Las imágenes del cerebro no son tan seductoras

neuroimageHace cinco años, McCabe y Castel (2008) publicaron un interesante estudio en el que mostraban que los textos de neurociencia resultaban más “seductores” si incluían imágenes de la actividad cerebral. Los participantes leían un artículo divulgativo sobre el funcionamiento del cerebro y tenían que decir hasta qué punto estaban de acuerdo con sus conclusiones. Para la mitad de los participantes, el texto iba acompañado de una imagen del cerebro que mostraba activación en los lóbulos frontales. Para la otra mitad, el texto no tenía ninguna imagen. Los resultados del estudio mostraban que los participantes que leían el texto con la imagen decían estar más de acuerdo con las conclusiones. Se trata de uno de los artículos más populares de los últimos años, tal y como lo muestran las más de 100 citas que acumula en la Web of Science.

Sin embargo, según un estudio que acaban de publicar Michael y colaboradores (2013) en Psychonomic Bulletin & Review, sus conclusiones podrían haber dejado de ser válidas. En este artículo se publican los resultados de diez intentos de replicar el estudio original con procedimientos diferentes y muestras diversas. Algunas de estas réplicas arrojan resultados similares a los de McCabe y Castel, pero otras no muestran efecto alguno de presentar las imágenes de cerebros. Al realizar un meta-análisis conjunto del estudio de McCabe y Castel y de las diez réplicas de Michael y colaboradores se observa que la diferencia entre ambas condiciones es realmente minúscula: De promedio, las personas que leían el texto con las imágenes estaban de acuerdo con las conclusiones sólo un 2.4% más que las personas que leían el texto sin las imágenes. Esta diferencia apenas es marginalmente significativa (p = 0.07).

Una posible interpretación de esta discrepancia es que el estudio original de McCabe y Castel podría haber exagerado el efecto real de incluir imágenes de cerebros en los textos de neurociencias. Pero una conclusión igualmente válida es que en los cinco años que han pasado desde aquel estudio podría haber cambiado el efecto de estas imágenes. A medida que la población se ha ido familiarizando con los experimentos de neurociencias y con las posibles limitaciones de este tipo de estudios, es posible que la gente haya desarrollado cierto escepticismo hacia ellos o que haya aprendido a valorarlos más objetivamente.

Sin embargo, esta interpretación también podría estar pecando de optimista. En el artículo de Michael y colaboradores también se resumen los resultados de cinco intentos de replicar otro experimento famoso sobre el sex-appeal de las neurociencias. En este caso se trata de un estudio de Weisberg y colaboradores (2008) en el que se observaba que la credibilidad de una explicación científica mala aumentaba si el texto incluía cháchara neurocientífica. Según los resultados de Michael y colaboradores este resultado sí que se puede replicar sin problemas. Se observa claramente en cuatro de las cinco réplicas que han realizado. Según estos datos, el lenguaje neurocientífico aumenta en un 6.67% la credibilidad de las explicaciones científicas.

Por lo tanto, si las imágenes de cerebros no resultan convincentes, probablemente esto no se deba a que la gente se haya hecho más escéptica. Más bien, parece que cuando un texto ya está cargado de lenguaje neurocientífico es poco lo que las imágenes de cerebros pueden hacer por incrementar aún más su credibilidad. Tal vez sea uno de los pocos casos en los que mil palabras valen más que una imagen.

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McCabe, D. P., & Castel, A. D. (2008). Seeing is believing: The effect of brain images on judgments of scientific reasoning. Cognition, 107, 343-352.

Michael, R. B., Newman, E. J., Vuorre, M., Cumming, G., & Garry, M. (2013). On the (non)persuasive power of a brain image. Psychonomic Bulletin & Review, 20, 270-725.

Weisberg, D. S., Keil, F. C., Goodstein, J., Rawson, E., & Gray, J. R. (2008). The seductive allure of neuroscience explanations. Journal of Cognitive Neuroscience, 20, 470-477.

La irracionalidad humana al servicio de la caridad

Ante la manifiesta irracionalidad que caracteriza la mayor parte de nuestras decisiones caben varias reacciones. La más frecuente es alertar a la gente de nuestras limitaciones intelectuales e intentar protegerla de sus sesgos cognitivos. Una segunda opción, tal vez más práctica e interesante, es utilizar esas limitaciones en el propio beneficio de las personas y la sociedad. En un estudio que se publicará próximamente en Psychological Science, Hsee y colaboradores han recurrido a esta última estrategia para diseñar un protocolo que permita aumentar la cantidad de dinero que las personas destinan a beneficencia. Una de las características más llamativas de las donaciones es que casi nunca prestamos atención al número de personas que podrían beneficiarse de nuestro desembolso. Si, por ejemplo, nos piden dinero para pagar los materiales de un aula de educación infantil, posiblemente nuestra predisposición a dar algo y la cantidad de dinero que demos serán las mismas si nos dicen que en esa aula estudian veinte niños que si nos dicen que los beneficiarios potenciales son cuarenta. Estudios previos muestran que la disposición a donar dinero depende casi únicamente de la imagen concreta que nos viene a la mente cuando pensamos en un posible beneficiario y de la reacción afectiva que nos provoca esa imagen. El número de personas que se puedan beneficiar no entra en el cómputo, especialmente si se trata de un número elevado. Aprovechándose de lo que en principio es una limitación cognitiva, Hsee y colaboradores proponen que a la hora de pedir dinero para caridad habría que preguntar a los donantes primero cuánto dinero darían a una persona concreta y sólo después preguntarles cuánto donarían al grupo completo. Dado que nuestra inclinación inicial es la misma independientemente del número de alumnos que se vaya a beneficiar de nuestra donación, es mejor que nos pregunten primero cuánto dinero daríamos para pagar los materiales de un estudiante y que después nos pregunten cuánto daremos para el grupo de veinte estudiantes. Lógicamente, la cifra que daremos no será exactamente el resultado de multiplicar el primer número por veinte, porque la cantidad resultante seguramente superará lo que estamos dispuestos a donar. Sin embargo, seguro que tampoco daremos al grupo exactamente lo mismo que daríamos a un solo niño. Intentaremos ser coherentes y dar al grupo completo más de lo que daríamos a un solo individuo. En los tres experimentos que han realizado Hsee y colaboradores, se observa que esta estrategia funciona no sólo en un estudio de laboratorio, sino también en situaciones reales. En uno de sus experimentos de campo, los participantes eran ejecutivos adinerados a los que se pedía ayuda para financiar la carrera investigadora de setenta estudiantes de doctorado. Los ejecutivos dieron cuatro veces más dinero cuando se les preguntó cuánto darían a cada estudiante antes de preguntarles cuánto iban a dar para el grupo completo. Dicho de otra forma, el 75% de esos estudiantes le deben su beca a una simple pregunta adicional que los investigadores pusieron en un formulario. Ojalá siempre fuera tan fácil hacer el mundo cuatro veces mejor.

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Hsee, C. K., Zhang, J., Lu, Z. Y., & Xu, F. (in press). Unit asking: A method to boost donations and beyond. Psychological Science.