¿Es la psicología una ciencia?

El artículo de Scott Lilienfeld que acaba de publicarse en American Psychologist tiene todos los ingredientes necesarios para convertirse en un clásico de la psicología. Arranca con un duro ataque a la línea de flotación de nuestra disciplina: El público general no aprecia la psicología como ciencia ni como profesión. Los datos que recopila el autor muestran, con poco margen para la duda, que para un porcentaje nada despreciable de la población la psicología ni es una ciencia ni es útil a la sociedad. Y no hablamos aquí de pequeños sectores ni de opiniones minoritarias. En algunos estudios, sólo un 30% de la población considera que la psicología es propiamente una ciencia. Y la mayor parte de los encuestados confían más en economistas, ingenieros, médicos e incluso sacerdotes a la hora de solucionar los problemas más acuciantes de la sociedad. Paradójicamente, estas opiniones públicas pueden provocar el propio declive de la psicología como ciencia, ya que es difícil que una sociedad que desconfía del estatus científico de la psicología opte por financiar el avance de esta disciplina, más aún en tiempos de crisis como los que vivimos.

Entre los argumentos que la gente utiliza para justificar su visión negativa de la psicología, Lilienfeld destaca que los legos suelen ver la psicología como un mero ejercicio de sentido común que no se basa en métodos científicos, que no permite realizar predicciones precisas ni arroja resultados replicables. Mucha gente tampoco espera más de la psicología, puesto que creen que cada ser humano es único y que es inútil intentar dar explicaciones generales para el comportamiento individual.

Algunas de estas críticas obedecen a simples malentendidos y a cierta voluntad de juzgar a la psicología con un rasero diferente del que se usa para evaluar otras disciplinas. Todo el mundo entiende que aunque cada ser humano sea único, la medicina científica es posible porque nos parecemos lo suficiente en unas cuantas cuestiones fundamentales que tienen que ver con cómo funciona nuestro organismo. Sin embargo, la gente encuentra este argumento poco convincente cuando se trata de la psicología. Lo mismo sucede con la dificultad que tienen los psicólogos para hacer predicciones precisas. Nuestras limitaciones en este terreno no son mayores que las de los médicos intentando predecir cuánto tiempo nos queda de vida o los economistas intentando atisbar si subirá o no el IBEX 35 la semana que viene. Pero de nuevo, lo que no mina la confianza en médicos y economistas, sí lo hace en el caso de los psicólogos.

En otros casos, se trata de críticas justamente merecidas por los psicólogos. Por ejemplo, no hemos sabido ser contundentes a la hora de condenar las prácticas pseudocientíficas de nuestros colegas, prácticas que por desgracia son demasiado habituales en algunos sectores profesionales. Si los psicólogos no nos limitamos a utilizar las técnicas diagnósticas y de intervención cuya utilidad está demostrada, si damos cabida a cualquier remedio “milagroso” en nuestro arsenal terapéutico, no podemos quejarnos de que la población general no perciba el carácter científico de la psicología. Cada vez que se inicia un programa que intenta elevar los estándares científicos de la psicología, se alzan voces en contra por parte de muchos profesionales. Cuando estas voces pueden más que la razón y los intereses cortoplacistas de los terapeutas se imponen al rigor científico, la psicología pierde parte de su legitimidad como ciencia.

Los psicólogos que sí que comparten la preocupación porque la psicología sea una ciencia rigurosa son igualmente culpables cuando se callan sus opiniones para sí mismos y no hacen nada por combatir la pseudociencia en su terreno. Si dejamos que sea sólo la voz de los “esotéricos” y charlatanes la que llega al público general, no podemos quejarnos que sea esta nuestra imagen.

Afortunadamente, ninguno de estos problemas carece de solución, y Lilienfeld hace un claro intento por lanzar propuestas concretas. Algunas de estas posibles medidas tienen que ver con lo que el psicólogo puede hacer a nivel individual por su disciplina. Una medida básica es preocuparse por estar bien formado y mantenerse al día sobre los avances científicos de la disciplina y sobre la investigación empírica que subyace a los diversos tratamientos y técnicas diagnósticas. Pero también es importante dedicar parte de nuestro tiempo a la divulgación de la psicología como ciencia y a la creación de una conciencia colectiva sobre su valor añadido para la sociedad. Estas medidas sólo pueden funcionar si las instituciones en su conjunto (muy especialmente las universidades, pero también las asociaciones profesionales) comienzan a valorar la actividad divulgativa de los profesores e investigadores. Hay que sacar a los científicos del laboratorio, y esto sólo comenzará a suceder cuando los centros de investigación les valoren por hacerlo.

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Lilienfeld, S. O. (2012). Public skepticism of psychology: Why many people perceive the study of human behavior as unscientific. American Psychologist, 67, 111-129.