Matt Ridley es uno de esos pocos divulgadores científicos sencillamente imprescindibles. Actualmente, vuelve a estar de moda por la publicación de su último libro, El optimista racional, donde argumenta que detrás del pesimismo generalizado sobre problemas tan diversos como el cambio climático o la reducción de la natalidad en Occidente se esconde en realidad una visión injustificadamente negativa de la naturaleza humana y de nuestra capacidad de cambio social. Entre sus libros más famosos figura este otro, Genoma, que tengo la suerte de acabar de leer hace escasos días y que es sin duda un clásico de la divulgación científica. Publicado en 1999, pocos años antes de que se completara la secuenciación del genoma humano, este libro nos propone un recorrido por algunas de las ideas fundamentales de la genética moderna, dedicando un capítulo a cada uno de los 23 cromosomas humanos. Con un estilo que recuerda a ratos a El cuento del antepasado de Richard Dawkins, Ridley hace girar cada capítulo en torno a uno o varios genes importantes de un cromosoma y los toma como excusa para presentarnos algún tema general de mayor alcance. Entre otros asuntos, dedica sus páginas a cuestiones tan actuales como las enfermedades neurodegenerativas, el cáncer, la heredabilidad de la inteligencia o los determinantes genéticos de la personalidad. Entre mis favoritos, se encuentra un capítulo dedicado íntegramente a delinear la historia de la eugenesia durante los primeros años del siglo XX. Estamos tan acostumbrados a ligar la obsesión por la pureza racial con el nazismo alemán que a menudo olvidamos que fue un inglés, Francis Galton, el principal promotor de la eugenesia y que en pocos lugares tuvo tanta importancia política como en el mundo anglosajón. Conocer la ciencia y su historia a través de la prosa sencilla de este genial divulgador es sin duda un placer. Absolutamente recomendable.
Monthly Archives: January 2012
Epidemiología del fraude y las malas prácticas
Hace pocas semanas publicaba en este mismo blog el resumen de un estudio de Simmons y colaboradores en el que nos mostraban lo fácil que es producir falsos positivos en la investigación científica si se toleran una serie de malas prácticas que probablemente son habituales en los laboratorios de todo el mundo. Cuando apenas nos hemos recuperado del mazazo, Psychological Science vuelve a la carga con un nuevo trabajo en el que se intenta medir precisamente la incidencia real de estas y otras prácticas cuestionables.
En este estudio, John, Loewenstein y Prelec encuestaron a más de 2.000 investigadores preguntándoles (a) si habían incurrido en una serie de malas prácticas (que iban de omitir información sobre algunas variables dependientes hasta falsificar los datos), (b) cómo de justificable les parecía haberlo hecho, (c) qué proporción de psicólogos pensaban que recurría a estas mismas prácticas, y (d) qué porcentaje de esos psicólogos pensaban ellos que reconocería haberlas cometido. Esta última medida es particularmente interesante porque teniendo en cuenta cuántos entrevistados confiesan realizar las prácticas (a) y cuál es la probabilidad de que alguien que las ha cometido las confiese (d), podemos tener una segunda estimación de cuál es la prevalencia real de estas prácticas (c).
Una de las principales novedades del estudio frente a sus precedentes es que para lograr que las respuestas que daban los participantes fueran sinceras, no sólo se aseguraron de que la encuesta fuera completamente anónima, sino que también ensayaron con la mitad de los participantes una técnica que les daba incentivos para ser honestos. Para ello utilizaron un algoritmo Bayesiano (al que llaman “droga de la verdad”) que computa un índice de credibilidad para cada participante basándose en las respuestas que dan sobre sus malas prácticas y las estimaciones de la distribución general de respuestas. Como no se podía pagar a los participantes sinceros sin violar el principio de anonimato, se premió a los participantes honestos haciendo una donación a la asociación que ellos eligieran.
Los autores encontraron que proporcionar estos incentivos para ser honestos incrementaba notablemente el número de “confesiones”, especialmente para las prácticas menos defendibles, tales como falsificar datos. Esto supone que los estudios previos que no han utilizado este tipo de incentivos (e.g., Fanelli, 2009; Martinson, Anderson, & de Vries, 2005) podrían estar subestimando la prevalencia real de las prácticas más graves. Teniendo en cuenta sólo los datos de la condición con incentivos para decir la verdad, los autores estiman que la mayor parte de los investigadores ha incurrido en alguna práctica como publicar selectivamente sólo algunos estudios, omitir información sobre algunas variables dependientes, aumentar muestra más allá de lo proyectado inicialmente, relatar hechos inesperados como si hubieran sido esperados de antemano, y excluir datos con criterios post-hoc. Más aún, según estos datos, uno de cada diez científicos ha introducido datos falsos en el registro científico. Separando los datos por áreas de investigación, se observa que estas prácticas son más frecuentes en psicología cognitiva, neurociencias y psicología social. Sin embargo, la incidencia parece ser menor entre los psicólogos clínicos.
Como señalan John y sus colaboradores, tal vez la consecuencia más triste de esta tendencia es que la mediocridad genera más mediocridad. A corto plazo, recurrir a estas prácticas hace que los currículums de los investigadores engorden a una velocidad vertiginosa y que las revistas de psicología aparezcan plagadas de artículos inusualmente elegantes. Cada día es más obvio para la comunidad científica que se trata sólo de una falsa ilusión de progreso que se construye sobre publicaciones selectivas y resultados poco o nada replicables. Pero esto no impide que poco a poco se vayan imponiendo unos cánones de productividad científica que sólo pueden alcanzarse cayendo en el pecado. Nos esperan malos tiempos si la única forma de estar a la altura como científico pasa por prostituir los propios pilares de la ciencia.
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Johannes Müller y los fenómenos fantásticos de la visión
Lo que siente un león africano hambriento cuando consigue por fin echar la zarpa sobre el muslo de una joven gacela debe parecerse a la sensación que tengo yo cuando, tras un paseo por la Plaza Nueva, vuelvo a casa con una joya para mi biblioteca. Hace pocas semanas tuve la gran suerte de encontrarme con un magnífico ejemplar de Los fenómenos fantásticos de la visión de Johannes Müller. A los jóvenes estudiantes de psicología probablemente no les suene el nombre. (Toda la culpa la tenemos los profesores de historia de la psicología, que desde la entrada en vigor de los nuevos planes de estudio poco o nada nos paramos a hablar de los autores que no estén en el top ten de nuestra disciplina. Nos dicen los que saben del tema que el mero conocimiento, la cultura y la curiosidad ya no son competencias.) Pero Müller es, sin duda, una figura clave en el nacimiento de la psicología científica, tal y como la entendemos hoy en día.
Los primeros psicólogos científicos se aliaron con la naciente fisiología y con la medicina para diferenciar a su disciplina de la anterior filosofía de la mente. Helmholtz, Weber, Wundt, James… todos ellos fueron formados como médicos o fisiólogos y entendían que una verdadera ciencia de la mente debía abordar los problemas clásicos de la filosofía del conocimiento, pero utilizando los métodos experimentales de la fisiología. Sin embargo, esta alianza entre psicología y fisiología era muy anterior a todos estos autores y se la debemos, entre otros, a Johannes Müller. Cuando aún faltaban cincuenta y tres años para que la Universidad de Leipzig reconociera oficialmente el primer laboratorio de psicología, Müller escribía ya en el prólogo de Los fenómenos fantásticos de la visión:
[L]a psique es tan sólo una forma particular de vida entre las diversas formas de ella que son objeto de la investigación fisiológica. […] La teoría de la vida de la psique […] es, por tanto, exclusivamente parte de de la fisiología. (p. 3)
Y por si quedaran dudas acerca del valor de esta aproximación fisiológica del estudio de la mente añade:
El autor aspira a que este trabajo contribuya a llevar la investigación psicológica, del estéril terreno de la llamada psicología empírica, y, por otra parte, de la especulación demasiado indolente y desfavorable, al fértil terreno propio de la vida. (p. 4)

Müller es conocido, sobre todo, por formular la llamada “teoría de la energía específica de los nervios”, cuyos elementos básicos pueden intuirse ya en esta obra de juventud publicada en 1826. Según esta teoría, la sensación que provoca un estímulo no depende tanto de las características del propio estímulo, como del nervio que se estimula. Normalmente, los ojos nos sirven para ver objetos luminosos. Pero si nos presionamos los globos oculares, no sólo notaremos la sensación táctil, sino que también veremos chiribitas. Por tanto, poco importa que un estímulo sea luminoso o táctil: si lo que se estimula es el nervio óptico, la sensación resultante siempre será visual. Por eso “vemos las estrellas” cada vez que nos golpeamos un ojo.
De la misma forma que cualquier estímulo externo que excite el nervio óptico termina produciendo una sensación visual, también existen estímulos internos que pueden provocarlas. Müller menciona, por ejemplo, como en estado de reposo el propio pulso, al estimular el globo ocular, puede provocar experiencias visuales. Y estas estimulaciones internas no tienen porque ceñirse sólo al ojo; también pueden afectar a partes más profundas del sentido de la visión, tales como el nervio óptico o las zonas del cerebro a las que llegan los estímulos visuales. Cualquier cosa que influya sobre esas partes del sistema nervioso, también debería provocar experiencias visuales.
Lo mismo da el modo que sea estimulado el ojo, bien sea por choque, golpe, presión, galvanización o por estímulos que le son transmitidos simpáticamente desde otros órganos, a todas estas causas […] siente el nervio de la luz su afección como sensación de luz, aun cuando se halle en reposo en la oscuridad. (p. 9)
Basándose en esta idea, Müller nos explica como las imágenes fantásticas que vemos cuando imaginamos algo o cuando soñamos (o cuando alguien sufre una alucinación) se deben a que otras partes del cerebro, que se encargan de la representación y el pensamiento, influyen por “simpatía” en partes más o menos internas del sentido de la visión.
Si los estados de aquellos órganos encargados de la representación y el pensamiento pueden ser transferidos por simpatía a la sustancia del sentido de la visión, entonces podrían estas afecciones del órgano encargado de la representación o la imaginación provocar en general en la sustancia del sentido de la visión tan sólo afectos de su naturaleza, es decir, fenómenos luminosos. […] Lo fantástico provoca en el órgano de la sensación de la luz y de los colores, como cualquier estímulo, tan sólo luz y colores. (p. 20)
La teoría de la energía específica de los nervios suponía que para entender las experiencias mentales no es suficiente con entender las propiedades físicas y químicas de los estímulos que las provocan. Se necesitaba una nueva ciencia encargada de explicar cómo funciona el sistema nervioso y cómo produce las sensaciones subjetivas y el pensamiento. Ese será precisamente el papel de la fisiología y de la “nueva” psicología. Müller será maestro, entre otros, de Emil du Bois-Reymond, Hermann von Helmholtz y Ernst Brücke, que a su vez serán los mentores de los tres grandes psicólogos que reconocemos como los padres de nuestra ciencia: Wundt, James y Freud.
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Müller, J. (1826/1946). Los fenómenos fantásticos de la visión. Madrid: Espasa-Calpe.
La magia de Richard Dawkins
Algunos libros de divulgación muy buenos consiguen enseñarnos hechos y teorías científicas de forma entretenida. Unos pocos libros excepcionales, pertenecen a una segunda categoría que no sólo intenta enseñar los contenidos de la ciencia sino también algo sobre su lógica, sobre el método y la forma de pensar en los que se asienta. ¿Existe una tercera categoría? Hasta ahora pensaba que no. Pero La magia de la realidad de Richard Dawkins me ha sacado del error. En este libro, con textos sencillos y preciosas ilustraciones de Dave McKean, Dawkins no se propone únicamente enseñar a los jóvenes y adolescentes a pensar científicamente, sino que les anima a sentir la belleza de la ciencia. Cada capítulo del libro se centra un tema diferente, desde los orígenes de la humanidad hasta el nacimiento del cosmos, utilizando siempre una estructura común: Dawkins nos presenta primero algunos mitos con los que diferentes culturas han tratado de entender estos fenómenos y luego nos presenta lo que la ciencia ha descubierto al respecto. En todos los casos, la moraleja es que por maravillosas y sublimes que parezcan las explicaciones míticas, la realidad siempre resulta ser mucho más bella y misteriosa de lo que nuestra imaginación pudiera haber sospechado inicialmente. Cuando en lugar de imponer nuestras explicaciones a la naturaleza, dejamos que ésta nos hable, la interrogamos, apuntamos sus respuestas y meditamos sobre ellas sin olvidar que cualquier interpretación que hagamos puede ser errónea, lo que terminamos descubriendo es un universo espectacular y sorprendente. Mágico y sin embargo real.
La ciencia de bocado engorda más
Una nueva moda ha invadido la ciencia durante los últimos cinco años: el brief report. A la costumbre tradicional de agrupar en cada artículo varios experimentos con evidencia convergente sobre un fenómeno le ha sucedido una tendencia cada vez más acusada a publicar artículos cortos en los que la introducción teórica se reduce al mínimo indispensable, el número de experimentos se limita a uno o dos y las discusiones teóricas van directamente al grano, sin florituras. Las ventajas de este tipo de publicaciones son muchas; sobre todo que los revisores pueden evaluar el artículo más rápidamente, los artículos aceptados ven la luz antes y la comunidad científica no necesita perder mucho tiempo para leer la versión definitiva. Algunos investigadores también han estimado que aunque el índice de impacto de las revistas que publican estos artículos breves tiende a ser más bajo, el índice de impacto por página es sin embargo mayor, lo que sugiere que en realidad estos artículos funcionan mejor a la hora de transmitir las ideas a la audiencia y estimular nueva investigación. Sin embargo, esta moda no está exenta de peligros. En un artículo (paradójicamente breve) que acaba de ver la luz en Perspectives on Psychological Science, Bertamini y Munafò reflexionan sobre el posible impacto negativo de los brief reports.
En primer lugar, muchas de las ventajas de estos artículos son cuestionables. Por ejemplo, el mayor índice de impacto por página que tienen estas revistas podría ser una consecuencia de que los autores dividan en varios artículos trabajos que en realidad deberían publicarse en un único artículo. Si esos diversos artículos se citan siempre juntos, eso puede producir la impresión de que ese trabajo tiene más impacto: una única idea genera varias citas. Pero sería una mera ilusión de impacto. Además, aunque los artículos breves conllevan menos trabajo para los editores y los revisores de las revistas científicas, a nivel global se multiplica el número de artículos que los investigadores envían a publicar, con lo cual en realidad se está aumentando el tiempo que se dedica colectivamente a estas tareas, aunque se esté reduciendo el trabajo por artículo individual.
En segundo lugar, este tipo de artículos breves tiene más probabilidades de arrojar falsos positivos. Por una parte, como se dan datos únicamente de uno o dos experimentos, no queda claro que los resultados que ahí aparezcan sean fácilmente replicables. Bertamini y Munafò observan que los brief reports no sólo incluyen menos experimentos, sino que además estos experimentos suelen tener muestras más pequeñas, lo que de nuevo favorece que aparezcan falsos positivos asociados a la falta de poder estadístico.
Las revistas pueden tener interés a corto plazo en favorecer estos informes breves de experimentos realizados con muestras pequeñas. Sus índices de impacto suben con el número de citas. Así que les interesa publicar artículos fáciles de leer y que generen polémica, independientemente de que se produzca porque otros autores repliquen los resultados o porque no consigan hacerlo. No en vano, los autores de este estudio observan que existe una correlación entre el índice de impacto de una revista y el grado en el que sus artículos exageran el tamaño real de los efectos que estudian. En otras palabras, las revistas pueden tener interés en vender “aire” porque aunque eso no haga progresar la ciencia, sí que genera citas y discusión.
La solución a estos problemas pasa por medir el impacto de las revistas no sólo por el número de citas que obtienen, sino también por otros criterios de calidad como la replicabilidad de sus resultados y los sesgos de publicación que puedan observarse entre sus artículos. También abogan por sustituir el actual énfasis en la cantidad de publicaciones por una mejor valoración de su calidad. En este sentido, destacan la política del Research Excellence Framwork del Reino Unido que desde hace unos años valora la producción científica de los departamentos y de los candidatos a diferentes puestos teniendo en cuenta únicamente las cuatro mejores publicaciones de los investigadores, de modo que se les incentiva para primar la calidad sobre la cantidad.
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Ranking de universidades públicas españolas
Un año más Buela-Casal y sus colaboradores publican en Psicothema el ranking de universidades públicas españolas, en este caso con los datos de productividad científica del 2010. Como en las dos ediciones anteriores, este ranking se elabora teniendo en cuenta el número de artículos publicados en revistas indexadas en el Journal Citation Reports (JCR), los tramos de investigación reconocidos, los proyectos de I+D adjudicados, las tesis doctorales defendidas, las becas FPU conseguidas, los doctorados con mención de calidad y el número de patentes. La Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Barcelona y la Universidad de Granada se hacen con los primeros puestos del ranking global. Sin embargo, cuando se corrige la producción científica global por el número de profesores, se observa que las universidades más productivas son la Pompeu Fabra, la Autónoma de Barcelona y la Pablo de Olavide. Comparando estos resultados con los del ranking de 2009 se observan pocos movimientos en las universidades más importantes: en los diez primeros puestos se repiten exactamente las mismas universidades que en la edición anterior. Las puntuaciones de este ranking también concuerdan razonablemente bien con las del prestigioso Academic Ranking of World Universities (Shangai Jiao Tong University, 2010), que recogía la producción científica durante el 2010 de las 500 mejores universidades del mundo basándose principalmente en el número de publicaciones indexadas en el JCR y el número de profesores y alumnos que han logrado el Premio Nobel. En este ranking internacional aparecían únicamente diez universidades españolas, todas ellas entre los puestos 201 y 500. De entre esas diez universidades, seis también aparecen en las primeras posiciones del ranking de Buela-Casal y colaboradores: la Universidad Pompeu Fabra, la Autónoma de Barcelona, la Politécnica de Valencia, la Autónoma de Madrid, la Universidad de Barcelona y la Universidad de Granada.
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Shangai Jiao Tong University (2010). Academic Ranking of World Universities. Recuperado el 2 de enero de 2012 de http://www.arwu.org.
Cinco más uno son tres
A falta de pocos días para la noche de Reyes, muchos de nosotros seguimos vagando por las calles de tiendas, de escaparate en escaparate, preguntándonos cuál de esos perfumes, bufandas, libros o juegos harán más felices a nuestros seres queridos. Muchas veces nos asignamos un presupuesto para un regalo concreto y, si nos sobra algo, decidimos comprar un pequeño detalle extra con ese inesperado margen. Con esos diez euros que nos han sobrado de lo que teníamos pensado gastar en una cámara de fotos para nuestra madre le compramos, por ejemplo, un libro de bolsillo que sospechamos que también puede gustarle. Craso error.
Según un estudio de Weaver, Garcia y Schwarz que se publicará próximamente en el Journal of Consumer Research, quien recibe un regalo compuesto por varias partes no lo evalúa sopesando el valor de cada elemento y luego sumando esos valores, sino que más bien viene a realizar una especie de media aritmética. Esto implica que, curiosamente, disfrutamos más cuando recibimos un único regalo bueno, que cuando recibimos ese mismo regalo junto con otro de menos valor. En este caso, menos puede ser más.
Lo curioso es que cuando actuamos como “regaladores” nos olvidamos rápidamente de que esa es la forma en la que valoramos los regalos cuando los recibimos, y damos por supuesto que añadir un pequeño regalo a un regalo grande no puede sino mejorar el regalo. En cierto sentido se trata de la estrategia más racional: A más B siempre será más valioso que A solo. Pero si nuestro objetivo no es maximizar el valor de lo regalado, sino maximizar la felicidad de quien lo recibe, debemos invertir esa lógica al decidir qué regalar.
El estudio de Weaver y colaboradores muestra que esta misma idea se aplica a la hora de evaluar la eficacia de los castigos: un único castigo puede parecer más negativo que ese mismo castigo junto con otro menor. Por ejemplo, a los participantes de su estudio les parecía que multar con 750 dólares a los conductores que tiraban basura a la carretera era más severo que multarles con 750 dólares más dos días de trabajos para la comunidad. De modo que si alguien en su casa se merece carbón, no lo complique buscando más castigos.
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Weaver, K., Garcia, S. M., & Schwarz, N. (en prensa). The presenter’s paradox. Journal of Consumer Research.