¿Quién es feliz en Londres?

No, no se asusten. No me ha dado un ataque de melancolía. Mamá, estoy bien. Casualmente acabo de encontrarme con un artículo recién publicado en PNAS cuyos autores utilizan la ciudad de Londres más o menos como los biólogos usan esos terrarios gigantes para estudiar el comportamiento de hormigas, termitas y bichos dispares. Cualquiera que haya tenido que salir de su barrio alguna vez en la vida se habrá percatado de que cada zona geográfica tiene un carácter diferente, marcado por la personalidad de quienes viven allí, su nivel socioeconómico y hasta la geología y el clima del lugar. Lógicamente algunos de estos lugares se ajustan más a nuestras peculiaridades que otros, y no es extraño que cada uno de nosotros aspire a vivir en determinado lugar para ser más feliz. ¿Pero exactamente cómo se relacionan nuestra personalidad, el carácter del lugar que habitamos y la felicidad? Qué mejor lugar para responder a esta pregunta que Londres, donde en un puñado de kilómetros cuadrados conviven las personas más diversas en los barrios más heterogéneos. Apenas unos metros separan el bullicioso mercado de Camden del sosegado Hampstead. Y en cualquier local de comida rápida se puede ver compartir mesa a los más despiadados ejecutivos de la City con los futuros reclutas del estado islámico.

El estudio que firman Markus Jokela y colaboradores se basa en una metodología sencilla pero ingeniosa. Pidieron a nada menos que 52.000 vecinos del área metropolitana de Londres que rellenaran un cuestionario diseñado para medir los cinco factores de personalidad (los famosos Big Five: apertura a la experiencia, responsabilidad, extroversión, amabilidad y neuroticismo) y otro pequeño cuestionario para medir la satisfacción con la vida en general. Dentro de cada distrito postal hicieron una regresión múltiple para predecir la satisfacción vital a partir de las puntuaciones en los cinco factores de personalidad. Como te puedes imaginar, los resultados de estas regresiones no fueron idénticos en todos los distritos: algunas características de personalidad resultaron ser buenas predictoras de la satisfacción en todos los distritos, pero otras características correlacionaban con la satisfacción sólo en algunos lugares. La pregunta que los autores se hicieron es ¿qué aspectos de un distrito hacen que un factor de personalidad contribuya más o menos a la felicidad de sus habitantes?

Los resultados muestran que hay dos factores de personalidad que correlacionan con la felicidad de forma generalizada, independientemente del lugar en que uno viva. Se trata de los factores extroversión y neuroticismo. Las personas extrovertidas y emocionalmente estables tienden a ser más felices y más o menos en el mismo grado en cualquier lugar de Londres. Sin embargo, el resto de factores contribuye más o menos a tu felicidad según dónde vivas. Si vives en el centro de Londres, rodeado de personas de todas las nacionalidades y de las gastronomías más atrevidas (aunque en Londres todas lo son, en un sentido u otro), tu felicidad dependerá en buena medida de si eres una persona abierta a la experiencia o no. Interesante, pero ninguna sorpresa hasta aquí: Básicamente, las personas abiertas a la experiencia son más felices donde viven otras personas abiertas a la experiencia. Lo interesante es que los otros dos factores de personalidad no funcionan de esta manera. La amabilidad y la responsabilidad son buenos predictores de la felicidad en los barrios en los que la felicidad escasea y las condiciones de vida son menos favorables. De hecho, la responsabilidad correlaciona con la felicidad (y esto es lo interesante) en los distritos donde la gente tiende a puntuar bajo en responsabilidad. O, en otras palabras, en el país de los ciegos el tuerto es el rey.

Según los autores, estos resultados confirman las predicciones de un modelo en el que algunos factores de personalidad (como la extroversión y el neuroticismo) están asociados directamente con la felicidad, mientras que otros factores (como la responsabilidad y la amabilidad) están asociados con la felicidad por su valor instrumental. Es decir, mientras que la extroversión y el neuroticismo son en sí mismas fuentes de felicidad, la responsabilidad y la amabilidad son útiles como medio para conseguir otras cosas que son a su vez fuente de felicidad. El grado en que estas “habilidades” son necesarias depende en gran medida de las condiciones más o menos favorables en las que nos haya tocado vivir, lo que explicaría que su contribución neta a la felicidad dependa de las circunstancias.

Una de las principales limitaciones del estudio es que nos dice poco o nada sobre qué hace felices a las personas en otros barrios de Bilbao. Pero, en fin, nadie es perfecto.

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Jokela, M., Bleidorn, W., Lamb, M. E., Gosling, S. D., & Rentfrow, P. J. (2015). Geographically varying associations between personality and life satisfaction in the London metropolitan area. Proceedings of the National Academy of Sciences, 112, 725-730.

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Cómo se mantiene el optimismo irrealista

Ser optimista es cansado. Ser irrealistamente optimista es muy cansado. Décadas de dinero atrás no impiden que cada año volvamos a comprar un nuevo décimo de lotería de Navidad y nos deleitemos imaginando qué haríamos si el gordo cayera en nuestras manos. Y afortunadamente ningún fracaso previo nos puede convencer de que el resultado de esta dieta será el mismo que el del todas las anteriores. Ser más optimista de lo que los hechos permiten supone hacer un esfuerzo constante por ignorar toda la información que te indica que estás equivocado.

Curiosamente, estos hechos cotidianos son difíciles de reconciliar con las principales teorías del aprendizaje que se manejan en la psicología actual. Casi todas ellas asumen que el motor del aprendizaje son los errores de predicción: esperamos que algo suceda, ese algo no sucede, consecuentemente modificamos nuestras creencias para rebajar nuestras expectativas en el futuro y cometer así un error menor. Si es así como vamos afinando nuestro conocimiento del entorno, ¿cómo es posible que haya creencias que se mantengan permanentemente a pesar de los errores de predicción que producen?

Un estudio reciente de Tali Sharot, Christoph Korn y Raymond Dolan (2011) nos proporciona algunas claves. En su experimento, los participantes tenían que evaluar cuál era la probabilidad de que a lo largo de su vida padecieran infortunios como tener cáncer, sufrir un accidente de coche o divorciarse. Inmediatamente después de cada respuesta, a los participantes se les decía cuál era de hecho la probabilidad de que le sucedieran esas desgracias a una persona tomada al azar. Todas estas preguntas se repetían en una segunda fase del estudio y los participantes tenían que volver a hacer sus estimaciones. El resultado más interesante es que estas segundas respuestas se ajustaban más a la realidad que las primeras… pero sólo cuando las expectativas iniciales de los participantes habían sido más pesimistas que el feedback que se les había dado después.

Imagina, por ejemplo, que alguien había estimado que su probabilidad de sufrir un cáncer de pulmón era de un 30%. Si a este participante le decían que la probabilidad real de sufrir cáncer de pulmón era de un 10%, entonces la siguiente vez que aparecía la pregunta el participante daba un juicio inferior al 30% inicial. Sin embargo, si se le decía que la probabilidad real de sufrir cáncer de pulmón era de un 50%, su estimación posterior apenas se veía influida por esta información. En otras palabras, sí que ajustamos nuestras expectativas cuando cometemos errores, pero sólo cuando ese ajuste favorece el optimismo.

Más interesante aún. El grado en que la información negativa afectaba o no a los juicios posteriores correlacionaba con la activación de un área cerebral, la circunvolución frontal inferior. Y el grado en que dicha circunvolución se activaba ante la información negativa correlacionaba con el optimismo rasgo (medido mediante un cuestionario independiente que los participantes rellenaban al final del experimento).

Los resultados de este estudio sugieren que para explicar cómo se mantiene el optimismo irrealista, los modelos de aprendizaje tienen que asumir que el impacto de los errores de predicción no es independiente del valor afectivo de esos errores. Los errores “pesimistas” se corrigen más que los “optimistas”. Más aún, nos indica qué zonas cerebrales pueden estar involucradas en este proceso y cómo la mayor o menor activación de esas zonas ante la información negativa se relaciona con características de personalidad relativamente estables. ¡Y todo ello en apenas cinco hojas!

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Sharot, T., Korn, C. W., & Dolan, R. J. (2011). How unrealistic optimism is maintained in the face of reality. Nature Neuroscience, 14, 1474-1479. doi: 10.1038/nn.2949