C. W., Tendolkar, I., van Wingen, G. A., van Waarde, J. A., Strange, B. A., & Fernández, G. (2014). An electroconvulsive therapy procedure impairs resconsolidation of episodic memories in humans. Nature Neuroscience, 17, 204-206.

Buscando recuerdos con la mirada

Si alguna vez has tenido que aprender las valencias del carbono o la declinación de rosa, rosae, seguramente compartirás mi envidia por la memoria de un ordenador. Salvo que un golpe inesperado fulmine la vida de nuestro disco duro, podemos contar con encontrar en él nuestras fotos, vídeos y música, a cualquier hora y en cualquier lugar, siempre con la misma calidad. Nuestra memoria, por el contrario, no puede ser más caprichosa. Nos deja tirados en medio de un examen y nos viene con las respuestas correctas quince minutos después, cuando ya no las necesitamos.

Desde hace tiempo sabemos que uno de los factores que determinan si seremos capaces de recordar algo es cuánto se parece la situación actual a la situación en la que aprendimos originalmente esa información. Se trata de una hipótesis que se ha puesto a prueba con los métodos más variopintos imaginables. Por ejemplo, se sabe que si un grupo de buceadores estudia una lista de palabras bajo el agua, es más probable que recuerden las palabras correctamente si se les pide que lo hagan bajo el agua que si tienen que hacerlo en la superficie. También sabemos (niños, no intentéis esto en vuestros hogares) que si algo se aprende estando bajo el efecto de una droga, puede ser más fácil recordarlo después cuando se vuelve a estar de nuevo bajo los efectos de esa droga.

johansson_figSegún un estudio de Johansson y Johansson que acaba de publicarse en Psychological Science, la propia dirección de la mirada podría servir como clave de recuperación cuando intentamos recordar algo. En este experimento, los participantes debían estudiar durante unos segundos una imagen como la que podéis ver aquí. Tras retirar la imagen, los participantes debían responder a preguntas sobre los estímulos que se habían presentado en la pantalla. Se trataba de preguntas sencillas como, por ejemplo, en qué dirección miraba Santa Claus o qué había a la derecha de la silla. Lo interesante, es que  mientras los participantes respondían a estas preguntas se les obligaba a mirar a ciertos lugares de la pantalla, usando un eyetracker para comprobar que los participantes efectivamente estaban mirando a donde se les pedía. Los resultados muestran que los participantes recordaron mejor las imágenes cuando se les obligaba a dirigir la mirada hacia los lugares donde se habían presentado los estímulos a los que se referían las preguntas. Incluso cuando no se obligaba a los participantes a mirar a ningún lugar en concreto, era más probable que recordaran las respuestas correctas si su mirada se dirigía espontáneamente al lugar donde se habían presentado esos estímulos. De modo que, ya sabes: la próxima vez que no consigas recordar algo, prueba a mirar en la dirección adecuada.

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Johansson, R., & Johansson, M. (en prensa). Look here, eyemovements play a functional role in memory retrieval. Psychological Science.

Cómo crear falsos recuerdos

El artículo que ayer mismo publicaban en Science Steve Ramirez y sus colaboradores es un pequeño paso para un equipo de investigación, pero un gran paso para la neurociencia. En sus líneas generales, el estudio muestra que si uno sabe en qué área del cerebro está codificado un estímulo, entonces es posible crear falsos recuerdos activando artificialmente ese punto del sistema nervioso. En concreto, Ramirez y colaboradores buscaron primero qué partes del hipocampo se activaban cuando los ratones exploraban un contexto novedoso A. Posteriormente, se sometió a las ratas a un sencillo procedimiento de condicionamiento del miedo en un contexto B. Se trata simplemente de dar pequeñas descargas eléctricas a las ratas mientras están en una jaula que hace las veces de contexto B. Aunque las descargas suelen ser muy ligeras, las ratas aprenden rápidamente a evitar esa jaula. Gracias a esa evitación y a otras medidas del miedo, es posible saber si la rata recuerda que en el contexto B se produjeron descargas eléctricas. Lo interesante de este experimento es que mientras se estaba produciendo el condicionamiento en el contexto B, los investigadores activaron artificialmente la parte del hipocampo que codifica el contexto A. Esto puede hacerse gracias a una serie de técnicas optogenéticas que permiten activar partes concretas del cerebro con una resolución espacio-temporal muy alta. En principio estas ratas no fueron condicionadas en el contexto A y por tanto no deberían tener miedo al contexto A. Sin embargo, en una prueba posterior se vio que las ratas sí que aprendieron a tener miedo del contexto A: activar las neuronas del contexto A fue suficiente para “engañar” al cerebro de las ratas y hacerlas pensar que mientras recibían las descargas estaban realmente en el contexto A.

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Ramirez, S., Liu, X., Lin, P.-A., Suh, J., Pignatelli, M., Redondo, R. L., Ryan, R. J., & Tonegawa, S. (2013). Creating false memories in the hippocampus. Science, 341, 387-391.

Ignorar para recordar

Tras largos meses de espera, el mes de marzo finalmente nos trajo la buena noticia de que nuestro artículo sobre interferencia e inhibición se aceptaba en el British Journal of Psychology. Se trata una vez más del resultado de la fructífera colaboración entre los equipos Labpsico, de la Universidad de Deusto, y Causal Cognition Group, de la Universidad de Málaga, a los que ahora se añade la Universidad Nacional de Educación a Distancia gracias a la participación de Cristina Orgaz. En este artículo introducimos en el ámbito de la psicología del aprendizaje asociativo una idea que está en el centro de las actuales investigaciones sobre memoria. Se trata del papel que juega la inhibición de representaciones mentales en la recuperación selectiva de información.

De acuerdo con la visión más actual que se tiene de la memoria humana, para poder recuperar eficazmente cierta información no sólo hace falta saber encontrarla y activarla, sino que también es imprescindible ignorar activamente cualquier información que pueda estar relacionada (y que por tanto pueda estar “en la punta de la lengua” por así decirlo) pero que sin embargo sea irrelevante en ese momento. Por ejemplo, ser capaz de recordar el nombre de alguien depende tanto de encontrar ese nombre en nuestro almacén de recuerdos, como de evitar la activación errónea de nombres parecidos o relacionados. ¿Cuántas veces ha sido incapaz de recordar el nombre de un actor porque se le venía a la cabeza el nombre de otro actor? Evitar este tipo de problemas requiere inhibir activamente las representaciones mentales de cualquier información potencialmente distractora.

En este artículo, intentamos demostrar que algo similar podría estar sucediendo en una serie de efectos estudiados por los psicólogos del aprendizaje bajo el nombre de interferencia entre resultados. Esta interferencia es la que tiene lugar cuando un estímulo predice cosas diferentes en momentos diferentes. Si recuerda algo de los famosos experimentos de Pavlov, allí se le enseñaba a un grupo de perros que cuando sonaba una campana después se les iba a dar comida. Pero a veces Pavlov probaba a enseñarles después lo contrario: oír la campana ya no indicaba que después se fuera a administrar comida. De esta forma, la campana se convertía en un estímulo ambiguo. Algo parecido les sucede a los pacientes fóbicos que después de toda una vida teniendo miedo a cierto objeto deben aprender que ese estímulo ya no está emparejado con ninguna consecuencia negativa. Nuestro estudio indica que la inhibición de la representación mental de ese estímulo que solía acompañar a otro, pero ya no lo hace, es un proceso fundamental para lidiar con este tipo de situaciones.

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Vadillo, M. A., Orgaz, C., Luque, D., Cobos, P. L., López, F. J., & Matute, H. (in press). The role of outcome inhibition in interference between outcomes: A contingency-learning analogue of retrieval-induced forgetting. British Journal of Psychology.

¿Usamos sólo el 10% del cerebro?

Hace pocos días se me acercó un voluntario de una conocida secta de las que salvan tu alma contrarrebolso. Me tendió una pequeña hoja de papel que me recordaba que sólo usamos un 10% de nuestro cerebro y que por un módico precio me podían enseñar a usar más, como quien va al fnac a que le pongan más memoria a su ordenador. El hombre se quedó tan contento, mirándome como si me hubiera hecho el favor de mi vida.

Recientemente he aprendido que la idea de que sólo usamos el 10% del cerebro podría tener su origen en una frase desafortunada de William James, que afirmó que la mayor parte de las personas no desarrollan más del 10% de su capacidad intelectual. Algunos quisieron revestir la idea de más cientificidad sustituyendo “capacidad intelectual” por “cerebro”. Más recientemente, el mito fue popularizado por el parapsicompresario Uri Geller. Sí, aquel que doblaba cucharas y arreglaba relojes a distancia.

Ha leído bien en la línea superior: se trata de un simple y burdo mito. O, mejor aún, una leyenda urbana, una mentira de esas que repetida mil veces se convierte en verdad. Le puedo asegurar que usted usa el 100% de su cerebro. Hasta el pobre bendito que me acercó aquel papelajo lo hace. Lo que es más difícil es entender por qué la gente cree a quienes hacen afirmaciones de este tipo.

Es posible que usted haya visto los típicos gráficos de estudios de neuroimagen en los que se resaltan con colores vivos las zonas del cerebro que parecen estar particularmente implicadas en algún proceso mental. Viendo esos gráficos, en los que casi todo el cerebro aparece en gris y negro con unas pocas manchas de color dispersas aquí y allá, es tentador pensar que esos cerebros han estado “apagados” durante todo el experimento y que sólo esas escasas zonas de color se han “encendido”. Nada más lejos de la verdad. Ojalá fuera así de fácil estudiar el funcionamiento del cerebro. Por desgracia para los neurocientíficos el cerebro está permanentemente activo, incluso cuando realizamos las tareas mentales más sencillas. No hay ninguna zona cerebral que esté ahí desactivada, a la espera de que surja una tarea que la despierte de su letargo. Lo que sí es cierto que es unas tareas demandan más trabajo de unas zonas cerebrales que de otras. Precisamente, lo que aparece marcado con colores en esos gráficos son las zonas que están más o menos activadas durante una tarea “experimental” (en la que interviene un proceso mental) que durante una tarea “control” (idéntica a la primera pero sin requerir ese proceso mental). Dicho de otra forma, las zonas que aparecen en gris no son partes del cerebro que no se estén utilizando, sino zonas del cerebro que actúan de la misma forma durante la tarea experimental y la tarea control.

Es posible que usted haya visto algún documental enseñando cómo se practica la cirugía cerebral. Una de las cosas que más nos sorprende a todos acerca de estas operaciones es que con mucha frecuencia se realizan con anestesia local, manteniendo al paciente completamente consciente mientras se interviene en su cerebro. Esto se hace porque les permite a los cirujanos estimular partes del cerebro antes de hacer nada sobre ellas. Así pueden saber qué función tiene esa zona antes de dañarla. El gran problema al que se enfrentan los cirujanos es que no se puede seccionar ninguna parte del cerebro sin afectar a su rendimiento. No hay ninguna zona “prescindible” por donde se pueda meter el bisturí en busca del tumor o el aneurisma. Lo que los médicos sí pueden hacer es asegurarse al menos de que no van a romper nada que afecte de forma dramática a la vida del paciente. Puestos a perder facultades, es mejor tener una leve dificultad para discriminar sonidos agudos que contraer una parálisis total del brazo derecho o perder la capacidad de articular palabra. Si sólo usáramos un 10% del cerebro nada de esto sería necesario. Uno casi podría meter el cuchillo por cualquier lado confiando en no tener la mala suerte de acertarle al único 10% que sirve para algo.

Cuando se compara la anatomía de las especies animales a las que hemos domesticado con sus equivalentes salvajes enseguida percibimos una diferencia crucial: las especies domesticadas tienen cerebros más pequeños que las especies que viven en libertad. Es lógico. Los animales domésticos no tienen que luchar por sobrevivir ni su reproducción depende de ser más o menos inteligentes. Que una vaca se reproduzca más o menos depende más de cuánta leche dé que de su capacidad para huir de los depredadores. Los perros tampoco necesitan cazar en grupo para sobrevivir, como lo hacen los lobos. Les basta con lloriquearle un poco a su dueño y ponerle carita de pena. La razón por la que el cerebro de estos animales se reduce progresivamente es que el sistema nervioso es uno de los tejidos más “caros” del cuerpo. El cerebro humano apenas representa un 2-3% del peso corporal, pero consume un 20% del oxígeno que respiramos. Cada vez que siente hambre a media mañana y asalta la nevera, una parte muy significativa de lo que come se gasta en mantener vivo su cerebro. Tener un órgano tan exquisito y exigente merece la pena en términos evolutivos si aumenta nuestras posibilidades de sobrevivir y reproducirnos. Pero si sólo vamos a usar un 10%, el gasto no merece la pena. Mantener vivo a un 90% de tejido cerebral “parásito” es un lujo que ninguna especie se puede permitir, ni siquiera la humana.

Qué es un contexto temporal

Uno de los fenómenos más conocidos pero menos entendidos de la psicología contemporánea es que el mero paso del tiempo influye en cómo nos comportamos y en cómo utilizamos la información que hemos adquirido. Si nos vemos involucrados en un juicio y nuestro futuro depende del veredicto de un jurado, no es lo mismo que los alegatos a nuestro favor se formulen al principio o al final. Y tampoco es lo mismo que el jurado deba pronunciarse justo tras oír los alegatos o un tiempo después. Sabemos que todo esto influye en la decisión del jurado.

El estudio de estos fenómenos es cualquier cosa menos nuevo. El lector recordará que a Pavlov se le conoce entre otras cosas por demostrar que si cada que damos de comer a un perro hacemos sonar una campana antes de darle la comida, siempre que en el futuro oiga la campana el animal comenzará a salivar. Lo cierto es que Pavlov no fue el descubridor del condicionamiento clásico, pero sí que fue el primer científico que investigó sistemáticamente este fenómeno. Descubrió, por ejemplo, que aunque el perro hubiera aprendido a salivar al oír la campana, si la campana empezaba a presentarse de forma aislada sin ir acompañada de la comida llegaba un momento que este reflejo desaparecía o, en términos técnicos, se extinguía. Lo curioso es que si se dejaba pasar un tiempo sin que el animal oyera la campana, ese reflejo podía reaparecer. Es decir, una conducta que parecía haberse desaprendido, por así decirlo, reaparecía con el paso del tiempo.

Para explicar este tipo de fenómenos, los psicólogos cognitivos suelen decir que algunas experiencias están íntimamente ligadas al contexto en el que se aprendieron. Por ejemplo, si teníamos miedo a las arañas y vamos a un psicoterapeuta para que nos trate este miedo, puede llegar un momento en el que nuestra fobia desaparezca en la consulta. Sin embargo, nada garantiza que cuando volvamos a casa y nos encontremos con una araña nuestro miedo no pueda volver a aparecer. En otras palabras, lo que aprendimos en la consulta puede no generalizarse a otros contextos.

A veces estos contextos son fáciles de definir (por ejemplo, una habitación, un parque, la compañía de una persona en concreto, etc.) pero otras veces parece que es el propio paso del tiempo el que hace que salgamos de un contexto y entremos en otro. Tal es el caso en los ejemplos que hemos mencionado anteriormente, como la reaparición de los reflejos extinguidos en los experimentos de Pavlov con el paso del tiempo, o la influencia del momento del veredicto en el caso de los jurados. En el ámbito del aprendizaje asociativo, son varias las teorías que utilizan este concepto de contexto temporal para explicar cómo la conducta y la recuperación de información cambian con el paso del tiempo. Pero son teorías poco formalizadas que, por ejemplo, son difíciles de simular en un ordenador.

Afortunadamente, en los estudios sobre memoria episódica sí que contamos con teorías matemáticas que podrían servir para definir mejor qué es un contexto temporal. En una reciente colaboración entre nuestro equipo de investigación y la Universidad de Queensland (Matute, Lipp, Vadillo, & Humphreys, 2011) proponemos una alianza entre estas teorías matemáticas sobre la memoria episódica y los estudios sobre los contextos temporales que se han realizado tradicionalmente en el área del aprendizaje asociativo. Por una parte, nuestros experimentos intentan replicar con tareas de aprendizaje predictivo fenómenos ya que habían sido investigados en el área de la memoria episódica y que muestran cómo al ver eventos asociados a un contexto temporal concreto se activan nuestros recuerdos de otros eventos que también aparecieron en aquel contexto. Además mostramos que esta combinación de teorías del aprendizaje y teorías de la memoria permite realizar predicciones novedosas que difícilmente se habrían considerado en cualquiera de esas áreas por separado.

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Matute, H., Lipp, O. V., Vadillo, M. A., & Humphreys, M. S. (2011). Temporal contexts: Filling the gap between episodic memory and associative learning. Journal of Experimental Psychology: General, 140, 660-673.