Dudas, creencias y ciencia

ortega y gassetSe han tocado al azar tantos botones del sistema educativo que ya no sé si existe la selectividad ni cuál será su temario. En mis años mozos, quienes nos examinábamos de filosofía teníamos que leer Ideas y creencias, un librito de Ortega y Gasset condenado a abandonar nuestra memoria tan pronto como llegaba el verano. Media vida después me he topado con él en un puesto de libros de segunda mano y lo he disfrutado como no pude o no quise hacerlo entones. Sería egoísta por mi parte no compartir aquí un fragmento.

Si el hombre se ocupa en conocer, si hace ciencia o filosofía, es, sin duda, porque un buen día se encuentra con que está en la duda sobre asuntos que le importan y aspira a estar en lo cierto. Pero es preciso reparar bien en lo que semejante situación implica. Por lo pronto, notamos que no puede ser una situación originaria, quiero decir, que el estar en la duda supone que se ha caído en ella un cierto día. El hombre no puede comenzar por dudar. La duda es algo que pasa de pronto al que antes tenía una fe o creencia, en la cual se hallaba sin más y desde siempre. Ocuparse en conocer no es, pues, una cosa que no esté condicionada por una situación anterior. Quien cree, quien no duda, no moviliza su angustiosa necesidad de conocimiento. Éste nace en la duda y conserva siempre viva esta fuerza que lo engendró. El hombre de ciencia tiene que estar constantemente ensayando dudar de sus propias verdades. Éstas sólo son verdades de conocimiento en la medida en que resisten toda posible duda. Viven, pues, de un permanente boxeo con el escepticismo. Ese boxeo se llama prueba.

La cual, por otro lado, descubre que la certidumbre a que aspira el conocedor –hombre de ciencia o filósofo– no es cualquiera. El que cree posee certidumbre precisamente porque él no se la ha forjado. La creencia es certidumbre en que nos encontramos sin saber cómo ni por dónde hemos entrado en ella. Toda fe es recibida. Por eso, su prototipo es “la fe de nuestros padres”. Pero al ocuparnos en conocer hemos perdido precisamente esa certidumbre regalada en que estábamos y nos encontramos teniendo que fabricarnos una con nuestras exclusivas fuerzas. Y esto es imposible si el hombre no cree que tiene fuerzas para ello.

Ha bastado con apretar mínimamente la noción más obvia de conocimiento para que este peculiar hacer humano aparezca circunscripto por toda una seria de condiciones, esto es, para descubrir que el hombre no se pone a conocer sin más ni más, en cualesquiera circunstancias. ¿No pasará lo mismo con todas esas otras grandes ocupaciones mentales: religión, poesía, etc.? (José Ortega y Gasset, Ideas y creencias, 57-58)

Cerebros desconectados en la dislexia

Piensa en cuántos mensajes escritos has leído desde que te despertaste esta mañana. Si te pareces a mí, tal vez hayas tomado tu primera taza de café mientras consultabas el correo electrónico o los chascarrillos del Facebook. Casi todo el trabajo que te espera en la oficina aparecerá escrito en una pantalla. Y si no llegas a leer ese SMS a tiempo, posiblemente te perderás el par de cervezas que tus compañeros planean tomar a la salida del trabajo. En una sociedad hiperalfabetizada, tener problemas de lectura puede ser tan limitante como no tener mano derecha. Y sin embargo son muchas las personas que padecen dificultades severas para leer, a pesar de haber recibido una instrucción adecuada y tener una inteligencia normal. Al parecer no existen datos fiables sobre la prevalencia de la dislexia en nuestra sociedad, pero algunos estudios señalan que podría afectar hasta a un 5-10% de la población.

Tradicionalmente se han propuesto dos tipos de explicaciones para explicar qué está alterado en la mente de un disléxico. Según una explicación popular, estas personas no dispondrían de buenas representaciones fonéticas de los sonidos que se utilizan en su idioma. Por ejemplo, para aprender a leer es necesario saber diferenciar claramente sonidos parecidos, como la “d” o la “t”. Y al contrario, es necesario detectar que una “c” pronunciada de forma distinta por dos personas se refiere, no obstante, al mismo fonema. También hace falta ser muy sensible al orden en que se presentan los sonidos. Según esta teoría, todas las representaciones mentales que sirven de apoyo para hacer estas clasificaciones y categorizaciones estarían comprometidas en la dislexia. Sin embargo, según una teoría alternativa, las representaciones fonéticas estarían intactas en la dislexia, pero serían menos accesibles. Desde este punto de vista, los disléxicos no tendrían mayores problemas para categorizar correctamente los sonidos del habla. Pero sí podrían ser menos eficientes al utilizar esta información.

Según un interesante estudio que acaba de publicar un equipo de investigadores belgas en la prestigiosa Science, los datos neurológicos parecen respaldar esta segunda explicación. Los participantes del estudio en cuestión tenían que realizar sencillas tareas de discriminación fonética mientras se escaneaba el funcionamiento de su cerebro. Durante el experimento, las áreas cerebrales que se encargan del procesamiento fonológico funcionaron perfectamente tanto en los participantes disléxicos como en los controles: cada vez que se presentaba un sonido determinado se producía un patrón de activación consistente y diferenciado del que producían otros sonidos. Los dos grupos también realizaron la tarea con un grado de precisión parecido. Por tanto, no hay razón para pensar que las representaciones fonéticas de los disléxicos eran diferentes de las de los participantes sin problemas de lectura. Sin embargo, al analizar la conectividad de los cerebros, se encontró que en los disléxicos había menos coordinación en los patrones de activación de 13 áreas cerebrales que se consideran fundamentales para el procesamiento de fonemas. Más aún, el grado de descoordinación de estos patrones correlacionaba con el rendimiento de cada participante en una serie de pruebas psicológicas diseñadas para medir su capacidad de lectura, deletreo, conciencia fonológica y fluidez léxica. Estos datos sugieren que, efectivamente, las conexiones de algunas áreas cerebrales críticas para la lectura podrían ser menos funcionales en el caso de los disléxicos.

Posiblemente este estudio no termine con el debate de si la dislexia se debe a un problema de representaciones fonéticas o un problema en la accesibilidad a las mismas. Aunque los resultados avalan la segunda interpretación, quedan sin explicar todos los resultados de investigaciones previas que parecían más consistentes con la idea de que las representaciones fonéticas podrían estar afectadas. Además, este estudio se realizó íntegramente con participantes adultos, lo que plantea la duda de si sus resultados podrán extrapolarse al desarrollo de la dislexia en la infancia. En cualquier caso, los resultados del estudio suponen un nuevo estímulo para la investigación de un trastorno que, aunque rara vez salte a las pantallas de los medios de comunicación, puede ser tan grave como cualquier enfermedad crónica o tal vez más.

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Boets, B., de Beeck, H. P. O, Vandermosten, M., et al. (2013). Intact but less accesible phonetic representations in adults with dyslexia. Science, 342,  1251-1254.