Mario Bunge sobre la pseudociencia en la universidad

“Sin embargo, en la sociedad moderna la cría de cabras comienza en la cima, es decir, en la universidad, que es donde se instruyen los profesores. Esto no supone únicamente encender los candiles, sino también luchar contra quienes intentan apagarlos. En otras palabras, tenemos que afrontar resueltamente la desagradecida tarea de criticar a aquellos que han tomado el camino fácil del pensamiento acrítico y se enorgullecen de ser tan “abiertos” que pueden absorber y enseñar todo tipo de basura intelectual. Debemos insistir en que los profesores universitarios tienen el deber de estar a la altura de criterios de rigor intelectual cada vez más exigentes, así como de abstenerse de enseñar pseudociencia y anticiencia. La libertad académica sólo se refiere a la búsqueda y enseñanza de la verdad. No es una licencia para decir sandeces.” (Bunge, 2010, p. 189)

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Bunge, M. (2010). Las pseudociencias ¡vaya timo! Pamplona: Editorial Laetoli.

¿Tus ojos te delatan?

Quienes se dedican a eso que llaman Programación Neurolingüística (PNL) prometen a sus clientes que pueden enseñarles a detectar las mentiras fijándose en la mirada de las personas. Conforme a este mito, cuando una persona diestra se está imaginando algo (y, por tanto, tal vez inventándolo) su mirada suele dirigirse hacia arriba a la derecha. Sin embargo, cuando se está recordando un evento real, la mirada se desvía hacia la izquierda. Pues bien, un estudio recién publicado por Richard Wiseman y sus colaboradores en PLoS ONE muestra que esta idea es totalmente falsa. En su primer experimento, les piden a un grupo de participantes que mientan en una entrevista y a otro que digan la verdad. La grabación de esas conversaciones no muestra que los primeros desvíen la mirada como predice la PNL. Más aún, en el segundo experimento, muestran las grabaciones de esas entrevistas a personas a las que se ha explicado esta técnica de detección de mentiras y a otro grupo de personas que no ha recibido esa “formación”. Los dos grupos tienen un éxito similar en sus intentos de detectar quiénes mienten y quiénes no. Finalmente, en un tercer estudio utilizan un conjunto de grabaciones de testimonios públicos reales donde se sabe a ciencia cierta que algunas personas estaban mintiendo y otras no. El análisis de esas grabaciones no muestra que quienes mentían miraran más hacia la derecha. Según la revisión bibliográfica que realizan los autores en la introducción del artículo, estudios similares realizados en los 80 llegaron a la misma conclusión: que no hay relación alguna entre la dirección de la mirada y la mentira. A la luz de estos datos, sospecho que cuando un entrenador en PNL les hace promesas a sus clientes, no mira ni a la derecha ni a la izquierda; les mira a la cartera.

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Wiseman, R., Watt, C., ten Brinke, L., Porter, S., Couper, S.-L., & Rankin, C. (2012). The eyes don’t have it: Lie detection and neuro-linguistic programming. PLoS ONE, 7, e40259.

Desmontando los mitos anti-vacunación

Provocar un incendio es más fácil que apagarlo, y tal vez no haya incendios más difíciles de extinguir que los ficticios. Han pasado ya más de 14 años desde que Andrew Wakefield se inventara que la vacuna triple vírica podía provocar autismo como efecto secundario, pero la medicina convencional apenas se ha recuperado del varapalo. Aún son miles los padres que se niegan a vacunar a los hijos ante el miedo de que sufran reacciones adversas inexistentes, resucitando así enfermedades, como la rubeola, el sarampión o las paperas, que casi habían desaparecido de nuestras sociedades “desarrolladas”. Irónicamente, es el abrumador éxito de las vacunas el que ha hecho que a los padres se olviden de que estas enfermedades pueden ser letales. Por desgracia, casi todos los intentos de devolver la cordura a estas familias suelen estar abocados el fracaso. El mero de hecho de que exista una preocupación por informarles de que las vacunas son seguras se interpreta automáticamente como la prueba irrefutable de que el big pharma conspira contra la salud de los niños.

Un estudio reciente de Cornelia Betsch y Katharina Sachse muestra precisamente que a la hora de desmontar estos mitos, es más efectivo utilizar mensajes relativamente suaves (e.g., “es extremadamente raro que las vacunas provoquen reacciones adversas”) que realizar afirmaciones más tajantes (e.g., “es imposible que las vacunas provoquen reacciones adversas”). Esta diferencia a favor de los mensajes más suaves es mayor si la fuente del mensaje es una empresa farmacéutica que si lo emite una agencia gubernamental (supuestamente, más creíble), y todos estos efectos se manifiestan de forma más clara entre las personas con actitudes favorables hacia la medicina alternativa que entre las personas con actitudes favorables hacia la medicina convencional. Curiosamente, aunque la fuerza de estas afirmaciones influye en cómo de seguras parecen las vacunas, el número de mensajes a favor de ellas (2 vs. 5) no tiene efecto alguno.

Estos resultados apenas son sorprendentes, pero ciertamente están cargados de implicaciones prácticas para las políticas de concienciación pública sobre la importancia de las vacunas. Sustituir mensajes tajantes por versiones suavizadas que contemplen la posibilidad (aunque sea remota) de algún riesgo supone un cambio menor en la elaboración de los textos informativos. Sin embargo puede maximizar su impacto, sobre todo entre los colectivos más recelosos con las vacunas. También sugiere que son las administraciones públicas quienes deberían tomar un papel activo en estas campañas, en lugar de relegarlas al colectivo de médicos y farmacéuticos.

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Betsch, C., & Sachse, K. (in press). Debunking vaccination myths: Strong risk negations can increase perceived vaccination risks. Health Psychology. doi: 10.1037/a0027387

Cómo se mantiene el optimismo irrealista

Ser optimista es cansado. Ser irrealistamente optimista es muy cansado. Décadas de dinero atrás no impiden que cada año volvamos a comprar un nuevo décimo de lotería de Navidad y nos deleitemos imaginando qué haríamos si el gordo cayera en nuestras manos. Y afortunadamente ningún fracaso previo nos puede convencer de que el resultado de esta dieta será el mismo que el del todas las anteriores. Ser más optimista de lo que los hechos permiten supone hacer un esfuerzo constante por ignorar toda la información que te indica que estás equivocado.

Curiosamente, estos hechos cotidianos son difíciles de reconciliar con las principales teorías del aprendizaje que se manejan en la psicología actual. Casi todas ellas asumen que el motor del aprendizaje son los errores de predicción: esperamos que algo suceda, ese algo no sucede, consecuentemente modificamos nuestras creencias para rebajar nuestras expectativas en el futuro y cometer así un error menor. Si es así como vamos afinando nuestro conocimiento del entorno, ¿cómo es posible que haya creencias que se mantengan permanentemente a pesar de los errores de predicción que producen?

Un estudio reciente de Tali Sharot, Christoph Korn y Raymond Dolan (2011) nos proporciona algunas claves. En su experimento, los participantes tenían que evaluar cuál era la probabilidad de que a lo largo de su vida padecieran infortunios como tener cáncer, sufrir un accidente de coche o divorciarse. Inmediatamente después de cada respuesta, a los participantes se les decía cuál era de hecho la probabilidad de que le sucedieran esas desgracias a una persona tomada al azar. Todas estas preguntas se repetían en una segunda fase del estudio y los participantes tenían que volver a hacer sus estimaciones. El resultado más interesante es que estas segundas respuestas se ajustaban más a la realidad que las primeras… pero sólo cuando las expectativas iniciales de los participantes habían sido más pesimistas que el feedback que se les había dado después.

Imagina, por ejemplo, que alguien había estimado que su probabilidad de sufrir un cáncer de pulmón era de un 30%. Si a este participante le decían que la probabilidad real de sufrir cáncer de pulmón era de un 10%, entonces la siguiente vez que aparecía la pregunta el participante daba un juicio inferior al 30% inicial. Sin embargo, si se le decía que la probabilidad real de sufrir cáncer de pulmón era de un 50%, su estimación posterior apenas se veía influida por esta información. En otras palabras, sí que ajustamos nuestras expectativas cuando cometemos errores, pero sólo cuando ese ajuste favorece el optimismo.

Más interesante aún. El grado en que la información negativa afectaba o no a los juicios posteriores correlacionaba con la activación de un área cerebral, la circunvolución frontal inferior. Y el grado en que dicha circunvolución se activaba ante la información negativa correlacionaba con el optimismo rasgo (medido mediante un cuestionario independiente que los participantes rellenaban al final del experimento).

Los resultados de este estudio sugieren que para explicar cómo se mantiene el optimismo irrealista, los modelos de aprendizaje tienen que asumir que el impacto de los errores de predicción no es independiente del valor afectivo de esos errores. Los errores “pesimistas” se corrigen más que los “optimistas”. Más aún, nos indica qué zonas cerebrales pueden estar involucradas en este proceso y cómo la mayor o menor activación de esas zonas ante la información negativa se relaciona con características de personalidad relativamente estables. ¡Y todo ello en apenas cinco hojas!

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Sharot, T., Korn, C. W., & Dolan, R. J. (2011). How unrealistic optimism is maintained in the face of reality. Nature Neuroscience, 14, 1474-1479. doi: 10.1038/nn.2949

Desmitificando la psicología

Hans Eysenck, uno de los grandes psicólogos del siglo XX, escribió una vez que es poco probable que haya ninguna materia en la que la ratio entre sentido y sinsentido sea menor que en las cuestiones psicológicas. Es una lástima que medio siglo después de que escribiera aquellas palabras, la afirmación apenas haya perdido vigencia. Afortunadamente, son cada vez más los académicos que se preocupan por poner remedio a esta situación, ayudando a depurar la psicología de mitos sin fundamento alguno y haciendo un esfuerzo por transmitir esta actitud crítica a la población general y a los futuros psicólogos. Entre los varios libros que se han publicado recientemente dentro de esta tendencia, brilla con luz propia el publicado por Scott Lilienfeld, Steven Jay Lynn, John Ruscio y Barry Beyerstein bajo el título 50 mitos de la psicología popular: Las ideas falsas más comunes sobre la conducta humana. Sus páginas abordan algunos de los mitos más esotéricos y descarados, como la idea de que sólo usamos el 10% del cerebro, que escuchar música de Mozart nos hace más inteligentes o que la hipnosis es un método fiable para recuperar recuerdos. Pero también se desmontan creencias erróneas que tal vez por parecer más plausibles han cuajado en nuestro imaginario popular. Por ejemplo, en educación ha ganado crédito la idea de que existen varios estilos de aprendizaje claramente diferenciables y que la docencia es mejor cuando se ajusta al estilo de cada niño. Suena razonable. Pero la evidencia disponible muestra que los programas docentes que se basan en esta idea no funcionan mejor, ni hay tampoco evidencia de que las clasificaciones de estilos de aprendizaje que se manejan tengan validez alguna. Son muchas las ideas como ésta que el boca a boca y los medios de comunicación nos han vendido como ciertas y que ingenuamente nos hemos lanzado a aplicar al mundo educativo y sanitario sin cuestionar antes su veracidad. Si la credulidad fuera una enfermedad, el libro de Lilienfeld, Lynn, Ruscio y Beyerstein sería una excelente vacuna.

Varón, de raza blanca

La capacidad que tenemos los psicólogos para cubrirnos de gloria es incuestionable. Cada vez que uno de esos vecinos aparentemente normales mata a su familia y luego se suicida o cada vez que dos chavales cogen sus escopetas y salen a cazar compañeros de clase, surge de entre nuestras filas un Patrick Jane que nos esboza el perfil psicológico perfecto del asesino. Normalmente estas cosas sólo pasan en Estados Unidos o en las películas (y sobre todo en la intersección de ambos). Pero esta semana nos ha brindado la triste ocasión de ver a los nuestros en acción a la caza del terrorista Mohamed Merah. El perfil psicológico que los expertos esbozaron para el asesino de Toulouse fue ciertamente audaz: contra todo pronóstico, se trataba de un asesino “frío y cruel”. Ya ven ustedes. Quién lo habría dicho.

Mientras los medios de comunicación nos ponían al día de cómo transcurría el acoso a la casa del muyahidín, casualmente estaba leyendo el genial libro de Lilienfeld, Lynn, Ruscio y Beyerstein, 50 grandes mitos de la psicología popular, que contiene precisamente un capítulo dedicado a los criminal profilers, que es el nombre que reciben en inglés los psicólogos (y supongo que también los médiums) que ayudan a la policía a hacer estos perfiles psicológicos. Tirando del hilo he podido encontrar dos trabajos críticos sobre el tema, ambos publicados por Brent Snook y sus colaboradores.

El primero de ellos (Snook, Eastwood, Gendreau, Coggin, & Cullen, 2007) es una revisión de los estudios que estaban disponibles hasta ese momento. Un primer patrón que observan es que la mayor parte de los autores que escriben sobre el tema basan sus argumentos más en el sentido común que en la evidencia empírica. Esto sucede más entre autores de orientación clínica y oficiales de policía que entre académicos e investigadores con una orientación estadística; sucede más en los estudios que son favorables al criminal profiling que entre los que son críticos; y sucede más en los artículos publicados en EE.UU. que en los publicados en otros países.

Snook y colaboradores (2007) realizan también un pequeño meta-análisis de los estudios sobre la precisión de las predicciones hechas por los profilers. Los resultados muestran que, en general, las predicciones de los profilers son sólo ligeramente mejores que las de los grupos de comparación que se utilizan en los diversos estudios (por ejemplo, estudiantes de psicología o detectives). Si acaso, son algo mejores a la hora de predecir los atributos físicos de los delincuentes, pero a cambio parecen ser peores en las predicciones sobre sus pensamientos, hábitos sociales e historia personal. Aun siendo estadísticamente significativas, ninguna de estas diferencias alcanza un gran tamaño.

A la luz de esta evidencia tan pobre, ¿de dónde proviene la creencia de que los criminal profilers ofrecen información valiosa para describir a los delincuentes? Precisamente el segundo de los artículos (Snook, Cullen, Bennell, Taylor, & Gendreau, 2008) se centra en este asunto. Entre los principales “culpables” señalan a los sesgos cognitivos habituales: que nos fiamos demasiado de evidencia puramente anecdótica, que aceptamos afirmaciones vagas como descripciones válidas de los hechos (piense en el efecto Forer) y, muy especialmente, que damos más peso a las escasas predicciones correctas que a los numerosos errores de los profilers.

Al fin y al cabo, ¿en cuántas películas se escapa el asesino?

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Snook, B., Cullen, R. M., Bennell, C., Taylor, P. J., & Gendreau, P. (2008). The criminal profiling illusion: What’s behind the smoke and mirrors? Criminal Justice and Behavior, 35, 1257-1276.

Snook, B., Eastwood, J, Gendreau, P., Goggin, C., & Cullen, R. M. (2007). Taking stock of criminal profiling: A narrative review and meta-analysis. Criminal Justice and Behavior, 34, 437-453.

¿Usamos sólo el 10% del cerebro?

Hace pocos días se me acercó un voluntario de una conocida secta de las que salvan tu alma contrarrebolso. Me tendió una pequeña hoja de papel que me recordaba que sólo usamos un 10% de nuestro cerebro y que por un módico precio me podían enseñar a usar más, como quien va al fnac a que le pongan más memoria a su ordenador. El hombre se quedó tan contento, mirándome como si me hubiera hecho el favor de mi vida.

Recientemente he aprendido que la idea de que sólo usamos el 10% del cerebro podría tener su origen en una frase desafortunada de William James, que afirmó que la mayor parte de las personas no desarrollan más del 10% de su capacidad intelectual. Algunos quisieron revestir la idea de más cientificidad sustituyendo “capacidad intelectual” por “cerebro”. Más recientemente, el mito fue popularizado por el parapsicompresario Uri Geller. Sí, aquel que doblaba cucharas y arreglaba relojes a distancia.

Ha leído bien en la línea superior: se trata de un simple y burdo mito. O, mejor aún, una leyenda urbana, una mentira de esas que repetida mil veces se convierte en verdad. Le puedo asegurar que usted usa el 100% de su cerebro. Hasta el pobre bendito que me acercó aquel papelajo lo hace. Lo que es más difícil es entender por qué la gente cree a quienes hacen afirmaciones de este tipo.

Es posible que usted haya visto los típicos gráficos de estudios de neuroimagen en los que se resaltan con colores vivos las zonas del cerebro que parecen estar particularmente implicadas en algún proceso mental. Viendo esos gráficos, en los que casi todo el cerebro aparece en gris y negro con unas pocas manchas de color dispersas aquí y allá, es tentador pensar que esos cerebros han estado “apagados” durante todo el experimento y que sólo esas escasas zonas de color se han “encendido”. Nada más lejos de la verdad. Ojalá fuera así de fácil estudiar el funcionamiento del cerebro. Por desgracia para los neurocientíficos el cerebro está permanentemente activo, incluso cuando realizamos las tareas mentales más sencillas. No hay ninguna zona cerebral que esté ahí desactivada, a la espera de que surja una tarea que la despierte de su letargo. Lo que sí es cierto que es unas tareas demandan más trabajo de unas zonas cerebrales que de otras. Precisamente, lo que aparece marcado con colores en esos gráficos son las zonas que están más o menos activadas durante una tarea “experimental” (en la que interviene un proceso mental) que durante una tarea “control” (idéntica a la primera pero sin requerir ese proceso mental). Dicho de otra forma, las zonas que aparecen en gris no son partes del cerebro que no se estén utilizando, sino zonas del cerebro que actúan de la misma forma durante la tarea experimental y la tarea control.

Es posible que usted haya visto algún documental enseñando cómo se practica la cirugía cerebral. Una de las cosas que más nos sorprende a todos acerca de estas operaciones es que con mucha frecuencia se realizan con anestesia local, manteniendo al paciente completamente consciente mientras se interviene en su cerebro. Esto se hace porque les permite a los cirujanos estimular partes del cerebro antes de hacer nada sobre ellas. Así pueden saber qué función tiene esa zona antes de dañarla. El gran problema al que se enfrentan los cirujanos es que no se puede seccionar ninguna parte del cerebro sin afectar a su rendimiento. No hay ninguna zona “prescindible” por donde se pueda meter el bisturí en busca del tumor o el aneurisma. Lo que los médicos sí pueden hacer es asegurarse al menos de que no van a romper nada que afecte de forma dramática a la vida del paciente. Puestos a perder facultades, es mejor tener una leve dificultad para discriminar sonidos agudos que contraer una parálisis total del brazo derecho o perder la capacidad de articular palabra. Si sólo usáramos un 10% del cerebro nada de esto sería necesario. Uno casi podría meter el cuchillo por cualquier lado confiando en no tener la mala suerte de acertarle al único 10% que sirve para algo.

Cuando se compara la anatomía de las especies animales a las que hemos domesticado con sus equivalentes salvajes enseguida percibimos una diferencia crucial: las especies domesticadas tienen cerebros más pequeños que las especies que viven en libertad. Es lógico. Los animales domésticos no tienen que luchar por sobrevivir ni su reproducción depende de ser más o menos inteligentes. Que una vaca se reproduzca más o menos depende más de cuánta leche dé que de su capacidad para huir de los depredadores. Los perros tampoco necesitan cazar en grupo para sobrevivir, como lo hacen los lobos. Les basta con lloriquearle un poco a su dueño y ponerle carita de pena. La razón por la que el cerebro de estos animales se reduce progresivamente es que el sistema nervioso es uno de los tejidos más “caros” del cuerpo. El cerebro humano apenas representa un 2-3% del peso corporal, pero consume un 20% del oxígeno que respiramos. Cada vez que siente hambre a media mañana y asalta la nevera, una parte muy significativa de lo que come se gasta en mantener vivo su cerebro. Tener un órgano tan exquisito y exigente merece la pena en términos evolutivos si aumenta nuestras posibilidades de sobrevivir y reproducirnos. Pero si sólo vamos a usar un 10%, el gasto no merece la pena. Mantener vivo a un 90% de tejido cerebral “parásito” es un lujo que ninguna especie se puede permitir, ni siquiera la humana.

Escépticos de mente abierta

Carl Sagan no se cansaba de recordar que para ser un buen científico es necesario mantenerse en el difícil equilibrio entre estar abierto a las nuevas ideas y ser absolutamente escéptico con todas ellas. El libro de Michael Shermer Las fronteras de la ciencia. Entre la ortodoxia y la herejía es un homenaje a los que son capaces de tener la mente abierta sin que el cerebro se les caiga al suelo. Por sus páginas desfilan teorías, autores y descubrimientos (a veces entre comillas) que se sitúan en la delgada línea que separa la ciencia de la pseudociencia. Aunque el libro se ocupa de temas tan diversos como las diferencias raciales en inteligencia, la teoría del equilibrio puntuado, o los orígenes del heliocentrismo, el gran protagonista del libro es Alfred Russel Wallace, al que dedica nada menos que tres de los doce capítulos que componen el libro. Aunque todos conocemos al codescubridor de la teoría de la selección natural, no son tan célebres los escarceos del biólogo con el mundo del espiritismo, la hipnosis y la frenología, que Shermer relata con magistral habilidad en un alarde de erudición. Entre las contribuciones más interesantes del libro está el kit de detección de límites esbozado en la misma introducción. Se trata de diez sencillos criterios que pueden servir para juzgar por nosotros mismos si una teoría innovadora cae en el lado de la ciencia o en el de la pseudociencia. Los reproduzco aquí a modo de decálogo para quienes quieran convertirse al escepticismo razonable:

1/ ¿Hasta qué punto son fiables las fuentes en que se sustenta la nueva afirmación?

2/ ¿Suelen hacer esas fuentes afirmaciones similares?

3/ ¿Han sido verificadas las afirmaciones por otra fuente?

4/ ¿Cómo casa la afirmación con lo que sabemos del mundo y su funcionamiento?

5/ ¿Se ha tomado alguien, incluida la persona que la defiende, la molestia de buscar pruebas que refuten la afirmación, o sólo ha buscado pruebas que la confirmen?

6/ En ausencia de pruebas definitivas, ¿las que existen convergen en las conclusiones de la nueva teoría o en otras?

7/ ¿Recurre quien defiende una teoría a las normas de la razón y a las herramientas de investigación generalmente aceptadas o las sustituye por otras que le permiten llegar a las conclusiones deseadas?

8/ Quien defiende la afirmación, ¿aporta también una explicación distinta de los fenómenos observados o se limita a negar la explicación existente?

9/ Si quienes postulan la nueva afirmación sí plantean una teoría alternativa, ¿explica ésta tantos fenómenos como la anterior?

10/ Las creencias y prejuicios de los que defienden cierta teoría, ¿se basan en las conclusiones de esta teoría o, al contrario, en los propios prejuicios?

Los periodistas que no amaban la verdad

El ejemplar de Mujer hoy que acompaña a El Correo en su edición de esta mañana nos ofrece un ejemplo particularmente triste de cómo la ignorancia puede saltar de cabeza a cabeza, como una peste de piojos, utilizando los medios de comunicación como vector. En la página 68 nos encontramos con el artículo “Grandes hits de la homeopatía”, un  pozo de sabiduría que nos revelará cómo acabar con el dolor de muelas, controlar nuestras emociones, prevenir las crisis de pánico o terminar con el resfriado común y la irritación nasal. ¿La solución? Un colorido botiquín de remedios homeopáticos, revestido de la cientificiosidad que proporcionan las cifras 7CH ó 15CH y los latinajos que disfrazan sus envoltorios; por un instante casi los hacen pasar por verdaderas medicinas ante los inocentes ojos del consumidor.

El reportaje sería una broma pesada y de mal gusto si se limitara a decir que 8 de cada 10 homeópatas recomiendan estas soluciones para tratar dolores puntuales o pequeñas afecciones del estado de ánimo. Sin embargo, el autor o autora, apenas puede dejar de espetar alusiones al concepto de “eficacia demostrada” a cada línea del texto. Leemos así afirmaciones como “sus efectos anti-inflamatorios están demostrados”, “si se combina con Gelsium, su efecto mejora notablemente”, “[es] extremadamente efectivo para tratar las angustias vinculadas a la anticipación de un suceso” y, este me encanta, “[es] hipereficaz contra todos los trastornos del sistema digestivo”.

El reportaje no ahorra tinta para expresar lo terriblemente efectivos que son estos potingues, libres de cualquier efecto secundario. Sin embargo, no he podido encontrar por ninguna parte alusión a diversos hechos como que a) los productos homeopáticos sólo contienen su excipiente (nunca tienen un componente activo; de hecho no tienen componentes del tipo que sea, salvo el excipiente), b) ninguno de los muchos y muy buenos meta-análisis realizados con los estudios disponibles muestra que la homeopatía tenga efecto alguno para el tratamiento de cualquier enfermedad o síntoma, más allá del efecto placebo, y c) es normal que así sea, porque para que la homeopatía funcionara, muchas de nuestras teorías físicas y químicas más firmemente establecidas deberían ser falsas.

Si los periodistas y los técnicos de la comunicación tuvieran que formular algo parecido a un juramento hipocrático antes de ejercer su profesión, se me ocurren pocas formas más efectivas de violarlo que publicar reportajes como éste. En la sociedad del conocimiento, los periodistas son un colectivo clave para que la información fluya hacia el ciudadano medio que por falta de tiempo, conocimientos o criterio no puede dedicarse a valorar críticamente cada idea que le llega. La responsabilidad que nos es dado exigir a estos profesionales corre pareja a la creciente importancia de su trabajo en nuestra sociedad. La mala praxis de un periodista que por ignorancia, dejadez o malicia desinforma a sus lectores es tan grave para la sociedad como la de un cirujano que extirpa órganos equivocados u olvida metros de gasas en el cuerpo de sus pacientes. Exigiríamos a estos últimos una compensación por los daños causados. ¿Cuándo empezaremos a hacer lo mismo con los primeros?