Cuando los divulgadores hablan de los costes que la pseudociencia tiene para la sociedad moderna casi siempre recurren a los mismos sospechosos habituales: la homeopatía, el reiki, la quiropraxia… Todos ellos en el ámbito de la salud. Por desgracia el mundo de la medicina no es el único que se ve acosado por la pseudociencia ni es donde se concentran los mayores peligros. Mientras todas las defensas se concentran en evitar que la seguridad social cubra tratamientos complementarios y alternativos, en las escuelas campan a sus anchas todo tipo de ideas felices que, para sorpresa de profesores y padres, nunca han tenido apoyo empírico ni razón de ser.
Uno puede decir, como el celebérrimo Glenn Doman, que todos los niños son genios y que se les puede enseñar a leer y multiplicar antes de que cumplan un año y quedarse tan ancho. O peor aún, convertirse en un autor de referencia, con decenas miles de seguidores en el mundo entero. Tal vez usted no lo sepa, pero si tiene hijos pequeños o sobrinos en el colegio es más que probable que estas ideas se estén ensayando con ellos. ¿En qué evidencia se basan estas prácticas? En ninguna. Y se trata de un ejemplo entre muchos. No necesariamente el más preocupante.
Por eso son más necesarios que nunca artículos como el que acaban de publicar Scott Lilienfeld, Rachel Ammirati y Michael David en el Journal of School Psychology. El texto comienza con una señal de alarma: una pequeña sección sobre la preocupante distancia que aleja a los psicólogos educativos de la investigación científica. Unos pocos ejemplos bastan para sembrar la preocupación. Sistemas de enseñanza de la lectura que sabemos que son contraproducentes, técnicas diagnósticas sin valor predictivo, programas antidrogas que siguen implantándose en los centros aún sabiendo que no funcionan, todo tipo de creencias falsas sobre el (inexistente) aumento en la prevalencia del autismo…
Aunque Lilienfeld y colaboradores posiblemente lo ignoran, muchas de las prácticas que critican son recibidas con aplausos en los centros escolares españoles mientras escribo estas líneas. El método global de la enseñanza de la lectura es uno de los más sangrantes. Desde hace algunos años, en muchos centros educativos ya no se enseñan las reglas fonéticas. Aquello de que la “b” con la “a”, “ba”. Ahora se enseña a los niños una palabra completa, por ejemplo “árbol”, junto a un dibujo que representa el concepto. La idea es que haciendo esto con muchas palabras, los niños acabarán descifrando las reglas de la lectura. ¿Funciona? Bueno, algunos niños podrían aprender a leer casi sin que los adultos les enseñaran nada. Pero la evidencia señala que el método global falla con muchos niños. El viejo sistema supera con creces al de las palabras completas, pero por desgracia esta evidencia no llega a los colegios.
Tampoco es diferente el veredicto que hacen Lilienfeld y colaboradores de otra idea que se ha hecho fuerte en nuestras escuelas: la llamada teoría de los estilos de aprendizaje. Lo que esta teoría tiene de cierto es sentido común y lo que va más allá es pura pseudociencia. Que cada niño es diferente y que no siempre los métodos que son mejores para enseñar a unos niños son los mejores para enseñar a otros apenas es algo que pueda sorprender. Pero pasar de ahí a decir que disponemos de un buen sistema para diagnosticar cuál es el estilo de aprendizaje de cada alumno o que sabemos cómo trasladar esa información a prácticas educativas personalizadas para cada alumno es otra cosa. Lo cierto es que ni siquiera disponemos de un buen sistema de categorías para “clasificar” a los estudiantes. Las clasificaciones que se usan en las escuelas son tan burdas como decir que unos estudiantes son “visuales” y otros son “auditivos”. De nuevo, no tenemos ninguna evidencia empírica para sostener que estas clasificaciones son útiles y que los niños aprenden mejor cuando se llevan a la práctica estas ideas. Pero esto no impide que sean el último grito en “innovación” educativa. De hecho, no queda muy lejos de estas ideas la llamada teoría de las inteligencias múltiples, cuyo autor ha recibido nada menos que el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales del año 2011.
El artículo de Lilienfeld, Ammirati y David no pretende ser una simple denuncia de esta situación. De hecho, ni siquiera es su principal objetivo. La mayor parte del artículo está destinada a explicar las razones por las que creemos con tanta facilidad en estas teorías erróneas y, lo más importante, dar un pequeño número de consejos para ayudarnos a combatirlas, en nosotros mismos y en los demás. Si una práctica educativa no se a basa en estudios rigurosos sino en evidencia anecdótica, si una teoría está planteada de una forma que no es falsable o no puede ponerse a prueba, si se trata de ideas que no cambian ni se corrigen con el paso del tiempo, si las personas que las sostienen evitan las críticas a toda costa, si hacen “afirmaciones extraordinarias” sin disponer de “evidencia extraordinaria”… lo menos que podemos hacer es recelar.
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