Ignorar para recordar

Tras largos meses de espera, el mes de marzo finalmente nos trajo la buena noticia de que nuestro artículo sobre interferencia e inhibición se aceptaba en el British Journal of Psychology. Se trata una vez más del resultado de la fructífera colaboración entre los equipos Labpsico, de la Universidad de Deusto, y Causal Cognition Group, de la Universidad de Málaga, a los que ahora se añade la Universidad Nacional de Educación a Distancia gracias a la participación de Cristina Orgaz. En este artículo introducimos en el ámbito de la psicología del aprendizaje asociativo una idea que está en el centro de las actuales investigaciones sobre memoria. Se trata del papel que juega la inhibición de representaciones mentales en la recuperación selectiva de información.

De acuerdo con la visión más actual que se tiene de la memoria humana, para poder recuperar eficazmente cierta información no sólo hace falta saber encontrarla y activarla, sino que también es imprescindible ignorar activamente cualquier información que pueda estar relacionada (y que por tanto pueda estar “en la punta de la lengua” por así decirlo) pero que sin embargo sea irrelevante en ese momento. Por ejemplo, ser capaz de recordar el nombre de alguien depende tanto de encontrar ese nombre en nuestro almacén de recuerdos, como de evitar la activación errónea de nombres parecidos o relacionados. ¿Cuántas veces ha sido incapaz de recordar el nombre de un actor porque se le venía a la cabeza el nombre de otro actor? Evitar este tipo de problemas requiere inhibir activamente las representaciones mentales de cualquier información potencialmente distractora.

En este artículo, intentamos demostrar que algo similar podría estar sucediendo en una serie de efectos estudiados por los psicólogos del aprendizaje bajo el nombre de interferencia entre resultados. Esta interferencia es la que tiene lugar cuando un estímulo predice cosas diferentes en momentos diferentes. Si recuerda algo de los famosos experimentos de Pavlov, allí se le enseñaba a un grupo de perros que cuando sonaba una campana después se les iba a dar comida. Pero a veces Pavlov probaba a enseñarles después lo contrario: oír la campana ya no indicaba que después se fuera a administrar comida. De esta forma, la campana se convertía en un estímulo ambiguo. Algo parecido les sucede a los pacientes fóbicos que después de toda una vida teniendo miedo a cierto objeto deben aprender que ese estímulo ya no está emparejado con ninguna consecuencia negativa. Nuestro estudio indica que la inhibición de la representación mental de ese estímulo que solía acompañar a otro, pero ya no lo hace, es un proceso fundamental para lidiar con este tipo de situaciones.

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Vadillo, M. A., Orgaz, C., Luque, D., Cobos, P. L., López, F. J., & Matute, H. (in press). The role of outcome inhibition in interference between outcomes: A contingency-learning analogue of retrieval-induced forgetting. British Journal of Psychology.

Dime a qué juegas y te diré quién quieres ser

Poco a poco llegamos a ese momento en el que ya no nos queda más remedio que reconocer que 2012 no será ese año en el que finalmente aprendamos inglés, perdamos cinco kilos o comencemos a ir al gimnasio tres días por semana. Sólo conozco a una persona que a falta de pocos días para terminar Febrero persista en su empeño de dejar de fumar. Pero no tengo nada claro que los laringectomizados deban contar en este cómputo. Probablemente, nadie tiene la suerte de ser exactamente como le gustaría ser. A lo mejor por eso, nos rodeamos de personas que nos hacen estar a gusto con cómo somos o que al menos nos hacen sentir que lo que somos no anda tan lejos del ideal. Buscamos trabajos y aficiones que nos ayudan a sentirnos competentes. Y, sí, terminamos cada año con la firme promesa de reducir la distancia entre lo que somos y lo que queremos ser.

La última hornada de artículos de Psychological Science nos brinda un estudio según el cual los juegos de ordenador podrían ser para mucha gente una de esas estrategias para sentirse más cerca de su yo ideal. ¿Qué su jefe le tiene acobardado en el trabajo y querría usted ser más valiente y plantarle cara? Nada mejor que pasar un rato en la piel de un musculado guerrero del World of Warcraft. ¿Sus compañeros de clase le hacen sentirse un blandengue? Pruebe a ser un duro gánster en el Grand Theft Auto. Przybylski y sus colaboradores realizaron dos estudios correlacionales, uno de ellos en el laboratorio y otro a través de Internet, en el que los participantes debían informar de diversos aspectos de su auto-concepto y de cómo se sentían tras jugar un rato a diversos videojuegos. Los resultados muestran que los videojuegos resultaban más entretenidos si permitían a los jugadores sentirse más cerca de su yo ideal. Más aún, cuanto mayor era la distancia entre su yo real y su yo ideal, tanto más disfrutaban de los juegos que les acercaban a ese yo ideal.

De modo que si su mejor deseo para el 2013 es comenzar a hacer algo de deporte, permítame que le haga una sugerencia: además de comprarse unas buenas zapatillas para correr, pida como regalo de Navidad un juego de tenis.

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Przybylski, A. K., Weinstein, N., Murayama, K., Lynch, M. F., & Ryan, R. M. (2012). The ideal self at play: The appeal of video games that let you be all you can be. Psychological Science, 23, 69-76.

¿Ángeles platónicos o criaturas orwellianas?

Si el 14 de Marzo pasas por Teruel y hace mucho frío, no pierdas la ocasión de pasarte por el salón de actos del vicerrectorado de la Universidad de Zaragoza. Estará caliente y además tendrás la oportunidad de escuchar una magnífica conferencia sobre la psicología de la irracionalidad humana a cargo de un servidor. (Bueno, sólo puedo garantizar que la charla será magnífica; lo de que esté calentito no está en mi mano. Veré qué puedo hacer.) La artífice del encuentro es la profesora Sonsoles Valdivia, que ha tenido la amabilidad de invitarme a colaborar en el III Ciclo de Conferencias en Psicología. Hablaremos de homeopatía, de placebos, de productos milagro, de la hipersensibilidad electromagnética, de por qué creemos en todo ello y de si es bueno o malo que así lo hagamos. Ahí es nada. Para despertar el gusanillo, aquí tenéis un pequeño resumen de lo que me propongo contar:

Uno de los pilares de la cultura occidental es la visión del ser humano como una criatura casi angelical, caracterizada fundamentalmente por la racionalidad y la inteligencia. Grandes sectores de la psicología cognitiva actual comparten esta fe en las capacidades humanas. Sin embargo, basta un vistazo a nuestro alrededor para comprobar lo poco racionales que son muchas de nuestras decisiones. Nuestro enorme desarrollo científico y tecnológico no impide que las pseudociencias campen a sus anchas en nuestra sociedad, con consecuencias dramáticas, a veces: las medicinas alternativas ganan terreno ante la medicina convencional, enfermedades casi extintas se convierten de nuevo en epidemias, empresarios sin escrúpulos se hacen de oro vendiendo productos milagro a gran escala… Afortunadamente, la investigación psicológica realizada en las últimas décadas nos permite empezar a entender cuáles son los mecanismos que subyacen a estas creencias supersticiosas. En la presente conferencia intentaré mostrar que estas ilusiones son el producto inevitable de nuestra tendencia a percibir patrones ordenados y con significado en el entorno. Cuando nos enfrentamos a situaciones ambiguas e inciertas, esta tendencia puede llevarnos detectar relaciones de causalidad que en realidad no existen y que son la base sobre la que se construyen muchas de nuestras supersticiones.

Homo credulus

Aristóteles, al que se suele considerar uno de los padres del empirismo, pensaba que los hombres tenían más dientes que las mujeres. Para someter a prueba esta idea tan sólo es necesario realizar un sencillo estudio empírico con muestra N = 2 y estar en posesión de un sistema numérico que permita contar hasta el 32. Aristóteles no consideró necesario hacerlo. Y tampoco lo hicieron las siguientes generaciones de médicos y filósofos que durante siglos se limitaron a confiar en el juicio del estagirita, “El Filósofo”. ¿Historias del pasado? Nada de eso. Leyendo el genial libro Genoma de Ridley he descubierto que los biólogos dieron por sentado durante décadas que las células humanas tenían 24 pares de cromosomas. La afirmación puede leerse incluso junto a ilustraciones donde pueden contarse claramente 23 pares de cromosomas. No hay mayor ciego que el que no quiere ver.

Hasta los pensadores más educados caen sistemáticamente en el error de dar por sentado que no hace falta buscar evidencia que confirme lo que ya “saben” que es cierto. Se requiere mucha integridad y honestidad para dudar de las propias convicciones, y la mayor parte de nosotros sencillamente no estamos a la altura. O no siempre. Hace pocas semanas, Scott Lilienfeld, uno de los psicólogos clínicos más críticos con las prácticas pseudocientíficas, publicaba en el BPS Research Digest un breve comentario en el que destacaba precisamente el carácter poco intuitivo del método científico. Todos tendemos a buscar sólo evidencia que confirme nuestras creencias y a ignorar o reinterpretar cualquier dato que las desafíe.

Cuando vemos que tanto científicos como legos caen igualmente en estos errores, empezamos a entender mejor por qué triunfan todo tipo de creencias pseudocientíficas. No hay nada más antinatural que pedirle a alguien que ya “sabe” que las pulseras Power Balance funcionan que dude de ello, que lo ponga a prueba, que use una condición de control, o que lea la literatura científica. Detrás de cualquier creencia pseudocientíficas (y de muchas creencias simplemente falsas) se esconde una profunda resistencia a contrastar las ideas con la realidad, resistencia que todos compartimos en mayor o menor grado.

Siempre me ha fascinado que las personas tengamos esta dificultad para abrir los ojos a la verdad y para dudar, aunque sea “metodológicamente”, de nuestras propias creencias, incluso de las que no están firmemente asentadas. Hay incluso algo de anti-Darwiniano en todo ello. Al fin y al cabo, si la mente está al servicio de la supervivencia, como cualquier órgano o función de nuestro cuerpo, ¿en qué sentido puede ser una ventaja ignorar información y caer en errores por ello?

Hace más de dos décadas, Gilbert y sus colegas desarrollaron una línea de investigación que podría proporcionarnos algunas claves para entender cómo y por qué sucede esto. Según Gilbert (1991), la filosofía occidental nos proporciona dos teorías sobre cómo se representan nuestras creencias. Según una de estas posturas, que él vincula a Descartes, la representación de una creencia es independiente de su valor de verdad. Es decir, yo puedo imaginarme que Berlín está en Francia y después juzgar, en un acto independiente, si esa representación es verdadera o falsa. Desde este punto de vista, representar una proposición y juzgar su veracidad son dos procesos cognitivos diferentes. Según la otra teoría, que él vincula a Spinoza, el propio acto de representar algo ya implica afirmarlo, darlo por verdadero. Negarlo supone tener que dar un paso cognitivo adicional; requiere marcar esa representación como falsa. Por tanto, afirmar y negar no son procesos equivalentes: una representación es afirmada por defecto; la afirmación es de hecho parte de la propia representación, salvo que se haga el esfuerzo adicional de negarla.

En una ingeniosa serie de experimentos, Gilbert y sus colegas muestran que nuestra mente parece funcionar de acuerdo con esta segunda teoría. En uno de sus experimentos (Gilbert et al., 1990, Experimento 1) les piden a los participantes que aprendan el vocabulario de un lenguaje imaginario a través de fases como “un mawanga es un árbol” o “un kotchwero es un perro”. Inmediatamente después de cada frase, les dicen a los participantes si la definición que acaban de ver es correcta o errónea. En algunos ensayos, mientras los participantes intentan aprender esta información, el investigador les pide también que hagan una sencilla tarea distractora: pulsar una tecla si oyen un sonido. Los resultados del experimento muestran, como cabría esperar, que la tarea distractora afectó a la capacidad de los participantes de recordar después si una definición era verdadera o falsa. Pero lo más interesante es que la distribución de los errores no era fortuita: las distracciones no solían hacer que las definiciones verdaderas se tomaran por falsas, pero sí hacían que las definiciones falsas se tomaran por verdaderas. Esto sugiere que cuesta más aprender que algo es falso que aprender que es verdadero.

El Experimento 2 es una perfecta réplica con materiales diferentes. Los participantes ven caras sonrientes o tristes, y después de ver cada una, se les dice si la persona que acababan de ver fingía o no esa emoción. Como en el experimento anterior, en algunos ensayos los participantes tenían que realizar una tarea distractora mientras veían esta información. De nuevo, los resultados muestran que la distracción hizo que los participantes juzgaran las emociones fingidas como reales, pero no a la inversa. De nuevo, aprender que una emoción es falsa resulta más difícil que aprender que es genuina.

Este mismo patrón de resultados también se observa en situaciones con más relevancia para la vida real. Por ejemplo, en una serie de artículos posterior (Gilbert et al., 1993), los participantes tenían que evaluar las pruebas de un delito mientras realizaban una tarea distractora. Algunas de las pruebas incriminatorias eran falsas y así se lo hacían saber a los participantes. Sin embargo, todo indica que la sobrecarga cognitiva les hizo a los participantes tomar todos los testimonios por verdaderos, incluso los que eran falsos. Si esos testimonios falsos eran incriminatorios, los participantes recomendaban que ese delincuente pasara más años en prisión y lo juzgaban más peligroso para la sociedad. Así que aquello del “difama, que algo queda” es particularmente cierto cuando estamos sometidos a presión y apenas nos dejan pensar.

Todos estos experimentos y otros similares, indican que, por defecto, tendemos a dar cualquier idea por cierta. Recordar que una idea es falsa o descubrirlo es un proceso adicional que conlleva un esfuerzo y está sujeto a errores. Volviendo al tema que abría esta entrada, no es extraño que a las personas nos cueste tanto cuestionar nuestras propias ideas. Si ya sabemos que nuestras creencias son correctas, ¿por qué molestarnos en buscar información que las apoye o que las falsee?

Pensar como un científico requiere dar la vuelta a nuestra forma espontánea de valorar nuestras creencias. En lugar de dar nuestras teorías por válidas sin necesidad de pruebas, al científico se le entrena para comportarse como si sus ideas fueran falsas salvo que los datos indiquen lo contrario. Lilienfeld tiene razón: el método científico no tiene nada de intuitivo. No hay nada más contrario a nuestra forma natural de entender la realidad.

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Gilbert, D. T. (1991). How mental systems believe. American Psychologist, 46, 107-119.

Gilbert, D. T., Krull, D. S., & Malone, P. S. (1990). Unbelieving the unbelievable: Some problems in the rejection of false information. Journal of Personality and Social Psychology, 59, 601-613.

Gilbert, D. T., Tafarodi, R. W., & Malone, P. S. (1993). You can’t not believe everything you read. Journal of Personality and Social Psychology, 65, 221-233.

Canada, there we go!

¡Estamos en racha! Apenas hace un par de meses que David Luque y yo conseguimos publicar un artículo con nuestros experimentos sobre bloqueo hacia delante y bloqueo hacia atrás, cuando acabamos de saber que el Canadian Journal of Experimental Psychology publicará otro de nuestros trabajos, al que hemos llamado “Dissociations among judgments do not reflect cognitive priority: An associative explanation of memory for frequency information in contingency learning”. Se trata en este caso de un trabajo teórico en el que demostramos que ideas muy comunes sobre las limitaciones de los modelos asociativos de aprendizaje podrían ser sencillamente erróneas. La versión aceptada del manuscrito está disponible en el listado de referencias de la página Investigación de este blog.

Cinco más uno son tres

A falta de pocos días para la noche de Reyes, muchos de nosotros seguimos vagando por las calles de tiendas, de escaparate en escaparate, preguntándonos cuál de esos perfumes, bufandas, libros o juegos harán más felices a nuestros seres queridos. Muchas veces nos asignamos un presupuesto para un regalo concreto y, si nos sobra algo, decidimos comprar un pequeño detalle extra con ese inesperado margen. Con esos diez euros que nos han sobrado de lo que teníamos pensado gastar en una cámara de fotos para nuestra madre le compramos, por ejemplo, un libro de bolsillo que sospechamos que también puede gustarle. Craso error.

Según un estudio de Weaver, Garcia y Schwarz que se publicará próximamente en el Journal of Consumer Research, quien recibe un regalo compuesto por varias partes no lo evalúa sopesando el valor de cada elemento y luego sumando esos valores, sino que más bien viene a realizar una especie de media aritmética. Esto implica que, curiosamente, disfrutamos más cuando recibimos un único regalo bueno, que cuando recibimos ese mismo regalo junto con otro de menos valor. En este caso, menos puede ser más.

Lo curioso es que cuando actuamos como “regaladores” nos olvidamos rápidamente de que esa es la forma en la que valoramos los regalos cuando los recibimos, y damos por supuesto que añadir un pequeño regalo a un regalo grande no puede sino mejorar el regalo. En cierto sentido se trata de la estrategia más racional: A más B siempre será más valioso que A solo. Pero si nuestro objetivo no es maximizar el valor de lo regalado, sino maximizar la felicidad de quien lo recibe, debemos invertir esa lógica al decidir qué regalar.

El estudio de Weaver y colaboradores muestra que esta misma idea se aplica a la hora de evaluar la eficacia de los castigos: un único castigo puede parecer más negativo que ese mismo castigo junto con otro menor. Por ejemplo, a los participantes de su estudio les parecía que multar con 750 dólares a los conductores que tiraban basura a la carretera era más severo que multarles con 750 dólares más dos días de trabajos para la comunidad. De modo que si alguien en su casa se merece carbón, no lo complique buscando más castigos.

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Weaver, K., Garcia, S. M., & Schwarz, N. (en prensa). The presenter’s paradox. Journal of Consumer Research.

No hay mal que cien años dure

Buceando entre las referencias de Bad Science, el excelente libro de Ben Goldacre, me he topado con un magnífico estudio sobre ilusión de control publicado por Schaffner en el volumen de 1985 del Journal of Personality and Social Psychology. En este experimento, los participantes tenían que hacer las veces de un profesor de escuela que debía enseñar a sus alumnos a no llegar tarde a clase. Para ello cada día podían observar en la pantalla de un ordenador a qué hora había llegado un niño y decidir si suministrarle un premio, un castigo o no decirle nada. En realidad, la hora a la que llegaban los niños no dependía en absoluto de lo que hiciera el participante: se limitaba a oscilar al azar de un día a otro. Sin embargo, lo curioso es que esto no impedía que los participantes pensaran que sí ejercían cierto control. No sólo pensaban que estaban influyendo en la conducta de los niños sino que además desarrollaban creencias más específicas sobre cómo ejercer mejor ese control: les parecía que los castigos habían sido más efectivos que los premios a la hora de modificar la conducta de los niños. Este sesgo de preferencia hacia el castigo puede parecer extraño, pero resulta sencillo entenderlo si uno tiene en cuenta una propiedad importante de los procesos sometidos al azar, la regresión a la media.

Imagina que en un examen de matemáticas un estudiante saca un 9. Si tuvieras que apostar qué nota va a sacar en el examen siguiente, ¿dirías que va a sacar una nota más alta o más baja? La apuesta más sensata es que la siguiente nota estará más cerca de la media de la clase y, por tanto, será más baja. Es muy posible que el estudiante sea excepcionalmente bueno y merezca ese sobresaliente. Pero también es muy probable que se trate de un alumno no tan bueno que ha sido favorecido por la suerte. ¿Cuál de estas dos cosas es más probable? Bueno, por definición es más probable ser normal que ser excepcional; así que salvo que tengamos más información, lo primero parece más plausible. De modo que si al menos parte de ese 9 se debe al azar, es poco probable que esa suerte siga favoreciendo sistemáticamente al alumno en los siguientes exámenes en la misma medida. Si hay que apostar, es más seguro pensar que puntuará más bajo la siguiente vez. Lo mismo se aplicaría a un estudiante que saca una nota sorprendentemente baja en un examen. Si hubiera que apostar, lo más probable es que en el siguiente examen saque más nota. En otras palabras, las puntuaciones que se alejan de la media son excepcionales y lo más probable es que con el tiempo vuelvan al promedio.

¿Qué tiene esto que ver con el experimento anterior sobre ilusión de control? Veamos. Si la hora a la que llegan los niños tenía un componente aleatorio, habría momentos en los que los niños tenderían a ser más puntuales (por simple azar) y momentos en los que tenderían a llegar más tarde (también por simple azar). Ahora bien, tras una racha de días en los que un niño ha sido más puntual de lo normal, lo más probable es que vuelva a llegar tarde (por regresión a la media), y tras una racha de días en los que ha sido excepcionalmente tardón, lo más probable es que empiece a ser más puntual. Si lo que intentas es que el niño sea cada vez más puntual suministrando premios cuando lo hace bien, te encontrarás con que la estrategia sencillamente no funciona: tras una buena racha y un montón de premios, la conducta del niño tenderá a volver a la media, empeorando sin remedio. Sin embargo, si el niño ha llegado tarde unos cuantos días y comienzas a castigarle, lo más probable es que su conducta posterior vuelva a la media, lo que en este caso sería una mejoría. Eso te produciría la falsa sensación de que los castigos han sido efectivos a la hora de corregir la mala conducta, mientras que los premios han sido poco efectivos.

Este sencillo ejemplo es particularmente interesante porque a menudo se ha aducido que nuestra incapacidad para comprender el concepto de regresión a la media es la fuente de muchas supersticiones que mantenemos en nuestra vida cotidiana, a veces con importantes consecuencias sociales. En general, si un proceso depende completamente del azar, cualquier intento de mantener una situación excepcionalmente positiva se verá abocado al fracaso, mientras que por el contrario los intentos de corregir una situación excepcionalmente negativa parecerán (pero sólo ilusoriamente) ser más fructíferos. Unos pocos ejemplos nos permitirán ver cómo puede esto provocar errores en nuestras atribuciones causales.

Suele decirse que las medicinas alternativas parecen efectivas por el simple efecto placebo. Pero la regresión a la media interviene igualmente en producir cierta sensación de eficacia. Muchas enfermedades crónicas se caracterizan porque su intensidad varía constantemente debido al azar. A las temporadas de mayor malestar muchas veces les suceden buenas rachas sin motivo aparente o al menos sin motivos conocidos. Teniendo esto en cuenta, si recurrimos a cualquier remedio cuando peor nos sentimos, lo más probable es que luego nos sintamos mejor. No porque el remedio haya funcionado, sino porque después de una temporada especialmente mala lo más habitual es que la enfermedad nos dé una tregua.

Esta es una de las razones por las que cuando se pone a prueba la eficacia de una medicina necesitamos utilizar un grupo de control que no tome la medicina real. Los pacientes que se someten a un tratamiento experimental, lo hacen muchas veces tras pasar por una temporada en la que la enfermedad ha sido especialmente dura. Cualquier mejoría de estos pacientes podría deberse simplemente al curso natural de la enfermedad. Por tanto, no basta con saber que han mejorado tras someterse al tratamiento experimental. Hace falta un grupo de referencia donde ese curso natural sea equivalente para poder hacer comparaciones y ver cuánto de la mejoría se debe al azar y cuánto a la efectividad de la medicina que se está probando.

El principio de regresión a la media también es relevante cuando se trata de evaluar el impacto de intervenciones políticas y económicas. No hay prácticamente ninguna variable macroeconómica o social cuyo comportamiento no esté altamente influido por el azar. Las cotizaciones en bolsa, la evolución del PIB, incluso las cifras del paro tienen que ver con las políticas económicas, pero también tienen un importante componente de aleatoriedad. Esto implica que con frecuencia se sucederán rachas inusualmente positivas y rachas inusualmente negativas por simple azar. Sin embargo, siempre que las cosas empeoran, nuestra tendencia es hacer algo al respecto. Buscamos culpables, le pedimos al gobierno que haga algo, y si lo que hace no nos gusta o parece no funcionar, directamente lo cambiamos en las siguientes elecciones. En algún momento, tarde o temprano, las cosas mejoran, precisamente porque ese componente aleatorio no puede alimentar sistemática y perpetuamente la crisis. Cuando ese momento llega, es tentador pensar que lo último que hemos hecho ha sido lo que ha solucionado el problema. Pero no nos engañemos. En muchas ocasiones lo que nos saca de una crisis es exactamente lo mismo que nos mete en ella: el simple azar.

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Schaffner, P. E. (1985). Specious learning about reward and punishment. Journal of Personality and Social Psychology, 48, 1377-1386.

La mente tras la ciencia

La psicología es una ciencia joven, pequeña, de las que plantea cuatro preguntas por cada respuesta (siempre tentativa) que proporciona. Sin embargo, también es una gran ciencia, única, llena de paradojas, con infinitas aplicaciones tras cada minúsculo avance. Una de sus peculiaridades más atractivas es que tiene algo que decir sobre casi cualquier cosa. Nada humano le es ajeno.

Ni siquiera la propia ciencia en sí queda más allá del alcance de los psicólogos. Entre otras muchas cosas, la psicología estudia cómo percibimos la realidad, cómo aprendemos sobre ella y cómo la explicamos. Son esas precisamente las tareas que realiza cualquier científico, especialista en la disciplina que fuere: observar, aprender y entender. Por supuesto, que el conocimiento del científico va más allá del conocimiento humano común. (De lo contrario, no nos costaría tanto aprender matemáticas, física o biología en la escuela.) Pero no hay ninguna razón para creer que las investigaciones psicológicas sobre cómo funciona la mente humana no puedan ayudarnos a entender mejor cómo funciona la mente del científico.

Desde hace varias décadas, algunos psicólogos vienen hablando de lo que se denomina psicología de la ciencia: una nueva área que pretende utilizar todo el arsenal metodológico y teórico de la psicología moderna para entender y favorecer el pensamiento científico. El último número de Current Directions in Psychological Science, nos ofrece una breve pero interesante introducción a esta disciplina.

En este artículo, Feist (2011) nos presenta varias facetas de la psicología de la ciencia. Una de las contribuciones más significativas es que los procesos estudiados por la psicología cognitiva (tales como la resolución de problemas, los sesgos de confirmación y pensamiento analógico o metafórico) nos pueden ayudar a entender mejor el pensamiento científico o al menos a describirlo de una forma acertada. Lo cierto es que la breve revisión de Feist no proporciona muchos detalles al respecto. Sin embargo, en un artículo muy anterior de Tweney (1998), al que Feist hace referencia, sí podemos encontrar ejemplos detallados de lo que puede ofrecer esta psicología cognitiva de la ciencia.

En uno de los estudios relatados por Tweney, se pidió a un grupo de científicos que investigaran las leyes que determinaban cómo el movimiento de una serie de partículas que aparecían en la pantalla del ordenador se veía influido por la presencia de varios objetos geométricos. Los participantes podían realizar experimentos ficticios para explorar estas leyes lanzando partículas contras los objetos. Contra todo pronóstico, encontraron que en las primeras fases de sus investigaciones los científicos caían recurrentemente en lo que los psicólogos solemos llamar sesgo de confirmación: se centraban más en hacer experimentos que pudieran demostrar que su teoría era cierta que en experimentos que pudieran falsarla. Aunque en la psicología cognitiva se lo suela considerar un error (de ahí el nombre de sesgo), al parecer se trataba de una estrategia muy fructífera para los investigadores, porque les permitía retener y explorar temporalmente hipótesis débiles que si bien podían ser falsadas en poco tiempo, proporcionaban claves para encontrar las teorías correctas. Los buenos científicos, primero hacían todo lo posible por confirmar sus teorías y sólo después pasaban a intentar falsarlas. En otras palabras, es bueno comenzar por tener la mente abierta, pero la ciencia no avanza sólo con eso: se requiere un pensamiento más crítico a medida que se acumula la evidencia.

Tweney también nos proporciona ejemplos de psicólogos cognitivos que han diseñado programas de inteligencia artificial que pretenden simular la conducta y el pensamiento de los científicos. Estos programas funcionan como un solucionador general de problemas. Representan el problema científico como un espacio multidimensional. Las herramientas del científico serían un conjunto de operadores que permiten moverse por ese espacio y encontrar la solución al problema por medio de un análisis de medios y fines. Lo curioso del funcionamiento de estos programas es que se parece sorprendentemente a los progresos reales que realizan los científicos que se enfrentan con un problema determinado. De hecho, para poner a prueba estos modelos, lo que hacen algunos autores es contrastar su comportamiento con los diarios que tenemos de científicos famosos, mezclando así psicología, biografía e inteligencia artificial.

Tanto Feist como Tweney se detienen también a presentar estudios descriptivos sobre cómo trabajan los científicos in vivo. En este tipo de investigaciones, los psicólogos observan a los científicos durante sus reuniones y sus experimentos para ver qué tipo de mecanismos utilizan a la hora de generar ideas o ponerlas a prueba. Estos estudios confirman que efectivamente los científicos caen sistemáticamente en algunos sesgos, como tender a conservar hipótesis que pueden considerarse claramente falsadas. Pero también nos proporcionan información adicional sobre cómo surgen las ideas de los científicos. En muchos casos, son intentos de dar sentido a patrones de datos inesperados. En otros casos, se basan en analogías con otros procesos cuyo funcionamiento ya conocían. Este tipo de estudios puede resultar muy revelador tanto para encontrar fallos corregibles en el trabajo cotidiano de los científicos como para consolidar las prácticas que sean más productivas o que conduzcan a una mayor creatividad.

La psicología de la ciencia no termina con este tipo de contribuciones. Según Feist, también la psicología del desarrollo, la psicología educativa o la psicología de la personalidad, entre otras, pueden proporcionar ideas novedosas, ya sea para entender cómo piensan los científicos o para favorecer el desarrollo de las habilidades científicas en niños y adolescentes. Por ahora se trata sólo de ideas relativamente fragmentarias que tendrán que demostrar su valía estimulando nueva investigación y proporcionando teorías que nos permitan entender mejor cómo funciona la ciencia. Pero se trata ciertamente de un enfoque prometedor. Quién sabe si la psicología de la ciencia no nos ayudará a hacer de la propia psicología una ciencia mejor.

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Feist, G. J. (2011). Psychology of science as a new subdiscipline in psychology. Current Directions in Psychological Science, 20, 330-334.

Tweney, R. D. (1998). Toward a cognitive psychology of science: Recent research and its implications. Current Directions in Psychological Science, 7, 150-154.

Qué es un contexto temporal

Uno de los fenómenos más conocidos pero menos entendidos de la psicología contemporánea es que el mero paso del tiempo influye en cómo nos comportamos y en cómo utilizamos la información que hemos adquirido. Si nos vemos involucrados en un juicio y nuestro futuro depende del veredicto de un jurado, no es lo mismo que los alegatos a nuestro favor se formulen al principio o al final. Y tampoco es lo mismo que el jurado deba pronunciarse justo tras oír los alegatos o un tiempo después. Sabemos que todo esto influye en la decisión del jurado.

El estudio de estos fenómenos es cualquier cosa menos nuevo. El lector recordará que a Pavlov se le conoce entre otras cosas por demostrar que si cada que damos de comer a un perro hacemos sonar una campana antes de darle la comida, siempre que en el futuro oiga la campana el animal comenzará a salivar. Lo cierto es que Pavlov no fue el descubridor del condicionamiento clásico, pero sí que fue el primer científico que investigó sistemáticamente este fenómeno. Descubrió, por ejemplo, que aunque el perro hubiera aprendido a salivar al oír la campana, si la campana empezaba a presentarse de forma aislada sin ir acompañada de la comida llegaba un momento que este reflejo desaparecía o, en términos técnicos, se extinguía. Lo curioso es que si se dejaba pasar un tiempo sin que el animal oyera la campana, ese reflejo podía reaparecer. Es decir, una conducta que parecía haberse desaprendido, por así decirlo, reaparecía con el paso del tiempo.

Para explicar este tipo de fenómenos, los psicólogos cognitivos suelen decir que algunas experiencias están íntimamente ligadas al contexto en el que se aprendieron. Por ejemplo, si teníamos miedo a las arañas y vamos a un psicoterapeuta para que nos trate este miedo, puede llegar un momento en el que nuestra fobia desaparezca en la consulta. Sin embargo, nada garantiza que cuando volvamos a casa y nos encontremos con una araña nuestro miedo no pueda volver a aparecer. En otras palabras, lo que aprendimos en la consulta puede no generalizarse a otros contextos.

A veces estos contextos son fáciles de definir (por ejemplo, una habitación, un parque, la compañía de una persona en concreto, etc.) pero otras veces parece que es el propio paso del tiempo el que hace que salgamos de un contexto y entremos en otro. Tal es el caso en los ejemplos que hemos mencionado anteriormente, como la reaparición de los reflejos extinguidos en los experimentos de Pavlov con el paso del tiempo, o la influencia del momento del veredicto en el caso de los jurados. En el ámbito del aprendizaje asociativo, son varias las teorías que utilizan este concepto de contexto temporal para explicar cómo la conducta y la recuperación de información cambian con el paso del tiempo. Pero son teorías poco formalizadas que, por ejemplo, son difíciles de simular en un ordenador.

Afortunadamente, en los estudios sobre memoria episódica sí que contamos con teorías matemáticas que podrían servir para definir mejor qué es un contexto temporal. En una reciente colaboración entre nuestro equipo de investigación y la Universidad de Queensland (Matute, Lipp, Vadillo, & Humphreys, 2011) proponemos una alianza entre estas teorías matemáticas sobre la memoria episódica y los estudios sobre los contextos temporales que se han realizado tradicionalmente en el área del aprendizaje asociativo. Por una parte, nuestros experimentos intentan replicar con tareas de aprendizaje predictivo fenómenos ya que habían sido investigados en el área de la memoria episódica y que muestran cómo al ver eventos asociados a un contexto temporal concreto se activan nuestros recuerdos de otros eventos que también aparecieron en aquel contexto. Además mostramos que esta combinación de teorías del aprendizaje y teorías de la memoria permite realizar predicciones novedosas que difícilmente se habrían considerado en cualquiera de esas áreas por separado.

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Matute, H., Lipp, O. V., Vadillo, M. A., & Humphreys, M. S. (2011). Temporal contexts: Filling the gap between episodic memory and associative learning. Journal of Experimental Psychology: General, 140, 660-673.