Psicología de las nuevas tecnologías

Si algún familiar cumple años en los próximos meses y no terminas de encontrar el regalo adecuado, te conviene saber que el libro de la temporada no va firmado por Vargas Llosa ni por Almudena Grandes. Durante los próximos días se apilarán en las librerías españolas ejemplares y ejemplares de la novedad editorial que hará las delicias de los nacidos bajo los signos de Aries, Géminis y Tauro. Nos referimos, cómo no, a nuestro propio libro Psicología de las nuevas tecnologías: De la adicción a Internet a la convivencia con robots, que firmamos Helena Matute y Miguel Ángel Vadillo.

En este libro, disponible en la web de la editorial Síntesis, Helena y yo intentamos descubrir al lector las respuestas que la psicología va dando, poco a poco, a los interrogantes que genera el uso de Internet y de las nuevas tecnologías. ¿Es verdad que Internet es adictivo? ¿Qué efectos tiene sobre nuestra salud? Tantas horas dedicadas a los videojuegos, ¿tienen algún efecto positivo o negativo? ¿Harán las nuevas tecnologías que la educación del viejo siglo XX parezca tan primitiva como aquello de escribir en tablillas de cera?

Escribir sobre un tema donde los cambios se suceden tan rápidamente requiere adelantarse a los hechos, o al menos intentarlo, y atisbar cuáles pueden ser las respuestas a cuestiones que aún nadie ha planteado, tarea nada sencilla que abordamos también desde nuestra experiencia como investigadores de la psicología en el capítulo del libro dedicado a la futura convivencia con robots.

Las nuevas tecnologías no sólo sugieren nuevas preguntas, sino que también ayudan a responder muchas que los psicólogos nos veníamos planteando desde hace décadas. Ya es algo habitual que los psicólogos utilicemos la red para hacer experimentos y acceder los resultados de investigación. Pero la cantidad de datos a los que puede acceder un investigador con el auge de las redes sociales y los juegos online multijugador es sencillamente abrumadora. ¿Qué hay de cierto en aquello de que hombres y mujeres se fijan en características diferentes a la hora de buscar pareja? ¿Cómo se comporta la gente ante una epidemia?

El lector descubrirá que las nuevas tecnologías han aportado su granito de arena para dar respuesta a estas y otras preguntas. En definitiva, no es descabellado decir que la aparición de Internet marca un antes y un después en el mundo de la psicología. Nuestro nuevo libro es una guía para caminantes, para aquellos que quieran beneficiarse de las oportunidades que brindan estos cambios y evitar sus peligros, que casi nunca están donde uno esperaba encontrarlos…

Cómo se mantiene el optimismo irrealista

Ser optimista es cansado. Ser irrealistamente optimista es muy cansado. Décadas de dinero atrás no impiden que cada año volvamos a comprar un nuevo décimo de lotería de Navidad y nos deleitemos imaginando qué haríamos si el gordo cayera en nuestras manos. Y afortunadamente ningún fracaso previo nos puede convencer de que el resultado de esta dieta será el mismo que el del todas las anteriores. Ser más optimista de lo que los hechos permiten supone hacer un esfuerzo constante por ignorar toda la información que te indica que estás equivocado.

Curiosamente, estos hechos cotidianos son difíciles de reconciliar con las principales teorías del aprendizaje que se manejan en la psicología actual. Casi todas ellas asumen que el motor del aprendizaje son los errores de predicción: esperamos que algo suceda, ese algo no sucede, consecuentemente modificamos nuestras creencias para rebajar nuestras expectativas en el futuro y cometer así un error menor. Si es así como vamos afinando nuestro conocimiento del entorno, ¿cómo es posible que haya creencias que se mantengan permanentemente a pesar de los errores de predicción que producen?

Un estudio reciente de Tali Sharot, Christoph Korn y Raymond Dolan (2011) nos proporciona algunas claves. En su experimento, los participantes tenían que evaluar cuál era la probabilidad de que a lo largo de su vida padecieran infortunios como tener cáncer, sufrir un accidente de coche o divorciarse. Inmediatamente después de cada respuesta, a los participantes se les decía cuál era de hecho la probabilidad de que le sucedieran esas desgracias a una persona tomada al azar. Todas estas preguntas se repetían en una segunda fase del estudio y los participantes tenían que volver a hacer sus estimaciones. El resultado más interesante es que estas segundas respuestas se ajustaban más a la realidad que las primeras… pero sólo cuando las expectativas iniciales de los participantes habían sido más pesimistas que el feedback que se les había dado después.

Imagina, por ejemplo, que alguien había estimado que su probabilidad de sufrir un cáncer de pulmón era de un 30%. Si a este participante le decían que la probabilidad real de sufrir cáncer de pulmón era de un 10%, entonces la siguiente vez que aparecía la pregunta el participante daba un juicio inferior al 30% inicial. Sin embargo, si se le decía que la probabilidad real de sufrir cáncer de pulmón era de un 50%, su estimación posterior apenas se veía influida por esta información. En otras palabras, sí que ajustamos nuestras expectativas cuando cometemos errores, pero sólo cuando ese ajuste favorece el optimismo.

Más interesante aún. El grado en que la información negativa afectaba o no a los juicios posteriores correlacionaba con la activación de un área cerebral, la circunvolución frontal inferior. Y el grado en que dicha circunvolución se activaba ante la información negativa correlacionaba con el optimismo rasgo (medido mediante un cuestionario independiente que los participantes rellenaban al final del experimento).

Los resultados de este estudio sugieren que para explicar cómo se mantiene el optimismo irrealista, los modelos de aprendizaje tienen que asumir que el impacto de los errores de predicción no es independiente del valor afectivo de esos errores. Los errores “pesimistas” se corrigen más que los “optimistas”. Más aún, nos indica qué zonas cerebrales pueden estar involucradas en este proceso y cómo la mayor o menor activación de esas zonas ante la información negativa se relaciona con características de personalidad relativamente estables. ¡Y todo ello en apenas cinco hojas!

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Sharot, T., Korn, C. W., & Dolan, R. J. (2011). How unrealistic optimism is maintained in the face of reality. Nature Neuroscience, 14, 1474-1479. doi: 10.1038/nn.2949

Desmitificando la psicología

Hans Eysenck, uno de los grandes psicólogos del siglo XX, escribió una vez que es poco probable que haya ninguna materia en la que la ratio entre sentido y sinsentido sea menor que en las cuestiones psicológicas. Es una lástima que medio siglo después de que escribiera aquellas palabras, la afirmación apenas haya perdido vigencia. Afortunadamente, son cada vez más los académicos que se preocupan por poner remedio a esta situación, ayudando a depurar la psicología de mitos sin fundamento alguno y haciendo un esfuerzo por transmitir esta actitud crítica a la población general y a los futuros psicólogos. Entre los varios libros que se han publicado recientemente dentro de esta tendencia, brilla con luz propia el publicado por Scott Lilienfeld, Steven Jay Lynn, John Ruscio y Barry Beyerstein bajo el título 50 mitos de la psicología popular: Las ideas falsas más comunes sobre la conducta humana. Sus páginas abordan algunos de los mitos más esotéricos y descarados, como la idea de que sólo usamos el 10% del cerebro, que escuchar música de Mozart nos hace más inteligentes o que la hipnosis es un método fiable para recuperar recuerdos. Pero también se desmontan creencias erróneas que tal vez por parecer más plausibles han cuajado en nuestro imaginario popular. Por ejemplo, en educación ha ganado crédito la idea de que existen varios estilos de aprendizaje claramente diferenciables y que la docencia es mejor cuando se ajusta al estilo de cada niño. Suena razonable. Pero la evidencia disponible muestra que los programas docentes que se basan en esta idea no funcionan mejor, ni hay tampoco evidencia de que las clasificaciones de estilos de aprendizaje que se manejan tengan validez alguna. Son muchas las ideas como ésta que el boca a boca y los medios de comunicación nos han vendido como ciertas y que ingenuamente nos hemos lanzado a aplicar al mundo educativo y sanitario sin cuestionar antes su veracidad. Si la credulidad fuera una enfermedad, el libro de Lilienfeld, Lynn, Ruscio y Beyerstein sería una excelente vacuna.

Aprender lo justo, pero no más

Un importante reto de la psicología cognitiva es entender cómo aprendemos a ignorar información redundante y a codificar sólo la información imprescindible. En el ámbito de la psicología del aprendizaje, pocos fenómenos nos han dado tanta información sobre el carácter selectivo del aprendizaje como el efecto de bloqueo, ampliamente investigado en todo tipo de preparaciones experimentales con animales y humanos. Cuatro décadas después de los primeros estudios sobre este fenómeno, el bloqueo continúa en el centro de todas las discusiones teóricas sobre el aprendizaje, convirtiéndose en el campo de batalla sobre el que se libran los debates entre los partidarios de explicaciones asociativas y los defensores de explicaciones racionales. Continúa leyendo en Ciencia Cognitiva

Ignorar para recordar

Tras largos meses de espera, el mes de marzo finalmente nos trajo la buena noticia de que nuestro artículo sobre interferencia e inhibición se aceptaba en el British Journal of Psychology. Se trata una vez más del resultado de la fructífera colaboración entre los equipos Labpsico, de la Universidad de Deusto, y Causal Cognition Group, de la Universidad de Málaga, a los que ahora se añade la Universidad Nacional de Educación a Distancia gracias a la participación de Cristina Orgaz. En este artículo introducimos en el ámbito de la psicología del aprendizaje asociativo una idea que está en el centro de las actuales investigaciones sobre memoria. Se trata del papel que juega la inhibición de representaciones mentales en la recuperación selectiva de información.

De acuerdo con la visión más actual que se tiene de la memoria humana, para poder recuperar eficazmente cierta información no sólo hace falta saber encontrarla y activarla, sino que también es imprescindible ignorar activamente cualquier información que pueda estar relacionada (y que por tanto pueda estar “en la punta de la lengua” por así decirlo) pero que sin embargo sea irrelevante en ese momento. Por ejemplo, ser capaz de recordar el nombre de alguien depende tanto de encontrar ese nombre en nuestro almacén de recuerdos, como de evitar la activación errónea de nombres parecidos o relacionados. ¿Cuántas veces ha sido incapaz de recordar el nombre de un actor porque se le venía a la cabeza el nombre de otro actor? Evitar este tipo de problemas requiere inhibir activamente las representaciones mentales de cualquier información potencialmente distractora.

En este artículo, intentamos demostrar que algo similar podría estar sucediendo en una serie de efectos estudiados por los psicólogos del aprendizaje bajo el nombre de interferencia entre resultados. Esta interferencia es la que tiene lugar cuando un estímulo predice cosas diferentes en momentos diferentes. Si recuerda algo de los famosos experimentos de Pavlov, allí se le enseñaba a un grupo de perros que cuando sonaba una campana después se les iba a dar comida. Pero a veces Pavlov probaba a enseñarles después lo contrario: oír la campana ya no indicaba que después se fuera a administrar comida. De esta forma, la campana se convertía en un estímulo ambiguo. Algo parecido les sucede a los pacientes fóbicos que después de toda una vida teniendo miedo a cierto objeto deben aprender que ese estímulo ya no está emparejado con ninguna consecuencia negativa. Nuestro estudio indica que la inhibición de la representación mental de ese estímulo que solía acompañar a otro, pero ya no lo hace, es un proceso fundamental para lidiar con este tipo de situaciones.

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Vadillo, M. A., Orgaz, C., Luque, D., Cobos, P. L., López, F. J., & Matute, H. (in press). The role of outcome inhibition in interference between outcomes: A contingency-learning analogue of retrieval-induced forgetting. British Journal of Psychology.